Mi familia me enseñó a odiar a los Kennedy antes incluso de que yo aprendiera a escribir su apellido. Durante años escuché la misma historia. Los Kennedy habían traicionado a los nuestros. Los nuestros habían respondido. Después llegaron las amenazas, los negocios rotos, las miradas cargadas de desprecio y los secretos que nadie quería contarme completos.
«Nunca confíes en un Kennedy, Juls.»
Esa frase creció conmigo.
Hasta que conocí a uno.
Kennedy.
Y descubrí que era mucho más fácil odiar un apellido que a la persona que lo llevaba.
La primera vez que estuvimos solos, ninguno de los dos habló. Nos encontramos detrás de la vieja finca, donde el muro de piedra separaba nuestras propiedades como si fuera una frontera. Él estaba apoyado contra un árbol. Yo debería haberme marchado. Él debería haberme dejado hacerlo.
Pero ninguno se movió.
—No deberías estar aquí —dijo.
—Tú tampoco.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Entonces estamos empatados.
Odié aquella sonrisa.
Odié que me gustara.
Odié, sobre todo, que cuando Kennedy me miraba no veía a una enemiga.
Me veía a mí.
—Si mi padre se entera…
—Lo sé.
—Si el tuyo se entera…
—También lo sé.
El silencio volvió a caer entre nosotros. Uno de esos silencios que dicen demasiado.
Kennedy dio un paso hacia mí.
Yo no retrocedí.
Otro.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
—Juls…
Mi nombre en sus labios sonaba distinto. Como si no perteneciera a mi familia. Como si perteneciera a él.
—No —susurré.
—¿No qué?
—No te acerques más.
Se detuvo, pero no apartó la mirada.
—Dime que no quieres que lo haga.
Abrí la boca.
No salió nada.
Porque esa era la verdad que más miedo me daba admitir.
Quería que se acercara.
Mucho más de lo que debería.
—No puedo quererte —murmuré.
Kennedy bajó la mirada durante un instante. Cuando volvió a mirarme, sus ojos habían perdido aquella seguridad que siempre mostraba.
—Yo tampoco debería quererte.
Y entonces entendí que estábamos perdidos.
Porque aquello no era una atracción.
No era curiosidad.
No era rebeldía.
Era algo mucho peor.
Era amor.
A partir de entonces empezamos a encontrarnos a escondidas. Cinco minutos detrás de la finca. Diez minutos en el camino que separaba nuestras casas. Una conversación robada en medio de una fiesta familiar. Una mirada desde el otro extremo de una habitación.
Nunca era suficiente.
Nunca conseguía convencerme de que aquello podía terminar bien.
Pero cada vez que estaba con él, el odio de nuestras familias parecía quedar muy lejos.
Kennedy me hacía reír. Me escuchaba. Me conocía.
Y cuanto más lo conocía, más difícil resultaba recordar que debía odiarlo.
Hasta que una noche todo cambió.
Mi padre me encontró hablando con él.
No dijo nada.
No necesitó hacerlo.
Su rostro lo explicó todo.
—¿Es cierto?
Estaba frente a mí, furioso.
Yo no podía hablar.
—¿Te has estado viendo con un Kennedy?
Bajé la mirada.
Aquello fue suficiente.
La discusión que siguió fue peor de lo que había imaginado. Me recordaron cada una de las razones por las que aquello era imposible. Me hablaron de honor. De venganza. De generaciones enteras enfrentadas. De todo lo que habíamos perdido.
Pero nadie me preguntó qué había ganado yo.
Porque yo había ganado a Kennedy.
Y por primera vez en mi vida, no estaba dispuesta a perder algo solo porque otros hubieran decidido que debía hacerlo.
Esa misma noche fui a buscarlo.
Lo encontré junto al muro.
Parecía saber que vendría.
—Lo saben —dije.
Kennedy cerró los ojos.
—Juls…
—Nos quieren separar.
—Lo sé.
—Entonces tenemos un problema.
Se acercó.
—No.
Me miró directamente.
—Tenemos una decisión.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Y si nos odian por esto?
—Ya nos odian.
—¿Y si nunca nos perdonan?
Kennedy tomó mi mano.
—Entonces tendremos que aprender a vivir sin su perdón.
Lo miré. Aquel chico llevaba el apellido que durante toda mi vida había significado peligro. Y, sin embargo, era la persona con la que me sentía más segura.
—Tengo miedo —confesé.
Él apretó mis dedos.
—Yo también.
Sonreí entre lágrimas.
—Esto es una locura.
—Probablemente.
—Nuestras familias van a intentar destruirnos.
—Entonces tendremos que demostrarles que no pueden.
Lo miré durante unos segundos.
Después apoyé mi frente contra la suya.
Y por primera vez no pensé en nuestros apellidos. Ni en nuestras familias. Ni en aquella guerra que había comenzado mucho antes de que nosotros existiéramos.
Solo pensé en él.
Quizá eso era lo verdaderamente prohibido.
No amar a Kennedy.
Sino elegir nuestro propio destino en lugar del que otros habían escrito para nosotros.
Porque algunas historias de amor nacen para desafiar al mundo.
Y la nuestra…
acababa de empezar.