El Pasajero Extraño
Martín acababa de salir del trabajo, cansado y pensando en la cena que esperaba en casa. Al detenerse en un semáforo de la carretera costera, una figura apareció de la nada junto a su ventanilla: un hombre vestido con un abrigo demasiado grande para el clima caluroso, ojos vacíos y manos temblando.
- "Por favor... necesito ayuda", susurró con voz rasposa.
Martín, siempre bueno de corazón, abrió la puerta del copiloto. Pero en el momento en que el hombre se sentó, sacó un objeto brillante del abrigo y lo apuntó hacia él.
- "No voy a robarte", dijo el desconocido con una sonrisa extraña. "Solo necesito que me lleves a un lugar... y después, tú no podrás decir nada a nadie".
Martín sintió cómo se le helaba la sangre, pero mantuvo la calma. Mientras el semáforo cambiaba a verde, giró bruscamente el volante hacia la acera, haciendo que el atacante perdiera el equilibrio y soltar el arma. En ese instante, pisó el acelerador y se dirigió directamente hacia la comisaría más cercana, escuchando cómo el hombre gritaba por la ventanilla que se había abierto con el movimiento.
Al llegar, el policía le dijo que ese mismo día habían reportado a un hombre con problemas mentales que había escapado de un centro de salud, convencido de que todos querían hacerle daño y que debía "actuar primero". Martín suspiró aliviado: no era un asesino, sino alguien que necesitaba ayuda.