El automóvil se detuvo frente a la enorme mansión Selkamara. Aitana observó la casa a través de la ventana sin decir una palabra.
Todo era demasiado lujoso, demasiado perfecto y completamente ajeno a la vida que había conocido hasta entonces. Pero lo que más le pesaba no era entrar en aquella casa. Era saber que, desde ese momento, tendría que compartir su vida con el hombre que había amado de niña y que ahora ni siquiera sabía quién era ella.
Gael entró primero. Aitana lo siguió en silencio hasta que él abrió una de las puertas del segundo piso.
—Esta será tu habitación.
Aitana observó el lugar y luego volvió la mirada hacia él.
—¿Y la tuya?
—Al otro lado de la casa.
Ella asintió lentamente. No esperaba que durmieran juntos, pero escuchar aquella respuesta hizo que el matrimonio se sintiera todavía más vacío.
Gael se quedó frente a ella unos segundos antes de hablar.
—Quiero que tengas algo claro, Aitana. Este matrimonio existe porque mi abuelo lo decidió. No porque yo quiera estar contigo.
Aitana sintió un pequeño dolor en el pecho, pero mantuvo la cabeza en alto.
—Lo sé.
—Hay alguien más en mi vida.
Aitana sabía perfectamente a quién se refería, pero dejó que él continuara.
—Valentina es la persona que amo. Y no voy a olvidarla solamente porque ahora estemos casados.
Aitana apretó suavemente los dedos.
—No te estoy pidiendo que la olvides.
Gael la miró con frialdad.
—Entonces no intentes ocupar su lugar.
Aquellas palabras fueron especialmente dolorosas porque Aitana sabía algo que él desconocía. Gael llevaba años creyendo que Valentina era aquella niña del kínder que había marcado su infancia. La niña que él recordaba con cariño. La niña a la que había querido volver a encontrar algún día.
Pero esa niña nunca había sido Valentina.
Había sido Aitana.
Y ella era la única que conocía aquella verdad.
—Nunca quise ocupar el lugar de nadie —respondió Aitana finalmente—. Solo quiero que me respetes.
Gael no contestó. Se dio la vuelta y salió de la habitación.
Cuando la puerta se cerró, Aitana se quedó completamente sola. Miró el anillo en su dedo y sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
Había vuelto a encontrar al niño que alguna vez quiso.
Y él había encontrado a otra persona creyendo que era ella.
Mientras tanto, Gael caminó hasta su habitación y tomó el teléfono. Dudó unos segundos antes de marcar.
—¿Gael? —contestó Valentina.
—Tenemos que hablar.
—¿Qué pasó?
Gael respiró profundamente.
—Me casé.
Del otro lado quedó un silencio que pareció interminable.
—¿Qué dijiste?
—Me casé con Aitana.
Valentina tardó unos segundos en responder.
—Pero tú me amas.
Gael cerró los ojos.
—Sí. Te amo.
Y lo decía convencido.
Porque en su mente, Valentina no era solamente su novia. Era la niña que había conocido cuando era pequeño. La persona que, según él, había estado destinada a regresar a su vida.
—Entonces dime por qué estás casado con otra mujer —preguntó Valentina, con la voz quebrada.
Gael bajó la mirada.
—Mi abuelo tomó la decisión.
—¿Y tú la aceptaste?
Gael no respondió inmediatamente.
—No tuve opción.
Valentina guardó silencio.
—No sé qué hacer con esto, Gael.
—No quiero perderte.
—Pero ya me estás perdiendo.
La llamada terminó.
Gael permaneció mirando su teléfono, convencido de que acababa de poner en peligro el amor de su vida.
Y en otra habitación, Aitana lloraba en silencio.
Ella sabía la verdad.
Sabía que Gael estaba enamorado de la mujer equivocada.
Y sabía que, si algún día descubría quién era realmente aquella niña del kínder, todo lo que creía conocer sobre su vida cambiaría para siempre.
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