Hoy el cielo no se siente como el mismo cielo.
Está ahí, exactamente donde siempre estuvo,
con sus nubes desordenadas,
sus estrellas escondidas
y esa inmensidad que nunca parece terminar.
Pero algo cambió.
Hoy miro hacia arriba
y no encuentro el mismo cielo que conocía.
Las estrellas siguen ahí,
ocupando casi los mismos lugares,
brillando con la misma intensidad,
o al menos eso parece.
Entonces, ¿por qué siento que falta una?
Quizás nunca fue una estrella.
Quizás era la forma en la que yo miraba el cielo.
Antes podía quedarme horas observándolo,
buscando formas entre las nubes,
inventando historias para cada pequeño punto de luz.
Ahora solo lo miro
y siento que me está devolviendo la mirada.
Un cielo puede contener millones de estrellas
y aun así sentirse vacío.
Puede tener toda la luz del universo
y parecer completamente oscuro.
Qué extraño, ¿no?
Que algo pueda seguir existiendo
exactamente igual
y sentirse completamente diferente.
Tal vez el cielo no cambió.
Tal vez fui yo.
Tal vez una parte de mí se quedó
en algún lugar que ya no puedo alcanzar,
mirando hacia este mismo cielo
desde un lugar distinto.
Y entonces entiendo
que quizá no tengo que buscarte entre las estrellas.
Quizá tengo que aceptar
que algunas estrellas no desaparecen.
Solo dejan de estar
en el lugar donde acostumbrábamos mirarlas.
Hoy el cielo es distinto.
No porque tenga menos estrellas,
sino porque ya no sé cuál de ellas
era la que me hacía sentir en casa.
Y aun así,
voy a seguir mirando hacia arriba.
Porque si existe otro cielo,
quiero pensar que en algún lugar
también estás mirando el mismo.
Distinto cielo,
misma inmensidad.
Y quizás eso sea suficiente
para sentir que todavía existe
un pedacito de nosotros
entre tanta oscuridad.