Todos los días salgo de mi trabajo a las 17:48 en punto, camino tres cuadras hasta la parada de la avenida principal, y espero el recorrido 212 que pasa siempre a las 18:02. Nunca me atraso, nunca adelanto. Porque si cambio un solo segundo de mi rutina, me da miedo que se me escape el detalle que me haga olvidarte un poquito.
El autobús siempre huele igual: a goma caliente, a café frío que alguien se olvidó en el portavasos, y a lluvia mojada en los asientos de plástico gris. Cuando sube, busco inmediatamente el asiento 14, el tercero del lado izquierdo, pegado a la ventana. Es nuestro. O mejor dicho: fue el nuestro, durante 2 años, 7 meses y 12 días. Llevas 11 meses y 4 días sin subir.
La primera vez que te vi ahí, ibas con un helado de vainilla que se derramaba despacio por tu muñeca izquierda, porque ibas leyendo un libro de poemas y no le prestabas atención. Me paré al lado tuyo por dos paradas, sin atreverme a sentarme, hasta que levantaste la vista, me sonreíste y me pediste prestado un pañuelo para limpiarte. Ese día me quedé hasta tu parada, aunque la mía era 8 antes. No hablamos mucho, solo me diste las gracias, me escribiste tu número en un papelito de la compra que tenías en el bolsillo, y te bajaste corriendo antes de que yo pudiera decirte mi nombre.
Después de eso, nos encontramos todos los días ahí. El asiento 14 se volvió nuestro lugar: ahí te conté que mi papá se había mudado a otra ciudad y no volvía a llamar, ahí lloraste cuando te despidieron de tu trabajo en la pastelería, ahí nos dimos nuestro primer beso, a oscuras, cuando el autobús pasó por el túnel de la estación, y la luz del techo parpadeó tres veces, igual que lo hace todavía hoy, en la misma curva.
Tenía nuestras costumbres: siempre me dejabas el lugar de la ventana, porque me gustaba ver las luces de la ciudad. Siempre te robabas un chicle de menta de mi mochila negra, la que te regalaste para mi cumpleaños número 24, la que todavía uso todos los días. Siempre, antes de bajarte en tu parada, me apretabas la mano tres veces seguidas: era nuestro código secreto para decir “te quiero” sin que nadie más lo escuchara.
La última vez que te subiste, no lo sabía. Ibas callada, no me robaste ningún chicle, no me apretaste la mano tres veces. Solo te quedaste mirando por la ventana, y cuando llegamos a tu parada, te bajaste de golpe, sin mirarme atrás, sin decir adiós. Al día siguiente no viniste. Ni el otro. Ni el resto de la semana. Mandé 17 mensajes que nunca contestaste. Llamé 9 veces, todas fueron al buzón de voz. Pasé por tu casa 4 tardes seguidas, y la nueva dueña me dijo que te habías mudado a otra ciudad, sin dejar dirección.
Desde entonces, sigo subiendo a las 18:02. Sigo guardando tu lugar con mi mochila negra, aunque nadie me lo pida. El chofer ya no me pregunta por qué ocupo dos asientos solo. Los pasajeros habituales ya me conocen: el señor mayor que lee el diario, la estudiante que escucha música con audífonos muy grandes, todos se sientan en otro lado, sin molestar. Nadie se atreve a ocupar el 14, excepto hoy.
Hoy subió una niña pequeña, de unos 7 años, con trenzas amarillas atadas con cintas rosas, y un muñeco de conejo blanco apretado contra el pecho. El autobús venía lleno, y se paró justo al lado mío, mirando el lugar vacío donde siempre te sentabas.
—¿Puedo sentarme? —me preguntó muy bajito, con los ojos grandes y brillantes.
Me quedé un segundo mirando la mochila en el asiento, y por un momento escuché tu voz en mi cabeza, riendo, diciéndome que le diera paso, que los niños no tienen la culpa de nada. Moví la mochila a mis piernas y asentí, sin decir nada. Ella se acomodó despacio, puso al conejo entre los dos, y se quedó mirando mis manos un rato.
Cuando el autobús dobló en la curva de siempre, la luz del techo parpadeó tres veces. La niña se agarró fuerte del borde del asiento, y luego me miró de reojo, muy seria, como si tuviera un secreto muy grande que guardar. Susurró tan bajito que casi no lo escuché por el ruido del motor:
—Tu amigo viene muy tarde, ¿no?
Me tragué la saliva de golpe. Sentí que el pecho se me cerraba, como cuando hacía frío y tú me abrazabas para calentarme. Miré por la ventana, donde las luces de la ciudad empezaban a encenderse una por una, igual que aquella noche del primer beso. Quise decirle que no venía. Quise decirle que hacía casi un año que no venía, que no sé dónde estás, que no sé si alguna vez volveré a verte. Quise decirle que ese lugar no estaba vacío por casualidad, que lo guardaba para alguien que ya no iba a llegar nunca.
Pero no pude. Solo asentí con la cabeza, muy despacio, y sentí una lágrima caer en mi mejilla, antes de que pudiera borrarla rápido. La niña me miró, no dijo nada, solo me agarró la mano con su manita pequeña, calentita, y la apretó tres veces seguidas.
El autobús siguió andando. El asiento 14 seguía medio vacío. Y yo seguí esperando, aunque ya sabía, desde hacía 11 meses y 4 días, que nunca más ibas a subir.