Estefany aprendió desde muy joven que el silencio podía salvar vidas. En el mundo donde creció, las palabras sobraban y las miradas lo decían todo. Por eso, cuando Alejandro cruzó por primera vez la puerta del club nocturno —traje negro impecable, mirada dura y manos manchadas de poder—, ella supo que su vida estaba a punto de cambiar, aunque no dijera una sola palabra.
Alejandro no creía en el amor. En su diccionario, esa palabra era sinónimo de debilidad. Él mandaba, decidía, castigaba. Nadie se acercaba demasiado… hasta que Estefany lo miró sin miedo. No con desafío, sino con una calma peligrosa, como si pudiera ver al hombre que se escondía detrás del mafioso.
Las noches se volvieron su refugio. Entre música baja, luces rojas y el eco lejano de disparos, se encontraron más veces de las que deberían. Él la protegía sin admitirlo; ella lo desarmaba sin tocarlo. Cada conversación era una guerra silenciosa, cada roce una traición a las reglas que Alejandro había impuesto toda su vida.
—Este mundo no es para ti —le dijo una noche, con voz firme, mientras la ciudad ardía al fondo.
—Este mundo es el que tú construiste —respondió Estefany—. Y aun así, sigues sintiéndote solo.
Esa fue la primera vez que Alejandro perdió una batalla.
Cuando el peligro llegó —cuando los enemigos cercaron su imperio y la sangre volvió a manchar las calles—, Alejandro tomó la decisión más difícil: alejarla. Pensó que así la salvaría. Pero Estefany no era una dama en espera; era fuego contenido. Volvió cuando más la necesitaba, desafiando balas, órdenes y destinos.
En medio del caos, él la abrazó como quien se aferra a la última verdad que le queda. No prometieron un final feliz. No juraron eternidad. Solo se eligieron, aun sabiendo que el amor, en su mundo, siempre se paga caro.
Porque entre mafiosos, amar no es un lujo…
es el acto más valiente que existe.