Daira siempre sintió que la casa no estaba vacía, aunque Adrián insistiera en que eran imaginaciones suyas. Las paredes crujían como si respiraran, y por las noches el pasillo parecía alargarse, como si no quisiera que nadie llegara al final. Adrián reía nervioso, besaba su frente y apagaba la luz, convencido de que el miedo era solo una sombra mal entendida.
Pero Daira escuchaba los susurros.
No venían de afuera, sino de adentro de la casa. Voces suaves, pacientes, que decían su nombre con una ternura inquietante. Cada madrugada despertaba con la sensación de que alguien se sentaba al borde de la cama, observándola en silencio. Adrián dormía profundamente, demasiado profundamente.
Una noche, Daira siguió las voces hasta el sótano. La puerta, que siempre había estado cerrada, se abrió con un gemido lento. En el centro del cuarto había un espejo antiguo, cubierto de grietas. En su reflejo no estaba ella… estaba Adrián, de pie detrás, sonriendo.
—Siempre fui yo —dijo la voz, aunque los labios del reflejo no se movieron—. Solo necesitaba que confiaras.
Daira corrió escaleras arriba, pero la casa ya no era la misma. Las puertas desaparecieron, los pasillos se cerraron sobre sí mismos. Encontró a Adrián en la sala, inmóvil, con los ojos vacíos.
—No quise mentirte —susurró él—. La casa no me dejó ir… ahora tampoco te dejará a ti.
El espejo apareció frente a ella sin hacer ruido. Daira vio su reflejo sonreírle antes de sentir cómo algo la tomaba desde adentro, ocupando su lugar.
A la mañana siguiente, la casa volvió a estar en silencio.
Adrián preparaba café.
Daira lo miraba desde el espejo del pasillo, golpeando el vidrio…
y nadie la escuchaba.