Dicen que un emperador puede conquistar reinos.
Pero nadie habla de lo difícil que es conquistar un destino ya escrito.
Yo llevaba una corona.
Ella llevaba una cesta llena de flores silvestres.
Y, aun así, fue ella quien reinó sobre mi corazón.
II
La conocí junto al río, donde el agua parecía olvidar el peso de las montañas.
Ella no sabía quién era.
Me habló como si fuera un hombre cualquiera.
Creo que por eso volví al día siguiente.
Y al otro.
Y al otro.
III
—¿Qué harías si pudieras gobernar el mundo? —le pregunté.
Ella rió.
—Sembraría trigo donde ahora hay campos de batalla.
Nunca nadie había respondido algo tan sencillo.
Ni tan imposible.
IV
Cuando descubrió que era el emperador, dio un paso atrás.
No por miedo.
Sino porque entendió que había una distancia más grande que cualquier océano.
La distancia entre un trono...
...y una vida humilde.
V
El Consejo Imperial habló con una sola voz.
—Un emperador no se casa con una campesina.
No discutieron.
No preguntaron si la amaba.
Solo recordaron las reglas que habían sobrevivido a generaciones enteras.
VI
Aquella noche le prometí que escaparía con ella.
Por primera vez deseé abandonar la corona.
Por primera vez entendí que el oro pesa más que el hierro cuando aprisiona el alma.
VII
Ella no acudió al lugar donde debíamos encontrarnos.
Esperé hasta que el amanecer borró las estrellas.
Pensé que había dejado de amarme.
Años después descubrí la verdad.
Jamás pudo llegar.
La habían enviado lejos en secreto para proteger el honor del Imperio.
VIII
Goberné durante cuarenta años.
Firmé tratados.
Detuve guerras.
Levanté ciudades.
Todos me llamaron "el Grande".
Nadie supo que cada victoria tenía el sabor de una derrota.
IX
Cuando fui anciano, regresé al viejo río.
El agua seguía cantando igual.
Las flores seguían creciendo donde ella solía recogerlas.
Solo faltaba una persona.
Una anciana del pueblo me entregó una pequeña caja de madera.
Dentro había una flor seca y una carta.
"No pude ir aquella noche.
No porque no quisiera.
Sino porque comprendí que, si huíamos, miles morirían por nuestra culpa.
Prefiero que el mundo me olvide a convertirme en la razón de una guerra.
Si algún día vuelves al río, míralo por los dos.
En otra vida, donde no existan coronas ni títulos...
quizá podamos caminar tomados de la mano."
X
Morí con la carta entre mis manos.
Los historiadores escribieron que el emperador falleció en paz.
Se equivocaron.
Porque algunas guerras nunca terminan.
Simplemente dejan de librarse con espadas.
Y comienzan a vivirse en silencio, dentro del corazón.
A veces pienso que los dioses fueron crueles.
No porque nos separaran.
Sino porque nos permitieron encontrarnos primero.