La nieve caía reclamando cada pequeña parcela de tierra que la ciudad de Nueva York aún conservaba. Las fábricas continuaban llenando el cielo con una nube negra y espesa, mientras la maquinaria pesada aplastaba cualquier posibilidad de silencio.
Aquel lugar no conocía otro olor que el del aceite quemado y el metal fundido. Franco lo sabía bien; llevaba trabajando en estas calles más tiempo del que había vivido en su propia casa.
La nieve se le había acumulado encima y el vapor salía de su nariz colorada. El aire gélido causaba estragos en sus pulmones de una forma que ni el cigarro más barato había logrado jamás.
Recostado contra la pared y sintiendo el retumbar de los golpes al otro lado, prefirió enfocarse en el residuo de la calle: la imagen difusa de un hombre en llamas acurrucado y con las manos en la cabeza. A su alrededor, los rieles estaban deformados y al rojo vivo. Extrañamente, sus gritos parecían lejanos, como cuando un niño berrinchudo grita a través de una almohada.
Aquello no era más que un eco; uno que ni siquiera era tan antiguo y, lo que era peor, ni tan raro. ¿Qué valor tenía un hombre que ni siquiera podía controlar un colapso? A lo sumo, sería algo más silencioso, aunque el silencio en esta ciudad era un bien escaso.
Estiró la mano hacia su bolsillo con tranquilidad, más preocupado por la impuntualidad de su compañero que por el fantasma que tenía delante. Eran las once de la noche, o al menos eso marcaba su poco confiable reloj de un dólar.
Aun así, era excusa suficiente para extorsionar la próxima ronda, aunque no es que bebiera mucho, simplemente, sabiendo que estaba retrasado y que su jefe no lo dejaría pasar, no podía sufrir tal injusticia de forma gratuita.
El crujido de la nieve resonó a un costado. Eran los pasos de Cristian, quien caminaba con una lentitud irritante y una sonrisa pícara en el rostro.
—¿Y bien, qué tenemos aquí? —preguntó con voz gruesa y áspera.
—Un pirómano —respondió Franco sin alterarse—. La huella tiene una hora, no debe ser difícil seguir su rastro.
—¿Una hora? —preguntó, notando la deformación del metal, percibiendo la aglomeración de cristales que vibraban descontroladamente tras esa fachada sólida—. ¿Algo más?
—Que vamos quince minutos tarde y tú aún no has disipado la energía de esos rieles.
Cristian asintió, algo ofendido, y avanzó hacia el centro del impacto. Las vibraciones descontroladas en la tierra lo hicieron fruncir el ceño. Sintió cada célula de su cuerpo intentar vibrar en sintonía con el calor residual, mientras su sangre hervía cada vez más y esa sonrisa pícara se torcía en una mueca violenta.
La expresión de Franco no cambió, pero su cuerpo se llenó de una tensión contenida, listo para actuar en cualquier momento. La luz roja del hierro se fue desvaneciendo conforme se enfriaba.
Y eso significaba no solo que ahora le tocaba hacer lo suyo, también implicaba que debía hacerlo sin la única fuente de calor que hacía este horrendo clima algo más pasajero.
Cuando el hierro tomó un color oscuro, Cristian se dejó caer sobre el suelo. Agitado, miró el cielo ennegrecido sintiendo la nieve que caía en su rostro disiparse en una nube de vapor.
—Te... toca —alcanzó a decir, ignorando cómo el agua se acumulaba a su alrededor.
Franco no respondió. Había perdido el foco en sus ojos; para él, la ventisca fue reemplazada por una tormenta de fuego que, por extraño que parezca, lo atravesaba sin sufrir daño alguno.
Pero la verdadera molestia venía más de ese miedo prestado que sentía, acompañado de un grito desgarrador que resonaba en cada rincón de su cabeza. Su pulso aumentaba y perlas de sudor comenzaron a formarse en la sien. Las piernas le temblaban. Una extrema necesidad de correr lo invadió, pero sus pies parecían anclados al suelo. No podía dejar que una huella nublase su juicio. Su vista atravesó la tormenta, queriendo grabar el rostro de aquel sujeto en su memoria.
—No... eso no fue culpa mía.
El susurro le llegó como si le estuviera hablando al oído, pero no obtuvo la información que quería, solo la tristeza y el pesar de un hombre destruido. Franco ya no sabía si las migrañas eran realmente suyas o solo un efecto de la huella psíquica.
El espectro del hombre se incorporó torpemente y corrió entre tropiezos hacia el sur. Al menos eso parecía por los pocos pasos que Franco pudo percibir antes de que los fríos vientos, al quemarle la piel, le hicieran darse cuenta de que la huella acabó. Había absorbido todas las emociones que la mantenían.
Frotándose con fuerza la frente, trató de eliminar la sensación amarga que acababa de experimentar. Tenía el estómago revuelto y su corazón aún latía con fuerza. Escupió al suelo por impulso.
Avanzó hacia Cristian, quien yacía a unos metros del sauna que él mismo había provocado. Tenía un cigarro en la mano, uno al que le acababa de dar una profunda calada viendo cómo Franco se acercaba.