Cuando Santy ya estaba en sus últimos días, cuando estaba por dejar éste plano, cuando ya era evidente en su mirada que la vida se le estaba escurriendo por las manos, y sus preciosos ojos que tantos años me cautivaron se iban apagando de a poco; ya mi corazón no soportaba más el dolor. Cada vez que iba al baño de la habitación gris en la que estaba internado hacia semanas, me sentaba en el inodoro y lloraba, se me caían las lágrimas que contenía estando en la silla junto a su cama, sosteniendo su mano en el día a día, con la esperanza que pueda salir adelante, que ocurra un milagro. Cómo se lo había prometido, estaba junto a él, día y noche, dormía en un pequeño sofá y solía despertar contracturado. Pero no importaba, despertar y poder verlo con vida cada mañana lo valía todo. Siempre le dije que ahí iba a estar para él, a su lado siempre, que no se iba a ir solo de éste mundo. Que yo lo iba a acompañar hasta el último segundo.
Ese tarde el cielo estaba algo nublado, le había puesto encima unas frazadas demás, para que no pasara frío y cada tanto rozaba sus manos y suspiraba suavemente sobre ellas, para mantenerlas calientes. De repente en el pasillo se escuchaban risas y voces de niños, cada vez más cerca. Lo cual no era habitual, ya que estábamos en un área del hospital donde los pacientes esperan "ese momento" junto a sus seres queridos.
De repente tocaron una y otra y otra vez a la puerta, no esperaron a que abriera y entraron casi una decena de niños. Todos alegres, disfrazados, pidiendo dulces. Recién ahí nos dimos cuenta que ya era Halloween, nos miramos con la complicidad de siempre, y Santy me señaló su "cajón de dulces" junto a la cama, ese cajón en el cual día a día guardaba los dulces que le traía, esos que siempre solíamos salir a comprar a la madrugada, cuando estábamos en nuestros mejores años de juventud. Esos dulces que jamás quería compartir con la visita, esos que se guardaba como un gran tesoro, y allí estábamos vaciando el cajón. Los niños salieron contentos, todos con una enorme sonrisa, me llenó de satisfacción, pero más feliz estuve al verlo a los ojos a Santiago. Al verlo sonreír con tanta alegría. Me recosté a su lado, con cuidado de no aplastar ningún tubo ni desenchufar algún cable. Así estuvimos, mientras el sol caía, abrazados, en la cama.
Me besó en la cabeza y me dijo muy pensativo: "Cuando ya no esté presente en este mundo, voy a intentar volver a visitarte para ésta fecha, en muchas partes del mundo la gente puede volver a ver a sus seres queridos, lo podemos intentar, solo quiero que me esperes con un cajón lleno de dulces". Y comenzó a reír. Mis lágrimas brotaron de repente, hacía semanas no lloraba frente a él, me abrazó fuerte y yo no pude decir más.
Microrrelato del autor de la novela "Cuánto me duele dejarte ir"