2; El inicio de un sacrificio

Volví a mi habitación a paso rápido, conteniendo el temblor en las piernas. Cerré la puerta con suavidad, como si el simple sonido pudiera delatarme, y me quedé de pie en medio del cuarto, sin saber qué hacer. Sentía un nudo en la garganta, ese que se forma cuando uno intenta ser fuerte… pero ya no puede más.

Me dejé caer en la cama, mirando al techo como si ahí estuvieran las respuestas. Las lágrimas empezaron a caer, silenciosas, inevitables. ¿Cómo podía mi propio padre hacerme esto? ¿Cómo se suponía que siguiera amándolo siquiera un segundo más? Quería creer que había escuchado mal, que todo era una pesadilla absurda, de esas en las que uno despierta empapado en sudor... pero aliviado de que no es real. Pero no. Esta vez, la pesadilla tenía nombres, rostros y consecuencias reales.

No dormí esa noche. El amanecer me encontró con los ojos hinchados y el cuerpo entumecido. Apenas escuché cuando Olga tocó la puerta.

—Tu padre quiere verte en su oficina —dijo, sin mirarme. Su voz era baja. Quizá era lástima. O quizá solo eran mis ganas de que alguien, aunque fuera ella, me entendiera.

Caminé hacia la oficina sintiendo que cargaba el peso del mundo. Al cruzar la puerta, el olor a cigarro y whisky me golpeó. Papá estaba en su sillón, girando un vaso con gesto ausente. No me miró al entrar.

Junto a la puerta, un hombre de negro me observaba. No hizo ni un gesto. Pero su presencia se sentía.

—¿Querías verme? —Mi voz salió más débil de lo que quería.

Él tardó en hablar. Como si necesitara armar las palabras, o tal vez solo buscaba una forma de no parecer el cobarde que era.

—Anastasia… escuchaste lo que no debías —dijo sin levantar la vista.

Asentí, aunque me moría por gritar.

—Entonces ya no hay mucho que explicar. Es hora de que cumplas con tu parte.

—¿Mi parte? —repetí. Apenas podía creerlo.

—He cerrado un trato con los Ivanov. Vas a trabajar para ellos. Eso salda la deuda.

No lo miré. No podía. Solo escuché el hielo chocar en su vaso cuando dio otro trago.

—Papá, por favor… —logré decir—. Podemos encontrar otra forma. Hablemos. Yo…

Toqué su mano. Él se apartó como si le quemara.

—Ya está hecho —dijo seco. Señaló al hombre de negro—. Él te llevará. Olga ya preparó tus cosas.

No le supliqué. Aunque por dentro me estuviera rompiendo en mil pedazos.

Salí sin mirar atrás. En la sala, Elena tomaba té con una sonrisa falsa. Disfrutaba todo esto.

—¿A dónde vas, querida? —preguntó con esa dulzura que solo usan las serpientes.

—Me voy… a trabajar —dije. No pude evitar que la voz se me quebrara.

—Trabajar —repitió con burla—. Pobrecita… espero que estés lista.

Ignoré sus palabras. Vi a Sonya en la escalera, su rostro lleno de preguntas. Pero no podía explicarle nada.

El frío de Moscú me golpeó al salir. Pero no era nada comparado con el que tenía por dentro.

El auto se detuvo frente a una mansión enorme. Las rejas se abrieron. No hubo palabras. Solo la certeza de que acababa de cruzar un umbral sin retorno.

El hombre abrió la puerta.

—Baja —ordenó.

Lo hice en silencio. Ya no me quedaban lágrimas. Solo vacío.

Una mujer elegante me esperaba en la entrada. Su mirada era como el mármol que pisábamos.

—Anastasia Volkova —dijo como si escupiera el nombre—. Sígueme.

Caminamos por pasillos llenos de lujo, pero sin alma. Nada en esa casa tenía calor. Solo poder. Frío y absoluto.

Nos detuvimos frente a una puerta doble. Tocó una vez y entró.

—La hija de Volkova está aquí —anunció.

Dentro, un hombre alto, de espaldas a la ventana.

—Vete —dijo él. Su voz era baja, grave, definitiva.

La mujer se fue sin más.

—Acércate —ordenó sin girarse.

Mis piernas se movieron solas. Me detuve a unos pasos. El silencio era espeso.

Él se volvió. Y me quedé sin aire.

Nikolái Ivanov. Era joven. Increíblemente joven. Pero sus ojos… esos ojos azules eran más viejos que él. Duros. Fríos.

—Así que tú eres Anastasia —dijo, mirándome como quien evalúa algo que ha comprado sin saber si lo quiere.

Tragué saliva. Intenté sostenerle la mirada. Fracasé.

—¿Sabes por qué estás aquí?

—Sí…

—Habla fuerte.

—Sí. Lo sé.

Caminó a mi alrededor como si no fuera más que una transacción.

—Aquí hay reglas, Anastasia. No doy segundas oportunidades. Si estás aquí, es porque tu padre lo quiso así. Y yo… no rechazo regalos, sobre todo cuando vienen con tanta desesperación detrás.

Sus palabras eran suaves, pero cargadas de veneno.

—Vaya padre el tuyo —añadió con una sonrisa irónica—. Tan desesperado, tan arrinconado… que estuvo dispuesto a ofrecerte como garantía. Qué detalle, ¿no?

Me ardieron los ojos, pero no dije nada. Él no quería respuestas. Quería dejar claro que yo ya no decidía nada.

—Aquí, mi palabra es ley. Punto. Lo entenderás rápido —concluyó, dándose la vuelta.

—Puedes retirarte.

Giré y caminé hasta la puerta. Cuando toqué el picaporte, su voz volvió a sonar.

—Ah… y recuerda algo —dijo con una calma que daba más miedo que una amenaza—. Aquí, hasta el aire que respiras… me pertenece.

No respondí.

Porque no había nada que decir.

Caminé por los pasillos de la mansión escoltada por la misma mujer de antes, cuyo nombre todavía no sabía. Las paredes eran de un blanco casi inhumano, y todo brillaba con una limpieza que no parecía natural. Los cuadros, las esculturas, los muebles… todo hablaba de poder, de control, de un lujo sin alma. Y el silencio. Ese silencio absoluto que me hacía sentir que, si gritaba, la casa me tragaría sin dejar rastro.

—Esta será tu habitación —dijo al detenerse frente a una puerta de madera oscura.

La abrió. Era amplia, mucho más de lo que esperaba. Tenía una cama grande, muebles de madera tallada, un ventanal con cortinas pesadas y hasta una chimenea. Pero no había fotos, ni flores, ni nada que me dijera que esa habitación podía ser un hogar.

—Tienes ropa en el armario. Solo lo necesario. No salgas sin permiso. No hables con el personal. No hagas preguntas.

Iba a decir algo, pero ella ya se había marchado. Cerró la puerta tras de sí sin un solo ruido.

El silencio volvió a envolverme.

Caminé por la habitación con una mezcla de rabia y resignación. Abrí el armario. Todo era negro, gris, blanco. Elegante, sí, pero impersonal. Como si hasta la ropa me recordara que ya no me pertenecía.

Me senté en la cama. Pasaron minutos, o tal vez horas. No lo sé. El reloj de la pared marcaba las siete cuando alguien golpeó dos veces. La puerta se abrió sin esperar respuesta.

Era él.

Nikolái.

Entró sin prisa, como si ya supiera lo que iba a encontrar. Cerró la puerta tras de sí, y esa acción —tan simple— me hizo contener el aire. Estábamos solos.

Él no dijo nada. Caminó hacia el ventanal, echó un vistazo afuera y luego se giró hacia mí. Su mirada era una tormenta contenida. No estaba enojado. Peor aún: estaba completamente en calma.

—¿Estás cómoda? —preguntó, con esa voz suya que parecía cincelada en mármol.

Asentí con la cabeza, apenas. No era una pregunta real. Lo sabíamos los dos.

—Me alegra. No me gusta la gente que se queja.

Se acercó con pasos lentos. Cada uno sonaba como una sentencia. Se detuvo frente a mí. Estaba demasiado cerca. Pude sentir su perfume: madera, tabaco, algo más… peligro.

—Tu padre me dijo que eras obediente.

Levanté la vista, apretando la mandíbula. Esa palabra me dio náuseas. Tragué saliva y, en lugar de responder con miedo, dejé que saliera lo que realmente pensaba.

—Tal vez ese hombre ya no sea mi padre. Porque ningún padre entrega a su hija como si fuera un maldito recibo de pago.

La frase le dio de lleno. No se inmutó, pero vi cómo se tensó apenas la línea de su mandíbula. Por dentro, lo supe, no le gustaba que hablara así. Pero yo tampoco estaba dispuesta a tragármelo todo.

Una sonrisa leve apareció en sus labios. Fría. De advertencia.

—Cuidado, princesa. Aquí no estás para juzgar. Solo para adaptarte.

Mi respiración se aceleró, pero mantuve la mirada fija en la suya. No iba a darle el gusto de ver a una niña rota. No a él.

—¿Y qué se supone que tengo que adaptarme? —pregunté con voz firme, aunque por dentro todo me temblara.

Se agachó frente a mí, sus ojos a la altura de los míos. No me tocó, ni siquiera me rozó, pero su sola presencia bastaba para que sintiera que estaba completamente atrapada.

—A sobrevivir —dijo con suavidad—. A jugar con las reglas de este mundo… sin romperte en el intento.

—¿Y si ya estoy rota? —dije, sin pensarlo demasiado. No como una confesión. Más bien como una declaración seca.

Sus ojos se endurecieron. Se incorporó lentamente, como si hubiera terminado de evaluarme.

—Te llamarán para cenar. No llegues tarde.

Y se fue. Así, sin más. Como si no acabara de hurgar en una herida que todavía sangraba.

 

Apenas la puerta se cerró, me quedé de pie, sin saber qué hacer con el silencio que ahora me envolvía. Pero no duró mucho.

Volvió a abrirse, y era ella otra vez. La mujer del vestido oscuro, de rostro inexpresivo y pasos medidos. Esta vez traía una carpeta en la mano, pero no parecía tener intención de darme nada.

—Ahora —dijo, sin mirarme del todo—, es momento de explicarte las reglas de esta casa.

Su tono era firme, profesional. No había amenaza directa, pero sí un peso implícito que me hizo erguirme de forma automática.

—Son estrictas —continuó—. Y créeme, por tu bien… deben cumplirse al pie de la letra.

Asentí en silencio. No tenía muchas opciones.

—Primera regla: debes estar disponible en cualquier momento. Día o noche. Si el señor Ivanov solicita tu presencia, no hay excusas. Ni retrasos. Aquí no se espera a nadie.

No pude evitar tragar saliva. Mi corazón latía más fuerte. No pregunté qué pasaba si no llegaba a tiempo. Sabía que no quería averiguarlo.

—Segunda regla —siguió, mientras cruzaba la habitación y acomodaba una silla junto al ventanal, como si estuviera habituada a repetir esto—: no hables a menos que se te hable. No hagas preguntas. No opines. Aquí, la discreción no es solo una virtud, es una norma.

La forma en que lo dijo… como si no fuera algo personal. Como si no importara quién fueras, las reglas eran iguales para todos.

—Tercera: no puedes salir de la propiedad sin autorización directa del señor Ivanov. No importa si es por salud, por compras, o por aire. Mientras estés aquí, perteneces a este lugar. —Se detuvo un segundo, luego añadió—. Y a él.

Me tensé. La palabra “perteneces” me dio náuseas. Pero mantuve la cara neutral.

—Cuarta regla —dijo mientras revisaba su carpeta por inercia—: se espera perfección. No se toleran errores. Si se te asigna una tarea, la cumples con exactitud. Un fallo… —alzando un poco la vista, me miró por primera vez de forma directa— …es visto como una falta de respeto. Y aquí, el respeto es sagrado.

Me dolía el estómago. Sentía cómo se me cerraba la garganta.

—Y por último… —dijo más bajo—: no hagas amigos. No busques consuelo en los demás. No confíes. Este no es un lugar para vínculos personales. Estás aquí para cumplir un rol, no para construir una vida.

Permanecí en silencio. Quería decir algo, cualquier cosa. Pero no pude. Y tal vez era mejor así.

Ella me miró por un segundo más, luego se dirigió hacia la puerta.

—La cena es a las ocho. No llegues tarde.

Salió. Esta vez, sí escuché el clic de la cerradura desde afuera.

Me senté en la cama. La habitación era hermosa, grande… pero de pronto sentí que el aire era más denso, como si las paredes se hubieran acercado un poco más.

Eran barrotes invisibles.

Y acababan de cerrarme la jaula.

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Comments

😍❤️кαяєи🍀🇻🇪

😍❤️кαяєи🍀🇻🇪

huuuuyy lo que te espera Anastasia 🥺🥺

2025-05-15

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Capítulos
1 1 ; El valor de una rosa
2 2; El inicio de un sacrificio
3 3; Papeles que huelen a sangre
4 capitulo 4: Marcada como suya
5 capitulo 5; Todo tiene dueño.
6 capitulo 6; Sangre y silencio.
7 capitulo 7; Demasiado tarde.
8 capitulo 8; Lenguas venenosas
9 capitulo 9; No cruces la línea
10 capitulo 10; La parte sucia del poder
11 capitulo 11; Dominio
12 capitulo 12: Mujer de hielo, Hombre de fuego
13 Capitulo 13: Marcada en diamante
14 Capitulo 14: Bajo fuego
15 capitulo 15: Veneno Dulce
16 capitulo 16; No era coincidencia.
17 Capitulo 17; Las reglas del juego
18 Capítulo 18: La debilidad disfrazada de poder
19 Capítulo 19: Sangre Llama a Sangre
20 capitulo 20: Olor a traición
21 Capítulo 21: Las reglas del amo
22 PRESENTACIÓN FORMAL DE LOS PERSONAJES
23 Capitulo 22: Cuando el enemigo respira cerca
24 CAPÍTULO 23: Voces que no olvidan
25 Capítulo 24: No es amor, es territorio
26 Capítulo 25: Una traición sellada
27 Capítulo 26: El nombre que no se dice
28 Capítulo 27: Humo entre aliados
29 Capítulo 28: Jugadas desde la sombras
30 Capítulo 29: El precio de un secreto
31 Capítulo 30: Ninguna mujer es invisible 🫦
32 Capítulo 31: Mira quién sangra ahora
33 Capítulo 32: reglas nuevas, peones viejos
34 capítulo 33: El que sonríe también mata
35 Capítulo 34: Testigos con nombre y apellidos
36 Capítulo 35: La línea que nunca se cruza.
37 capítulo 36: Ella no es una víctima
Capítulos

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1
1 ; El valor de una rosa
2
2; El inicio de un sacrificio
3
3; Papeles que huelen a sangre
4
capitulo 4: Marcada como suya
5
capitulo 5; Todo tiene dueño.
6
capitulo 6; Sangre y silencio.
7
capitulo 7; Demasiado tarde.
8
capitulo 8; Lenguas venenosas
9
capitulo 9; No cruces la línea
10
capitulo 10; La parte sucia del poder
11
capitulo 11; Dominio
12
capitulo 12: Mujer de hielo, Hombre de fuego
13
Capitulo 13: Marcada en diamante
14
Capitulo 14: Bajo fuego
15
capitulo 15: Veneno Dulce
16
capitulo 16; No era coincidencia.
17
Capitulo 17; Las reglas del juego
18
Capítulo 18: La debilidad disfrazada de poder
19
Capítulo 19: Sangre Llama a Sangre
20
capitulo 20: Olor a traición
21
Capítulo 21: Las reglas del amo
22
PRESENTACIÓN FORMAL DE LOS PERSONAJES
23
Capitulo 22: Cuando el enemigo respira cerca
24
CAPÍTULO 23: Voces que no olvidan
25
Capítulo 24: No es amor, es territorio
26
Capítulo 25: Una traición sellada
27
Capítulo 26: El nombre que no se dice
28
Capítulo 27: Humo entre aliados
29
Capítulo 28: Jugadas desde la sombras
30
Capítulo 29: El precio de un secreto
31
Capítulo 30: Ninguna mujer es invisible 🫦
32
Capítulo 31: Mira quién sangra ahora
33
Capítulo 32: reglas nuevas, peones viejos
34
capítulo 33: El que sonríe también mata
35
Capítulo 34: Testigos con nombre y apellidos
36
Capítulo 35: La línea que nunca se cruza.
37
capítulo 36: Ella no es una víctima

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