Cuando por fin se fueron todos, cerraron lo que quedaba de la puerta con tablas pesadas y el silencio volvió a caer sobre la cabaña, ya no hubo palabras. Ni gritos, ni reclamos, ni miedos dichos en voz alta. Solo quedaron ellos dos, solos al fin, rodeados por el olor a pino, a lluvia, a rabia recién gastada y a ese aroma dulce y desesperado que el celo de Elias soltaba sin control.
Kael se quedó quieto un segundo, respirando hondo para no romperlo todo de golpe. Sus feromonas rugían pidiendo posesión, pero sus manos temblaban al acercarse, recordándole cada cicatriz, cada vez que su fuerza se le fue de las manos. Lo tomó de la cintura con infinita suavidad, como si fuera de cristal, y lo atrajo despacio hacia sí.
—Tengo miedo —confesó contra su boca, ronco y quebrado—. Tengo miedo de no frenar y hacerte daño.
—No vas a hacerme daño —le respondió Elias, subiendo las manos por su cuello y enredándolas en su pelo negro—. Solo no te detengas. Soy tuyo. Completamente tuyo.
Ese fue el fin de la contención.
Al principio fue salvaje, desesperado, como si los diez años de soledad y culpa se le vinieran encima de golpe. Kael lo besó con hambre, con los dientes, con la necesidad de dejar su marca en cada rincón de su piel, y al mismo tiempo sus manos eran extremadamente delicadas, midiendo cada caricia, cada roce, cada movimiento para no hacerle el menor daño. Lo desvistió despacio, mirándolo todo como si fuera la cosa más preciosa del mundo, y cuando por fin se unieron, un gemido escapó de los dos al mismo tiempo.
Kael sintió cómo su cuerpo se agrandaba más, más allá de lo que creyó posible, empujado por el celo y por el instinto de alfa que reclamaba a su omega. Entró despacio, temiendo que le doliera, pero el cuerpo de Elias lo recibió abierto y caliente, hecho exactamente para él. Y cuando quiso retroceder un poco para ir más suave, descubrió que **no podía sacarlo**. El celo lo tenía atrapado, su cuerpo lo retenía dentro, exigiendo que se quedara ahí, que no se moviera, que terminara de hacerlo suyo para siempre.
—No puedo… —jadeó Kael, asombrado y temblando—. No puedo salir. Te necesito lleno de mí. Tienes que esperarme… hasta que termine adentro.
—Sí —susurró Elias, arqueándose contra él—. Todo lo que quieras. Quiero que te quedes ahí. Quiero que seas mío.
Y así fue. Kael se movió con una mezcla de fuerza bruta y ternura infinita, cuidando cada roce, besando sus lágrimas, pidiéndole perdón por la torpeza de su propio cuerpo mientras lo llenaba una y otra vez. Cuando llegó al límite, rugió fuerte contra su cuello y se quedó quieto, derramándose todo dentro de él, hasta que el cuerpo de ambos se relajó y el calor se extendió por las venas de los dos.
Pero no terminó ahí. El celo no terminaba. La necesidad no se iba.
Una y otra vez lo tomó, en el suelo junto al fuego, en la cama pequeña, contra la pared de madera. Cada vez más lento, cada vez más entregado, dejando de lado el miedo para solo sentir lo bien que encajaban. Hicieron el amor hasta que el cielo empezó a clarear, hasta que la lluvia paró y la primera luz gris se coló por la ventana, sin separarse ni un segundo, sin que Kael pudiera sacarse de él del todo, atados por la biología y por el alma.
Cuando Elias despertó horas después, le dolía todo el cuerpo, cada músculo, cada roce de la noche anterior. Y Kael todavía estaba ahí, metido dentro suyo, abrazándolo por la espalda con fuerza, la barbilla apoyada en su hombro, respirando despacio. No se había movido en toda la madrugada, cuidando que no se enfriara, cuidando que nadie los interrumpiera.
—Aún no puedo salir del todo —murmuró Kael al sentirlo despertar, besando suavemente la piel de su cuello—. El celo no lo permite. No quiero tampoco. Me gusta estar así… tan dentro de ti que no sepa dónde termino yo y dónde empiezas tú.
Y entonces, despacio, acercó los labios al costado de su cuello, justo donde latía la vena más fuerte. Elias sintió el aliento caliente, luego el roce de los dientes, y luego el mordisco firme, profundo, que selló el vínculo para siempre. Sintió una descarga eléctrica recorrerlo de pies a cabeza, un calor que se instaló en su pecho y supo que desde ese momento, **nada ni nadie en el mundo podría separarlos**. La marca de Kael quedó ahí, visible, roja y perfecta, el símbolo de que ese omega pertenecía a ese alfa, y de nadie más.
Kael lloró en silencio mientras lo marcaba, y luego besó la herida con ternura infinita.
—Ahora sí eres mío —dijo bajito—. Y yo soy tuyo. No importa lo que digan, no importa lo que venga.
Se quedó así, abrazado a él, lleno de él, protegiéndolo con todo su cuerpo, mientras el sol subía despacio sobre los árboles. Elias sabía que vendrían más problemas, más peleas, más gente que intentaría alejarlos. Pero también sabía algo más: **desde ahora, lo harían juntos**. Y que todos los días que quedaran, amanecerían así, abrazados, unidos, sin prisa, sin miedo, sin dejar que nadie los rompiera nunca más.