El amanecer no trajo paz. Nunca lo hacía en la vida de Alejandro. La ciudad despertaba cubierta de humo y rumores, y su nombre volvía a circular en susurros cargados de miedo. El imperio seguía en pie, pero más frágil que nunca. Y Estefany… Estefany se había convertido en su mayor fortaleza y su punto más vulnerable.
Desde aquella noche, nada volvió a ser igual. Alejandro ya no dormía; vigilaba. Cada esquina le parecía una amenaza, cada sombra un enemigo dispuesto a usarla para destruirlo. Intentó encerrarla en una vida segura, lejos de las armas y las decisiones sucias, pero ella se negó. No quería un amor a medias ni un hombre que solo existiera en la oscuridad.
—No me protejas alejándome —le dijo—. Protégeme dejándome quedarme.
Alejandro comprendió entonces que el amor no se trataba de salvar al otro del peligro, sino de enfrentarlo juntos.
La traición llegó desde dentro. Un nombre de confianza, una mano extendida demasiado tiempo, una bala que no iba dirigida al corazón de Alejandro… sino al de Estefany. El disparo rozó su piel, suficiente para quebrarlo por dentro. Mientras la sangre manchaba sus manos, Alejandro olvidó todas sus reglas. El rey cayó, y el hombre tomó el control.
Esa noche, la ciudad aprendió a temerlo de nuevo.
Cuando todo terminó, Estefany despertó en una habitación silenciosa. Alejandro estaba ahí, sentado junto a la cama, con los ojos cansados y el alma rota. No pidió perdón. No explicó nada. Solo tomó su mano con cuidado, como si pudiera romperla.
—Si este mundo me convierte en monstruo —dijo al fin—, que sea uno que sepa amar.
Estefany apretó sus dedos. No había promesas de retiro ni finales limpios. Solo la certeza de que, mientras respiraran, se tendrían el uno al otro.
Afuera, el imperio seguía en pie.
Adentro, dos corazones latían al mismo ritmo, desafiando un destino escrito con sangre.
Porque el amor no los salvó del infierno…
pero les dio un motivo para gobernarlo juntos. 🔥🖤