Dicen que no todas las sirenas nacen del mar…
algunas nacen del dolor.
En noches sin luna, cuando el océano parece un espejo negro, su canto emerge, no grita, promete, es una melodía tan pura que atraviesa la madera del barco y se instala en el pecho de los marineros como un recuerdo que no sabían que tenían.
El marinero la oyó primero como un susurro.
Luego como una caricia.
Luego como una orden imposible de ignorar, ella apareció entre las olas: piel de perla rota, ojos que brillaban como estrellas ahogadas, sonrisa hecha para mentir.
Cantaba con ternura… y cada nota apagaba el miedo, el timón quedó solo, los remos cayeron al agua, el barco siguió su curso hacia las rocas invisibles.
Cuando él saltó, creyó que nadaba hacia el amor.
Pero descendió hacia la condena.
En las profundidades, la sirena dejó de cantar, su rostro cambió, donde hubo belleza, apareció el vacío.
Sus manos, frías como tumbas marinas, lo abrazaron con una fuerza que no pertenecía a este mundo. El marinero quiso gritar, pero el mar bebió su voz.
Dicen que ella no mata por placer.
Mata porque fue traicionada por uno de ellos.
Mata porque cada alma que hunde la acerca a la superficie que jamás podrá volver a tocar.
Y cuando el océano está en calma absoluta…
no es paz.
Es que la sirena está cantando otra vez.