Un golpe tronó en mi escudo. Mi brazo tembló, pero contuve el impacto. Avancé. Aproveché su tambaleo, giré la muñeca y estrellé el martillo contra su mandíbula.
Se desplomó. Rematé con un golpe seco a su cabeza. El corazón me retumbaba las costillas como un prisionero.
El sudor ardía en mis ojos y el olor a cobre invadía mis fosas nasales. Miré hacia adelante, mis hermanos avanzaban sin titubeo.
Y al otro lado, una marea de caras desconocidas se acercaba. Escupí al suelo. No había tiempo para la culpa o el alivio; ni siquiera el descanso.
La marcha de nuestro batallón sacudía con violencia la sangre en el suelo. Los pesados tambores acompañaban los ruidos de guerra que buscaban sofocar a fuerza el temor.
Corrí. El cuerpo me pesaba como plomo. Los gritos solo se intensificaron cuando ocurrió el segundo choque. Delante, un hombre con una mueca feroz atacó.
Llevaba una lanza y un escudo endeble. Ni siquiera tenía un casco. Su ataque parecía tímido. ¿Era esa mueca en realidad de rabia o solo terror?
No lo sabía, pero mi cuerpo, acostumbrado a actuar, no dudó. Desvié su estocada. Y, con el impulso de la carrera, un martillazo cayó en sus costillas.
El rojo me manchó el rostro. Continué. Sin entender. Solo sangre, siempre sangre. No era diferente al niño del matadero que alguna vez fui.
Solo que los cerdos habían aprendido a defenderse. Sí, eso eran, cerdos, incivilizados y bárbaros.
No sabía a cuántos había matado cuando llegué a esa conclusión, pero otro cuerpo se hallaba derrumbado a mis pies.
El escudo me pesaba más de lo normal. Tragando grandes cantidades de aire, seguí adelante. Los choques metálicos, los tambores, los gritos, todo sonaba tan lejano. Como estar bajo el agua.
Otro corría hacia mí. Sudaba profundamente y sus gritos roncos carecían de coraje. Estrellé el canto de mi escudo en su boca. Escupió dientes rotos.
En el suelo, lloró. Me habló en un idioma que no entendía, pero sabía lo que decía. Quería vivir. Yo también quería vivir. Y por eso no podía aceptar sus lágrimas.
La tierra antes seca, ahora se había transformado en un barrial rojizo. Apreté los dientes. Aún quedaban muchos. ¿A cuántos más habría que matar?
¿No tenían miedo? ¿Por qué seguían viniendo? Yo tampoco sabía por qué seguía avanzando.
Mi piel caliente, pero sudaba frío. Mi garganta reseca. Mis labios, partidos. El otro parecía igual. ¿Eran realmente cerdos? ¿Y por qué yo no lo era?
La mano me temblaba con cada movimiento de mi martillo. Perdía precisión y velocidad. ¿Aún no acababa?
Vi a mi camarada ser atravesado por una lanza. Su rostro contorsionado por el dolor y la ira. Caminó, hundiendo más la lanza en su cuerpo. Y de un tajo acabó con el aterrado soldado enemigo. Él también murió.
Noté como mi enemigo se acercaba a su compañero. Sus manos erráticas buscaban detener el sangrado. ¿No sabían los bárbaros que esa herida era insalvable? ¿Por qué se aferraba tanto a salvarlo? ¿Sentía pena?
Me acerqué, preparando un martillo que quedó suspendido en el aire. Aquel no me había visto. Mis hermanos tampoco, demasiado ocupados intentando seguir vivos.
Su cráneo crujió.
Lo había hecho tantas veces. ¿Por qué sentía náuseas?
Mi cuerpo avanzaba, mis ojos lo veían y sin embargo, no entendía.