María despertó con un escalofrío que no venía del frío de febrero. En el pueblo de Todos Santos, las noches eran silenciosas —solo se oían los pasos de los perros guardianes o el susurro del viento entre los cactus— pero esta vez algo raspaba contra la ventana de su cuarto. Un sonido metálico, lento, como si un cuchillo rozara el vidrio una y otra vez, siguiendo un patrón rítmico que hacía vibrar los cristales y le dolía la cabeza.
Se sentó en la cama, la sábana entretejida entre sus dedos, la respiración atascada en la garganta. Había cerrado bien las ventanas antes de dormir, seguro de ello —había incluso revisado las cerraduras tres veces, como siempre hacía desde que se mudó a la casa vieja de sus abuelos. La luna llena iluminaba una sombra extraña en la cortina de lino claro: no era la de los árboles de palo verde del jardín, ni de ningún animal que vagara por el camino de tierra. Tenía forma humana, pero con brazos demasiado largos que se movían de un modo imposible, ondulando como serpientes mientras el raspido continuaba.
Después de lo que pareció una eternidad, el ruido cesó. María se inclinó con mucho cuidado, acercando su rostro hasta casi tocar el vidrio para mirar afuera, pero la superficie estaba cubierta de pequeñas marcas rojas, finas como hilos, dispuestas en espiral. Eran como huellas de dedos... pero con más dedos de los que debería tener alguien, y cada marca dejaba un rastro húmedo que brillaba bajo la luz lunar.
Entonces escuchó el ruido en la puerta principal: un golpe suave, casi imperceptible al principio, seguido de otro, y otro. Cada vez más fuerte, más rápido, como si quien estuviera ahí fuera a romperla en pedazos. Y una voz —ronca, como si hubiera estado callada durante años, y susurrante como el viento en una tumba— que repetía su nombre una y otra vez, como si la conociera de toda la vida: "María... déjanme entrar... ya te esperé mucho tiempo..."
Se volvió hacia la pared para encender la luz, pero el interruptor no funcionó. Intentó con la lámpara de mesita, pero tampoco prendió —había cortado la luz en todo el pueblo, aunque en sus años de vida ahí nunca antes había pasado eso a esas horas. El golpe en la puerta se hizo un estruendo ensordecedor, y entre los tablones empezó a colarse algo oscuro, viscoso, que olía a tierra húmeda, hojas podridas y muerte. Se deslizaba por el suelo de madera como un río negro, avanzando hacia ella sin detenerse.
María intentó levantarse, pero sus piernas no respondían. Se arrastró hasta el rincón del cuarto, presionando su espalda contra la pared fría, mientras el olor a muerte se hacía más denso y el susurro se acercaba cada vez más. Cuando la puerta principal se derrumbó con un estruendo que sacudió toda la casa, ella ya no podía gritar. Solo veía aquellos ojos brillantes en la oscuridad —tantos ojos, pequeños y amarillos como brasas— y sabía que esa noche no terminaría nunca. Que aquel ser que la llamaba había venido por ella, como había venido por otros en ese pueblo, hace mucho tiempo, en otra noche igual