Jihun y Taeyang llevaban años compitiendo por el afecto de Yuna, una omega encantadora que parecía disfrutar de la atención de ambos. Se envidiaban, se desafiaban y se odiaban a ratos.
—¿Crees que puedes ganarme? —soltó Jihun una tarde, mientras bebían en un bar tras otra discusión sobre Yuna.
—Por favor, ella claramente prefiere a alguien más sofisticado —respondió Taeyang con una sonrisa burlona.
Entre tragos, las discusiones se volvieron bromas, y las bromas, confesiones. Hablaban de sus miedos, sus frustraciones... y sus dudas.
—¿Nunca te cansaste de perseguirla? —preguntó Jihun, su voz apenas un murmullo.
Taeyang soltó una risa amarga. —A veces... pero no quería perder contigo.
El silencio que siguió fue diferente. No incómodo, sino pesado de significado.
Con el paso del tiempo, ambos se dieron cuenta de que sus encuentros no giraban ya en torno a Yuna, sino a ellos mismos. Las miradas se alargaron, los roces se hicieron intencionales y las conversaciones se volvieron necesarias.
Una noche, en medio de la brisa fresca, Jihun susurró:
—Creo que... te estaba mirando a ti todo este tiempo.
Taeyang sonrió, esa vez sin arrogancia.
—Yo también.
De Yuna solo quedó un recuerdo, pero de su rivalidad nació algo inesperado: un amor que ninguno había planeado... pero que terminó siendo lo que realmente necesitaban.