Los días siguientes fueron los más felices de mi vida, pero también los más miedosos. Teníamos nuestro amor en secreto, escondido de todo el mundo: en los pasillos vacíos de la oficina, en el coche con las ventanas cerradas, en la habitación de él en la mansión cuando todos dormían. Ya no había órdenes, ya no había amo y esclava. Él me pedía permiso para tocarme la mano, me preguntaba cómo estaba mi mamá, me reía las bromas tontas que nadie más escuchaba, y yo le enseñaba a sonreír de verdad, sin que su cara se pusiera dura como de costumbre.
Pero faltaban solo 12 días para terminar el contrato, y llegó la peor noticia. Su abuela, la señora Kang So-ja, la dueña real del imperio, la mujer que lo había criado a golpes y reglas estrictas después de que se muriera su mamá, volvió de Japón donde vivía hacía años. Se enteró de mi existencia, se enteró del contrato, se enteró de que su nieto, el heredero perfecto que ella había moldeado con sus propias manos, estaba enamorado de una chica pobre, una “esclava por deuda” que no tenía apellido importante, ni dinero, ni estudios terminados.
Un día, cuando Do-hyun no estaba, me mandó llamar a su despacho en la mansión. Era una mujer pequeña, de pelo blanco recogido en un moño impecable, ojos fríos iguales que los de su nieto, y una voz que helaba la sangre. Me puso un cheque enfrente, de 500 millones de wones, más de lo que yo necesitaba para toda la vida, y me dijo fría:
—Toma el dinero. Vete de aquí. Vete de Corea del Sur si quieres. Pero desaparece de la vida de mi nieto hoy mismo. Tú no eres para él. Eres una mancha en su apellido. Una distracción. Él tiene que casarse con la hija del presidente del banco, una chica de su clase, que le traiga más dinero, más poder. Tú… solo le traerás problemas. Si no te vas voluntariamente, te echo a la fuerza, cancelo el pago del hospital, y dejo a tu mamá en la calle sin tratamiento. Sabes que puedo hacerlo.
Yo me quedé mirando el cheque, con las manos temblando, el corazón roto en mil pedazos. Tenía razón. No éramos del mismo mundo. Él era un Kang, dueño de todo. Yo era una chica que había tenido que venderse por 100 días para salvar a su mamá. No tenía derecho a arruinarle la vida, a hacerle perder todo lo que había construido, a pelear con su abuela que era lo único que le quedaba de familia.
Así que hice lo único que creí correcta para protegerlo a él y a mi mamá: tomé el cheque. Esa misma noche, cuando Do-hyun volvió de una reunión, lo esperé en la entrada de la mansión, con mi maleta chiquita lista, la cara dura como una piedra, sin dejar que las lágrimas salieran. Él me miró, sonrió esa sonrisa que solo me daba a mí, y se acercó para abrazarme. Yo me hice para atrás.
—Se acabó —le dije, con la voz quebrada, sin mirarle a los ojos—. Tomé el dinero de tu abuela. 500 millones. Es más de lo que me dabas tú. Ya no necesito quedarme. Los 100 días terminan hoy. Me voy. No te quiero ver nunca más.
Él se quedó parado ahí, como si le hubieran dado un puñetazo en el pecho. La sonrisa se le borró de la cara, los ojos se le oscurecieron de nuevo, volviendo a ser los de hielo de antes. Me miró de arriba abajo, como si no me conociera, y me dijo con una voz tan rota que casi no la reconocí:
—¿Todo esto… todo lo que pasó entre nosotros… fue por dinero? ¿Nunca sentiste nada? ¿Todo fue una actuación para sacarme más?
Yo asentí con la cabeza, aunque me moría por dentro por decirle que no, que lo amaba más que a nada en el mundo, que me estaba yendo para protegerlo.
—Sí —mentí, y cada palabra me quemaba la garganta—. Todo fue falso. Adiós, señor Kang.
Salí corriendo de la mansión, sin mirar atrás, sin escuchar cuando me llamó por mi nombre, sin ver que se le caía una lágrima por la mejilla, la primera que derramaba desde que se murió su mamá. Me fui a vivir a un cuarto chiquito en el barrio de Bukchon, lejos de Gangnam, lejos de Hannam-dong, lejos de todo lo que me recordara a él. Dejé el cheque sin cobrar, escondido en el fondo de mi cajón, porque nunca quise su dinero. Solo quería que estuviera a salvo.
Pasaron 8 días. 8 días sin verlo, sin escuchar su voz, sin prepararle su café a 83 grados. 8 días en los que me pasaba las horas mirando su foto en el teléfono, llorando a mares, sin atreverme a llamarlo, sin atreverme a contarle la verdad. Mi mamá ya estaba mejor, el tratamiento funcionaba, pero yo estaba muerta por dentro. Sabía que lo había perdido para siempre. Sabía que él me odiaba. Sabía que nunca me perdonaría.
Hasta que una noche, eran las 11 de la noche, alguien golpeó fuerte la puerta de mi cuarto. Yo fui a abrir temblando, pensando que era la abuela, que venía para cumplir su amenaza. Pero cuando abrí, ahí estaba él. Kang Do-hyun. El hombre que yo amaba. Estaba despeinado, la camisa arrugada, los ojos rojos de no dormir, la cara más sola que nunca. Tenía en una mano el contrato roto en mil pedazos, y en la otra, el cheque que yo había dejado sin cobrar, que él había encontrado tirado en la basura de la mansión.
Me miró, y antes de que yo pudiera decir nada, me agarró la cara con sus dos manos, y me dijo gritando, con la voz rota de tanto llorar:
—¡Eres la tonta más grande del mundo! ¡Crees que me importa el imperio? ¿Crees que me importa el dinero, la abuela, la boda arreglada? ¡Sin ti no soy nada! ¡Sin ti todo esto no vale nada! ¡Te busqué por toda Seúl durante 8 días! ¡No te atreves nunca más a irte sin decirme la verdad! ¡No te atreves nunca más a decidir por mí lo que me hace bien o mal!
Y antes de que yo pudiera contestar, me besó de nuevo, fuerte, desesperado, como si tuviera miedo de que yo desapareciera otra vez, como si ese beso fuera el único capaz de arreglar todo el daño que nos habíamos hecho.