Las balas silbaban en la noche, y el aroma a pólvora impregnaba el callejón estrecho. Kain se apoyó contra la pared, la camisa empapada en sudor y sangre ajena. Su pistola estaba vacía, y los pasos se acercaban.
—Sal de una vez —gruñó una voz que conocía demasiado bien.
César.
El hombre que lo había intentado matar durante años, el mismo que le robó clientes, negocios y sueños. Y, sin embargo, el que no lograba sacarse de la cabeza.
Kain sonrió amargamente y dejó caer el arma.
—Termina el trabajo —espetó, alzando las manos.
César salió de entre las sombras, apuntándolo con frialdad. Pero sus ojos, esos malditos ojos color miel, estaban cargados de algo más que odio.
—Eres un idiota —masculló, bajando el arma.
El disparo resonó a lo lejos, pero no fue el de César. Otro francotirador. Kain sintió el ardor en su costado y cayó de rodillas. Antes de perder el equilibrio, César lo sujetó con fuerza.
—No te atrevas a morirte —le advirtió, con una voz rota.
—No creí que te importará... —balbuceó Kain, tratando de aferrarse a esa sensación de calor en su pecho que nada tenía que ver con la herida.
César apretó los dientes y, sin pensarlo, le besó con desesperación.
—Siempre me importaste, idiota.
Las sirenas se acercaban, pero ellos ya no pensaban en la guerra. Solo en las palabras que tardaron demasiado en decir.