Miro al horizonte; un inmenso muro de piedra evita que mire más allá. Me detengo a apreciarlo y, como siempre, doy vuelta y me largo del lugar.
Eso debí haber hecho, pero este día no es así. Es diferente... Camino con firmeza, acercándome al muro. Mientras más me acerco, más imponente y enorme se va haciendo. Pero no me detengo, no cuando en mi corazón late ese sentimiento de poder ver más allá de ese muro, atravesarlo y explorar un nuevo mundo... Un nuevo, misterioso y desconocido lugar. Sostengo con fuerza la correa de mi mochila, como si con apretarla más fuerte pudiera darme protección del peligro que pudiera acechar cerca del imponente muro.
Sin embargo, cuando me planto frente al muro, no hay nada; solo una pequeña puerta de madera que no custodia nadie. ¡Cómo si esa puerta esperara a todos y a la vez a nadie! Tocó la perilla y la giró; inmediatamente se abre la puerta y yo, sin dudar en nada, me adentro en este desconocido lugar.
¿Quién podría imaginar que fuera la última vez en que los aldeanos y mi familia me verían?
Lo que sea que haya del otro lado del muro, más allá de mi querido hogar seguro, ten por sentado que no es amigable... Primero te impresiona, te seduce. Te embriaga en ese misterio y hermosura que tiene, para luego devorarte poco a poco... Dándote señales de dolor, de tortura, y cuando piensas que podrás salir, que tienes una esperanza, te manda a un abismo sin fondo del que no podrás escapar. Porque todo será tu perdición, por cegarte a la ironía de que puede ser como en los cuentos que alguna vez te contó tu querida y preciada madre.
¡Suplícame... ruégame! Puede que logre salvarte de ahí. Pero es demasiado tarde: tú no creerás en nada, ni siquiera en esas dulces palabras. Y cuando eso suceda, eso ya te estará consumiendo poco a poco para nutrir su existencia y seguir esperando a otra ilusa como tú, como yo... Como todas las que sucumbieron a lo desconocido, a su curiosidad.
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