La mayoría de la gente huye de las prisiones. Yo, en cambio, he dedicado mi vida a construir los barrotes del mío, limando cada hierro con una paciencia que raya en lo religioso.
Ella no lo sabe, o quizás lo sospecha con esa curiosa habilidad suya para ignorar lo terrenal, ella es fanática del Sol; vive con la mirada fija en el punto más alto del cielo, embriagada por una luz que a cualquier otro le quemaría las pupilas.
Mientras tanto, yo habito su sombra, el único lugar donde la temperatura es soportable para un mortal como yo, no puedo abandonarla, sería como pedirle a la marea que ignore a la luna.
¿Cómo dejar lo más bello que tengo, aunque sea eso mismo lo que me aniquila? Soy su fiel admirador, un devoto de su vanidad que ha aprendido a interpretar el lenguaje de sus silencios.
Ella no camina, ella dicta sentencias con cada paso, y yo, sentado en el umbral de su indiferencia, espero mi condena con la alegría de un condenado que ama a su verdugo.
Recuerdo la primera vez que la vi. En realidad, ya la tenía en la mira, hay personas que nacen con una marca invisible que solo los depredadores o los santos pueden ver.
Supe que sería la adecuada, la única capaz de convertir mi existencia en este remolino de emociones que me invade, me gusta mucho, y esa es mi mayor debilidad es la primera vez que me he dejado querer, aunque ese "querer" sea una forma elegante de llamar a mi cautiverio.
A veces intento escapar, camino hacia la puerta, imagino un horizonte donde su nombre no resuene en las paredes de mi cráneo, pero el pensamiento es un elástico. Vuelvo a ella porque soy el prisionero perfecto.
Mi celda no tiene candados, tiene recuerdos, mi condena es total cada vez que la veo pasar en cámara lenta, ignorando la tierra, ignorándome a mí, que soy lo más parecido a un suelo firme que jamás tendrá.
† ¿Crees que estamos destinados para esto? le pregunté una vez, mientras ella buscaba un rayo de luz entre las cortinas.
Ella no respondió, no necesitaba hacerlo. Su poder maldito reside en esa capacidad de hacerme ilusionar con un gesto mínimo, un movimiento de manos que parece una bendición pero termina siendo el nudo de una soga.
Morder su pétalo de sal es mi único consuelo, un sabor agridulce que me recuerda que la belleza absoluta siempre tiene algo de herida, gritaré su nombre aunque no le importe, aunque mi voz se pierda en el estruendo de su propia luz.
Porque al final, en este juego de sombras, soy feliz, soy tan feliz que no sé cómo expresarlo sin que parezca una confesión criminal. Me gusta mi condena, me gusta ella y sobre todo, me gusta saber que, mientras ella siga mirando al sol, yo seré el único que la espere aquí abajo, en la penumbra del umbral.