El día que firmé mi libertad por 100 días, estaba sentada en la sala de recepción del edificio Kang Group, en el corazón de Gangnam, Seúl, con las manos temblando tanto que no podía agarrar bien el bolígrafo. Tenía 23 años, estudiaba literatura coreana en la universidad de Sogang, y mi mamá estaba internada en el hospital Severance con un cáncer de mama que no podíamos pagar ni vendiendo nuestra pequeña casa en el barrio de Mapo. La deuda subía a 180 millones de wones, y yo no tenía ni la décima parte.
La secretaria del señor Kang, la señora Park, una mujer de pelo recogido impecable y gafas de pasta que no sonreía nunca, me puso el contrato enfrente, con letras tan chiquitas que necesité entrecerrar los ojos para leer:
“Artículo 1: Lee Ha-na pasa a ser asistenta personal exclusiva de Kang Do-hyun, CEO de Kang Group, por un plazo de 100 días.
Artículo 2: Durante ese tiempo, cumple TODAS las órdenes sin preguntar, sin quejarse, sin faltar ni un día. En la empresa te llaman ‘la esclava del jefe’: acéptalo o renuncia.
Artículo 3: Al cumplirse los 100 días, la deuda médica queda cancelada en su totalidad, más un bono de 20 millones de wones.
Artículo 4: Si rompes una sola regla, la deuda se multiplica por 5, y tú y tu familia nunca podrán volver a trabajar en ninguna empresa de Corea del Sur”.
No tuve opción. Firmé con la mano temblando, sin leer el resto. Mi mamá era lo único que me quedaba.
Kang Do-hyun tenía 32 años, era el heredero único del conglomerado más grande del país, dueño de hoteles, clínicas, marcas de ropa y hasta cadenas de supermercados. Todo Seúl le tenía miedo: era alto, tenía el pelo negro peinado hacia atrás sin un solo pelo fuera de lugar, ojos oscuros como la noche de invierno en el monte Seoraksan, y una voz que hacía temblar a los directivos más viejos solo con decir su nombre. Tenía una cicatriz delgada en la muñeca derecha que siempre escondía bajo relojes caros, y una regla de oro que todo el mundo sabía: nadie le miraba a los ojos más de 2 segundos, nadie le hablaba primero, nadie cometía ni el error más pequeño.
Los primeros 21 días fueron un infierno. Vivía en una habitación chiquita en el sótano de su mansión de Hannam-dong, el barrio más caro de Seúl, donde vivían los actores y los presidentes de empresas. Me levantaba a las 4:30 de la mañana para prepararle su desayuno exacto: sopa de algas sin sal, arroz blanco perfecto, kimchi fermentado exactamente 14 días, y un café americano a 83 grados, ni un grado más ni menos. Si algo salía mal, me gritaba durante minutos enteros, delante de todos los empleados, que me miraban con desprecio y susurraban “ahí va la esclava” cuando pasaba por los pasillos.
Yo agachaba la cabeza, pedía perdón en coreano formal, y no decía nada. Todas las noches volvía a mi cuarto, me abrazaba la foto de mi mamá que tenía guardada en la cartera, y contaba los días que faltaban para terminar mi condena: 79, 78, 77…
Pero empecé a mirarlo, de reojo, sin que se diera cuenta. Vi que nunca comía más de tres cucharadas de sopa, que se pasaba 16 horas seguidas en su oficina del último piso sin levantarse, que dormía solo 2 horas por noche en el sofá de cuero negro, que todas las noches se quedaba mirando las luces de Seúl por el ventanal gigante, con la cara tan sola que me dolía el pecho de solo verlo. Vi que nadie le quería de verdad: todos solo querían su dinero, su apellido, su poder. Su propia familia lo trataba como un monedero con patas.
Una noche, eran las 2:17 de la mañana, lo encontré desmayado en el suelo de su oficina, la frente ardiendo de fiebre, los papeles esparcidos por todo el suelo. Nadie más estaba ahí, todos se habían ido a sus casas horas antes. Yo me acerqué temblando, le toqué la frente, y por primera vez en mi vida, rompí una regla: no llamé a la señora Park, no pedí permiso. Lo levanté como pude, lo acosté en el sofá, le quité los zapatos caros, le puse una toalla mojada en la frente, y me quedé sentada en el suelo a su lado toda la noche, mojándole la frente cada 10 minutos, preparándole agua con miel cuando se despertaba delirando.
Cuando amaneció, abrió los ojos, me vio ahí, agotada, con la ropa arrugada, y me miró fijamente a los ojos más de 2 segundos. Mucho más.
—¿Por qué lo hiciste? —me preguntó, con la voz ronca de la fiebre, sin gritar, sin tono de mando.
—Porque nadie más lo iba a hacer, señor Kang —le dije yo, bajando la cabeza, temblando de miedo a que me castigara.
Él no dijo nada más. Se levantó, se arregló la camisa, y se fue a la ducha. Pero cuando salió, me dejó un plato de tteokbokki picante, mi comida favorita que yo había mencionado una sola vez delante de la señora Park, en la esquina del escritorio, con una nota chiquita escrita a mano con su caligrafía perfecta:
“Gracias. No se lo digas a nadie”.
Yo me quedé mirando el plato, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Ese día, los 100 días dejaron de ser solo una condena. Empezaron a ser algo más. Algo que yo no me atrevía a nombrar.