Después de esa noche, todo cambió, aunque nadie más lo notara. Los gritos desaparecieron por completo. Ya no me llamaba “chica” o “asistenta”: me llamaba Ha-na, mi nombre, dicho bajito, solo cuando estábamos solos. Empecé a hacer cosas chiquitas para él, sin que me las pidieran, sin decir nada, igual que esa noche:
Le dejaba una botella de agua fría en el escritorio cuando tenía reuniones de 4 horas seguidas, porque sabía que se le secaba la garganta de tanto hablar. Le arreglaba el nudo de la corbata antes de salir a las conferencias, muy despacio, sin tocarlo más de lo necesario, y mis dedos le rozaban el cuello por un segundo, haciendo que a los dos se nos parara la piel de gallina. Cuando se quedaba dormido en el sofá a las 3 de la mañana, le cubría con mi propia manta gris de lana que me había comprado con mi primer sueldo, y le apagaba la luz de la pantalla para que no le lastimara los ojos. Los domingos, cuando no trabajaba, le preparaba jajangmyeon casero, la comida que él comía de chico con su mamá antes de que ella se muriera en un accidente de coche cuando él tenía 10 años, un secreto que me había contado una noche borracho, pensando que yo no estaba escuchando.
Él nunca me daba las gracias en voz alta. Pero me lo devolvía a su manera fría y callada: un día me dejó un abrigo de invierno de cachemira color beige, exactamente del tono que yo había mirado 5 segundos por el escaparate de Myeongdong mientras íbamos a una reunión, con una nota que decía “no te atrevas a enfermarte, me faltaría quien me prepare el café”. Otro día, cuando fui a visitar a mi mamá al hospital, me encontré con que le habían cambiado a la habitación privada más cara, con el mejor médico del país, y la enfermera me dijo sonriendo: “todo pagado por el señor Kang, no debe nada”.
Yo no le dije nada. Solo le miré cuando volví a la oficina, y él me miró de reojo, sin sonreír, pero con los ojos un poquito más suaves que de costumbre.
Faltaban 47 días para terminar el contrato cuando pasó lo que lo cambió todo. Tuvimos que ir a una cena de negocios en el hotel más caro de Seúl, el Shilla, con unos inversores japoneses que querían comprar parte de la empresa. Yo iba de su asistenta, detrás de él, callada, sin mirar a nadie, como siempre. Pero uno de los inversores, un hombre mayor de manos gordas y aliento a sake, se acercó a mí cuando Do-hyun no estaba mirando, me agarró la muñeca fuerte, me apretó tanto que me dejaron marcas rojas, y me susurró al oído cosas asquerosas, preguntándome cuánto cobraba por una noche, si el jefe me prestaba a sus amigos.
Yo me quedé helada, sin poder moverme, sin atreverme a gritar delante de toda la gente importante. Hasta que lo sentí: Do-hyun estaba ahí, detrás de mí. No gritó. No hizo un escándalo. Solo agarró la muñeca del hombre con una mano, tan fuerte que lo hizo soltarme de inmediato, y le dijo con una voz tan fría que heló la sangre de todos los que estábamos alrededor:
—Si vuelves a tocarla, o si se te ocurre siquiera mirarla más de un segundo, te arruino. Te quito todo. Te dejo en la calle sin un solo won. Y no te atrevas a volver a Corea del Sur nunca más en tu vida.
Se llevó la mano, me agarró la mía suave, muy diferente a como lo había hecho el otro, y me sacó de la cena sin decir una palabra más, sin importarle que perdiera el trato de 500 mil millones de wones. Me llevó a su coche negro con conductor, cerró las ventanas, y cuando estuvimos solos, me tomó la muñeca con mucho cuidado, miró las marcas rojas que le habían dejado, y por primera vez en mi vida, lo vi enojado de verdad, pero no conmigo: con el mundo, con todos los que le habían hecho daño a la gente que quería.
—Nunca más —me dijo, mirándome a los ojos, con la voz temblando un poquito de rabia—. Nunca más nadie te toca sin tu permiso. Nunca más nadie te trata como si fueras menos. Eres mía, pero no como el contrato dice. Eres mía… de otra manera. Que yo todavía no sé cómo nombrar.
Yo me quedé muda, mirándolo, sin poder creer lo que estaba escuchando. El hombre más frío de Seúl, el que no demostraba ningún sentimiento, el que tenía miedo a querer a nadie porque todos se iban… me estaba diciendo, a su manera torpe y callada, que le importaba. Que yo no era solo una asistenta, ni una esclava por contrato. Que yo era algo más.
Esa noche, no volvimos a la mansión. Me llevó a su casa de playa en Busan, la que nadie conocía, la que solo usaba cuando quería estar solo. Y ahí, en el balcón, escuchando las olas del mar de Corea, me acercó la cara muy despacio, como si tuviera miedo de asustarme, y me dio mi primer beso. Un beso lento, salado por el viento, que sabía a café americano y a esperanza, que borró todos los días de gritos, todas las miradas de desprecio, todas las reglas que habíamos roto sin querer.
Cuando nos separamos, me agarró la cara con sus dos manos, y me dijo bajito, como si fuera un secreto que solo el mar podía escuchar:
—Cuando se acaben los 100 días… no te vas. No te dejo ir. Ya no puedo.