El día que leyeron el testamento, nadie lloró.
La mansión estaba en silencio, como si las paredes ya supieran la verdad.
José apretó el sobre entre sus manos mientras su madre evitaba mirarlo.
—Todo le pertenece al primogénito —anunció el abogado con voz firme.
Pero en aquella familia, los secretos pesaban más que la sangre.
Esa noche, cuando el reloj marcó las doce, alguien tocó la puerta de su habitación.
No era un sirviente.
No era su madre.
Era un hombre que llevaba su mismo rostro…
y una sonrisa que no prometía nada bueno.
José entendió entonces que la herencia no era dinero.
Era una guerra.