Érase una vez en un frondoso bosque, donde los rayos del sol se filtraban a través de las hojas, vivía Ita, una víbora delgadita pero muy, muy larga. Siempre iba enrollada, como un lazo que adornaba la naturaleza.
También estaba Vibor, llevaba una cicatriz que nunca olvidaría, pues la falta de la punta de su cola era un recordatorio constante de su pasado.
Pero a ellos dos eso no les llevaba a preocuparse todo el tiempo, pues contaba con amigos entrañables que los hacían olvidar sus problemas.
Entre ellos estaba Eri, un erizo puntiagudo y barrigón, que deslumbraba a todos con sus lentejuelas y botones en los pinchos. Aunque a veces era un poco presumido, su gran corazón brillaba aún más que sus adornos.
También estaba Zari, la zarigüeya aventurera, que regresaba siempre a su hogar, donde la esperaban su familia y amigos, como Miga, la hormiga trabajadora, y Ciga, la cigarra melodiosa. Zari había viajado lejos, pero su amor por sus seres queridos nunca se desvanecía.
Pero volvamos a Ita y Vibor. Vibor, una serpiente de escamas brillantes, nunca había prestado mucha atención a Ita.
Ita, por su parte, no podía evitar fijarse en la cicatriz de Vibor. Era un recordatorio de su valentía, un símbolo de que no debía temer a nada. Pero ella, atrapada en sus propios miedos, pensaba que debía mantenerse alejada de él y sus "problemas".
Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado.
Un día Vibor, mientras reptaba por la hierba, se chocó de repente con el enredo de Ita. Al mirarla, se dio cuenta de que era pequeña, pero su longitud la hacía parecer extraordinaria. Sus ojos, con largas pestañas, brillaban como el sol, y eso lo hipnotizó.
―Discúlpame, Vibor ―dijo Ita, un poco nerviosa―. No volverá a pasar.
Vibor, sorprendido, respondió:
―No hay problema ―pero algo en su interior le hizo detenerse. Quería conocerla más, compartir con ella su mundo.
Con un poco de titubeo, Vibor le preguntó si podía acompañarla a un lugar especial. Ita dudó, temiendo que su compañía le causara daño. Sin embargo, algo en la mirada de Vibor la hizo aceptar.
Serpentearon juntos hasta un arroyo, donde el agua reflejaba el cielo. Allí, Vibor comenzó a hablar sobre sus sueños, de cómo quería llegar lejos, como su padre, quien había sido el policía del ecosistema. Compartió su anhelo de alcanzar lo que su padre había perdido, ya que Vibor no conocía a su madre.
Mientras escuchaba, Ita empezó a ver a Vibor de una manera diferente. Sus miedos comenzaron a desvanecerse, y en su corazón surgió un deseo de compartir esos mismos sueños.Y así, en aquel arroyo, dos almas se encontraron, aprendiendo a superar sus inseguridades y a soñar juntos.
~FIN~