En tiempos remotos, en tierras distantes repletas de densos bosques y aldeas aterrorizadas, había una antigua costumbre. Se decía que toda mujer que naciera con melena roja estaba destinada a una condena: si no se unía en matrimonio a un hombre de cabello oscuro, eventualmente se transformaría en una bruja.
El origen de este miedo era incierto, pero la historia era recordada por todos.
Contaban que, hace generaciones, una joven con cabellos rutilantes poseía una belleza inigualable. Era la primogénita de una familia modesta, la primera de cinco hermanitos. No obstante, al nacer mujer, nunca recibió el aprecio que merecía. Sus padres celebraban los triunfos de sus hijos varones, mientras que ella solo obtenía silencios y expresiones de desilusión.
La joven intentó hacer todo lo posible para ganarse el cariño de su familia. Cocinó hasta que sus manos ardieran, trató de ser sumisa y educada, aprendió a manejar armas, buscó comportarse como un hombre, hablaba menos y casi no se hacía notar. Pero nada fue suficiente.
Nació tal como era, y eso parecía inaceptable.
Desesperada y destrozada, una noche escapó hacia el bosque. Allí, entre árboles torcidos y sombras inquietantes, se topó con una bruja.
—Puedo otorgarte poder —le declaró la anciana—. Verás cumplidos tus anhelos, recibirás admiración, serás amada. Pero a cambio, el día que te enamores de verdad… la persona que ames perecerá.
La joven no titubeó.
—No me importa —dijo—. Solo deseo ser amada.
Así comenzó su instrucción. La bruja le mostró hechizos de seducción, palabras mágicas y miradas que cautivaban almas. Y resultó efectivo. Quienes conversaban con ella quedaban encantados, casi hipnotizados. Sin embargo, al separarse, olvidaban el encuentro, como si nunca hubiera sucedido.
Pronto, el pueblo empezó a murmurar.
Fue entonces cuando una joven de cabello pardo, casi gris, de una familia dedicada a investigar brujas, sospechó de la pelirroja y decidió seguir sus pasos. No obstante, cada vez que la perdía de vista, parecía que la joven se desvanecía en el bosque.
Con el transcurso del tiempo, entre vigilancias y encuentros fortuitos, ambas comenzaron a conversar. Luego a reír. Después a confiar.
Y sin darse cuenta… se enamoraron.
La pelirroja continuaba buscando atención; la castaña, la verdad. Pero lo que hallaron fue algo mucho más profundo.
Cuando la bruja se enteró del amor de su aprendiz, apareció llena de furia.
—Has quebrantado el acuerdo —advirtió—. Me llevaré el alma de la mujer que amas.
Asustada, la pelirroja hizo todo lo posible para impedirlo. Practicó magia ilícita, invocó seres oscuros e incluso llamó a un demonio. Mientras tanto, la joven castaña, ya consciente de la realidad, optó por protegerla. Mintió por ella, la encubrió y desvió sospechas, aun sabiendo que estaba enamorada de una bruja.
Pero los problemas no terminaban ahí.
La pelirroja había sido prometida a un noble de cabello negro, atraído por su singularidad. Mientras la castaña intentaba que el noble la rechazara, la pelirroja se enfrentó al demonio.
Éste le ofreció dos alternativas: aceptar el castigo de la bruja o salvar a su amada a cambio de una nueva maldición.
—Mantendré con vida a la mujer que amas —afirmó—, pero tendrás que maldecir a todas las mujeres pelirrojas que se enamoren de otra mujer. Además, deberás casarte con el noble, tener hijos y nunca volver a amar de manera libre.
Con el corazón roto, la pelirroja accedió.
De este modo, se rompió el hechizo de la bruja. Salvó a su amada… pero perdió su amor para siempre. La pelirroja aceptó el trato del demonio… aunque no de la forma en que él esperaba.
Esa noche, al concretar el acuerdo, pronunció las palabras de la maldición con sus labios, aunque con el corazón desgarrado. Mientras el demonio festejaba, ella lanzó un segundo hechizo, uno silencioso, escondido entre antiguas sílabas que había aprendido en soledad.
La maldición no afectaría a todas las pelirrojas.
Solo a ella.
El demonio mantuvo viva a la joven castaña, tal como había prometido. La bruja, privada de su recompensa, desapareció del bosque, consumida por su propio rencor. El compromiso con el noble se rompió pronto: enfermó sin razón aparente y perdió todo interés por la pelirroja, como si nunca la hubiera conocido.
Pero el precio fue diferente.
Desde ese momento, la pelirroja no pudo volver a ser amada de la misma manera. Podía sentir amor, sí, pero jamás podría alcanzarlo. Su corazón quedaría atado a un recuerdo, a una única persona, para siempre.
La joven castaña continuó con su vida. Llevó una existencia larga. Amó a otras personas, sonrió, y envejeció. Nunca olvidó a la pelirroja.
A veces, al caer la noche, aseguraba percibir una presencia cercana. Un calor cálido. Un aroma a bosque húmedo y hojas rojas.
Se cuenta que, aún hoy, en ese pueblo, cuando nace una niña pelirroja, no hay matrimonios forzados ni temor. Solo se observa una cosa:
—Si alguna vez ves a una mujer de cabello rojo observando desde la distancia, sin acercarse jamás… no la sigas. No es una bruja. Es alguien que ya ha amado demasiado.