Un día normal como siempre, nublado, el cielo completamente gris, y viento.
En la escuela, fuera del salón, le estaban gritando a Vyxen.
—¡Te dije que hagas toda tu tarea y todo tu trabajo! ¡Niño inútil! — gritó el hermano Julio.
Vyxen solo guardó silencio, como si se mereciera los gritos.
—Perdóneme, hermano Julio — dijo con su voz siempre baja y suave.
El hermano Julio, un sacerdote, lo agarró fuerte del hombro y lo sacudió. Iba a seguir gritando cuando vio que pasaba otro niño por el pasillo y se calló. Todos en la escuela sabían que pasaban cosas malas, que los castigos eran injustos y que a los que trabajaban para la iglesia nunca les dejaban descansar.
Pronto era el receso. Daban un comunicado: la epidemia había empeorado y habían fallecido varios.
Vyxen estaba nervioso, no sabía si lo iban a castigar más, y estaba un poco desordenado por el empujón. Tenía el pelo revuelto y los rosarios todos torcidos.
Kazu había escuchado todo desde la puerta. Ella ya sospechaba que trataban muy mal a Vyxen.
Se acercó. Sabía que él siempre llevaba sus rosarios y pulseras en las muñecas y los tobillos. Vio que uno estaba chueco y, para poder hablarle sin que pareciera raro, empezó por eso.
—Tienes tu rosario chueco — le dijo con su voz seria y baja.
Vyxen se asustó, se lo acomodó rápido e hizo una reverencia, porque ella era mayor.
—Gracias — susurró Vyxen, tan bajito que casi se lo lleva el viento.
Kazu lo miró seria, como siempre.
—Si te hacen daño, vienes conmigo. ¿Entendido?
Vyxen asintió. sorprendido. Nadie le había dicho eso nunca.
Se quedaron juntos lo que restaba del receso, en silencio, en un banco del fondo. Los demás los miraban raro, pero por primera vez a Vyxen no le importó.