Los días que siguieron fueron los más extraños y hermosos de mi vida. Cada vez que el teléfono sonaba y veía su nombre, el corazón se me salía del pecho. Nos encontramos de nuevo, y luego otra vez, y otra. Siempre en lugares tranquilos, apartados, donde nadie pudiera reconocerlo. Él llegaba con esa gorra y esa mascarilla, siempre atento, siempre cuidadoso, pero en cuanto estábamos solos se transformaba: soltaba una risa cristalina, me miraba con esos ojos llenos de calidez, y hablaba conmigo de todo lo que nadie más escuchaba.
Aprendí a conocerlo de verdad. Conocí sus miedos, sus inseguridades, lo mucho que trabajaba, lo agotado que a veces se sentía, pero también lo feliz que era haciendo lo que amaba. Me contaba cómo se sentía al subir al escenario, la emoción y el vértigo, la forma en que la multitud se veía desde allá arriba. Y cada vez que hablaba de sus conciertos, de sus canciones, de su música… yo callaba. Porque yo conocía cada una de esas historias. Porque yo había estado ahí. Porque yo sabía lo que se siente escucharlo cantar y llorar de emoción. Pero no podía decírselo. No podía confesarle que lo que él me contaba como cosas nuevas para mí, yo las vivía desde hacía años.
Él creía que yo no sabía nada de su mundo. Creía que yo era una chica normal que había tenido la casualidad de encontrarse con él un mal día. Y cada vez que me miraba y me decía “qué bien se siente hablar contigo sin que me vean de otra forma”, cada vez que me decía “tú me tratas como a mí, no como a lo que soy”, sentía un nudo en la garganta y una culpa que me carcomía por dentro. Quería decírselo. Mil veces estuve a punto. Quería tomarle las manos y confesarle: “Jungkook, yo te conozco. Te he visto crecer. He venido a cada uno de tus conciertos. Compro todo lo que lanzas. Tu voz ha sido mi refugio siempre”. Pero el miedo era más fuerte. Temía que al saberlo todo cambiara. Temía que se alejara. Temía pensar que solo lo quería por ser quien era. Así que callé. Y cada día que pasaba, el secreto crecía más entre nosotros, volviéndose una sombra que amenazaba con romperlo todo.
Nuestros sentimientos crecieron con una rapidez y una fuerza que ninguno de los dos esperaba. Él buscaba mi compañía cada vez que tenía un momento libre. Me hablaba hasta tarde por teléfono. Me enviaba mensajes cortos cuando terminaba sus ensayos, diciéndome “espero que estés bien”, “pensé en ti hoy”, “cuídate”. Y yo vivía esperando cada palabra suya, sintiendo que mi corazón se llenaba de una alegría que jamás había imaginado posible. Me enamoré de él por completo. No solo del cantante, sino del hombre tierno, trabajador, sincero y profundamente bueno que era cuando nadie lo veía. Y él… él también se enamoró de mí. De la chica que lo ayudó aquella tarde sin saber quién era. De la que lo escuchaba sin juzgarlo. De la que parecía ser su refugio lejos de todo el ruido.
Una tarde, sentados bajo aquel mismo árbol donde nos vimos por primera vez, él tomó mi mano entre las suyas y me miró con una seriedad que me hizo temblar.
—No sé cómo pasó —me dijo con voz suave y sincera—. Pero te has convertido en lo más importante para mí. En la única persona con la que puedo ser yo mismo. Me enamoré de ti. Completamente. No quiero ocultarte nada. Quiero que sepas quién soy de verdad, más allá de lo que ves. Y quiero saber si… si podrías verme a mí, solo a mí, y sentir lo mismo.
Las lágrimas se me llenaron los ojos. Quería gritarle que sí. Que lo sentía con toda mi alma. Que lo amaba desde mucho antes de que nos conocieramos así. Pero en ese momento, las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. El miedo me paralizó. Y en lugar de decirle la verdad, solo asentí y le dije:
—Yo también te quiero, Jungkook. Más de lo que imaginas.
Él me abrazó entonces, fuerte, como si temiera soltarme, y yo escondí mi rostro en su pecho llorando de felicidad y de dolor. Felicidad porque él me correspondía. Dolor porque sabía que estaba construyendo todo sobre una mentira. Que tarde o temprano tendría que saber la verdad. Y que cuando la supiera… podría perderme para siempre.
Los días siguientes fueron hermosos y a la vez terribles. Cada mirada suya, cada caricia, cada palabra tierna me hacía sentir en el cielo. Pero al mismo tiempo, el peso de mi secreto se hacía cada vez más pesado. Sabía que no podía seguir así. Sabía que merecía saberlo todo. Que no era justo que él confiara en mí sin reservas mientras yo ocultaba parte de mi vida. Y entonces llegó el momento que yo tanto temía.
Se acercaba un gran concierto. Sería uno de los más importantes. Él me hablaba de ello con emoción y nerviosismo.
—Me gustaría que vinieras —me dijo un día, mirándome con ilusión—. Quiero que estés ahí. Que me veas cantar. Que conozcas ese lado de mí. Y luego… luego te presentaré a todos. Quiero que formes parte de mi vida de verdad. ¿Vendrás?
Mi corazón dio un vuelco. Ir al concierto. El concierto al que yo ya tenía planeado asistir desde hacía meses. Al que había comprado mi entrada con tanto esfuerzo. Y ahora él me lo pedía. ¿Qué haría cuando viera que yo ya sabía cada canción? ¿Qué pensaría cuando se diera cuenta de que conocía cada gesto, cada movimiento, cada detalle?
Abrí la boca para confesarle entonces. Para decirle todo de una vez. Pero las palabras no salieron. Solo pude asentir con lágrimas en los ojos y decirle:
—Sí. Iré. Allí estaré.
Y mientras él me abrazaba feliz, yo comprendí que ese día, en su concierto, todo se revelaría. Que mi secreto saldría a la luz frente a él. Y que lo que ocurriera después… ya no estaría en mis manos decidirlo.
PARTE 2: SECRETOS Y SENTIMIENTOS