Los golpes en la puerta no pararon. Se hicieron más fuertes, más numerosos, y entre los gritos afuera Elias reconoció voces que conocía de toda la vida. Gente con la que había crecido, gente que le sonreía en la plaza… y que ahora llamaban monstruo al único hombre que no le había dado la espalda.
Kael apretó el mango del hacha hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sus feromonas salían a borbotones, oscuras, pesadas, de alfa a punto de estallar, llenando cada rincón de la cabaña hasta que costaba respirar. Estaba hecho una muralla de músculo y rabia parado frente a la entrada, y sin embargo, cada diez segundos volvía la mirada hacia Elias, como si quisiera empujarlo lejos y abrazarlo con todas sus fuerzas al mismo tiempo. Esa contradicción era la primera de muchas peleas que tendrían esa noche.
—Te lo dije —le gruñó por lo bajo sin apartar la vista de la madera temblando—. ¡Te dije que te escondieras! Ahora van a decir que te he dominado con el olor, que te he hechizado… y te van a lastimar por estar conmigo.
—¡Yo no me escondo de nadie! —le contestó Elias de pie a su lado, la voz temblando pero firme, y su propio aroma a vainilla y flores blancas se volvió agrio por la rabia—. ¡Yo vine aquí por mi voluntad! ¡Tú me salvaste la vida! ¿O quieres que me quede callado y deje que digan lo que quieran de ti como lo han hecho diez años seguidos?
—¡TÚ NO ENTIENDES NADA! —rugió Kael, y la fuerza natural de su voz de alfa hizo vibrar los cristales de la pequeña ventana. Dio media vuelta de golpe, lo miró de arriba abajo con sus ojos grises encendidos, y por un segundo Elias vio en ellos mucho más dolor que furia—. ¡Ellos no tienen piedad! ¡A mí ya me destruyeron la vida una vez y ya no me importa nada! ¡PERO TÚ ERES UN OMEGA PURO! Si te metes de lleno en esto, te marcan para siempre. ¡Y prefiero mil veces que me odies, que te vayas lejos y estés vivo… a que te quedes cerca, me quieras un poco y te pase algo malo por mi culpa!
Esa frase lo partió por la mitad. Era exactamente lo que más miedo le daba: que Kael siguiera creyendo, en el fondo de su alma rota, que lo mejor que podía hacer por él era alejarlo. Justo en ese momento, la puerta cedió un centímetro de golpe y una voz sonó por encima de todas las demás, clara, conocida, que heló la sangre en las venas de Elias y encendió a Kael como un fósforo echado a gasolina.
—¡ELIAS! ¡ESTÁS AHÍ DENTRO, VERDAD? ¡SOY LUKAS! ¡VINE A SACARTE DE ALLÁ, NO TENGAS MIEDO DE ESA BESTIA, YO TE PROTEJO!
Lukas. Alfa joven, fuerte, hijo del alcalde, amigo de la infancia de Elias. El que siempre le sonreía en la plaza, el que le dejaba frutas y flores en la puerta de su casa, el que todo el pueblo hablaba desde hacía años: *esos dos son el partido perfecto, algún día Lukas lo marcará oficialmente*.
El cuerpo entero de Kael se tensó hasta el límite absoluto, como si le hubieran clavado una espada por la espalda. Sus feromonas, ya de por sí pesadas, se volvieron de golpe cortantes, amargas, agresivas y dominantes al máximo, tan densas y avasalladoras que Elias tuvo que apoyarse fuerte en la pared para no doblársele las rodillas del todo. Lo vio apretar los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le marcó bajo la piel, la vena de la frente saltándole a cada latido, y entendió al instante y sin necesidad de palabras lo que estaba pasando por dentro de su instinto: **CELOS PUROS, CRUDOS Y ARDIENTES**, la necesidad animal e irrefrenable de posesión, ese grito interno de *ES MÍO, LO ENCONTRÉ PRIMERO, ÉL ES MÍO* que ningún alfa por más bueno o controlado que sea logra apagar del todo cuando otro se acerca a lo que su alma, incluso sin haberlo dicho aún, ya reclamó como suyo para siempre.
—¿Lukas? —susurró Kael muy lento, cargando cada sílaba de veneno y dolor a la vez—. El alfa con el que todo el pueblo quiere que te cases. El que te mira desde que eran niños como si ya fueras su propiedad, como si solo tuviera que extender la mano y tomarte cuando le diera la gana.
—No es así, él solo es… —empezó Elias a explicar, nervioso, porque sabía que cualquier cosa que dijera en ese momento solo echaría más leña al fuego.
—¡SOLO ES AMIGO! —lo cortó Kael de un grito seco, y dio un paso hacia él tan grande y rápido que Elias retrocedió hasta pegarse de lleno a la pared de madera—. ¡Lo sé! ¡Lo huelo! ¡Huelo que no lo has tocado, que no lo has elegido, que tu cuerpo no reacciona al suyo ni la décima parte de lo que reacciona al mío! ¡Pero a mí no me importa lo que sean o no sean! ¡Me importa que él esté afuera gritando mi nombre para matarme y el tuyo para llevárselo, y que cada palabra que dice me recuerda lo que soy y lo que tú podrías tener si no me hubieras encontrado! ¡Podrías tener un alfa que camine de tu mano por la plaza sin que nadie grite monstruo! ¡Podrías tener luz de día, casa grande, respeto, todo! ¡Y en cambio aquí estás, atrapado conmigo en la oscuridad, en medio del bosque, a punto de que nos derriben la puerta!
—¡YO QUIERO ESTAR AQUÍ! —gritó Elias también a todo pulmón, los ojos llenos de lágrimas de rabia y de amor a la vez, y empujó con ambas manos el pecho duro como una roca de Kael, que ni siquiera se movió un milímetro—. ¡Tú crees que lo que quiero es casas, ni títulos, ni caminar de la mano con cualquiera por la plaza! ¡Llevo dieciocho años viviendo ahí, entre toda esa gente que sonríe en tu cara y habla mal a tus espaldas, y NUNCA, NI UNA SOLA VEZ, sentí lo que siento desde que me agarraste la mano bajo la lluvia! ¡Tú eres el único que me ha hecho sentir segura! ¡El único con el que mi cuerpo y mi alma de omega dicen SÍ sin dudar ni un segundo! ¡Y tú lo único que haces es empujarme una y otra vez porque tienes miedo!
—¡ES CON RAZÓN! —le respondió él al mismo volumen, y de golpe toda la furia se le derrumbó encima convirtiéndose en dolor desnudo, bajó el hacha al suelo con un golpe sordo y se agarró fuerte la cabeza con ambas manos—. ¡Llevo diez años solo, diez años castigándome por lo que hice, diez años prometiéndome que nada ni nadie volvería a acercarse para no lastimarlo! ¡Y apareces tú, hueles así, me miras así, y de la noche a la mañana me desarmas todo lo que me costó una década construir! ¡Ahora siento celos de un alfa que ni siquiera ha entrado por la puerta! ¡Siento que me muero por dentro si alguien más te respira cerca! ¡Me odio a mí mismo por lo que soy, y al mismo tiempo quiero marcarte el cuello ahora mismo frente a todo el mundo para que sepan que ya no estás libre! ¡Eso es lo que soy! ¡Un desastre, un monstruo que te quiere para él solo aunque sepa que no te merece!
La puerta crujió de nuevo, más fuerte, y se escuchó el golpe seco de un hacha contra la madera desde afuera. Pero adentro, por unos segundos, el mundo afuera dejó de existir. Elias se acercó de nuevo, muy lento, a pesar de las feromonas todavía revueltas y pesadas en el aire, y puso sus dos manos pequeñas sobre la cara de Kael, obligándolo a bajar la mirada y encontrarse con la suya.
—Escúchame bien, Kael, alfa mío —le dijo muy bajito, pero con una firmeza que lo hizo temblar de los pies a la cabeza—. Tus celos me queman, tus gritos me duelen, tus miedos me hacen llorar… y aun así, cada vez que peleamos, cada vez que chocamos, cada vez que sales con todo lo feo que traes guardado… me doy cuenta de que te estoy queriendo más fuerte. Porque no me das nada falso. Nada de sonrisas de mentira ni palabras bonitas vacías como Lukas. Me das TODO. Lo bueno, lo malo, lo feo, lo que te da vergüenza. Todo.
Antes de que Kael pudiera responder nada, con un último estallido seco la puerta saltó de los goznes y cayó al suelo de golpe.
Entraron seis hombres, todos con antorchas y palos, y al frente de todos, Lukas. Alto, rubio, bien vestido, el alfa perfecto a los ojos del pueblo. En cuanto vio a Elias parado al lado de Kael, cerca, sin miedo, con la camisa gigante del guardián puesta y el olor de los dos mezclado hasta no poder separarlo más, su cara cambió por completo. Sus feromonas salieron también, claras, limpias, pero dominantes y molestas, chocando de frente contra las de Kael como dos ejércitos en guerra. El aire dentro de la cabaña se volvió espeso, eléctrico, difícil de tragar.
—¡Aléjate de él, Kael! —ordenó Lukas señalando con un palo, sin mirar siquiera a los ojos al guardián—. Lo tienes hechizado con tus feromonas, lo tienes confundido… pero ya se acabó. Elias, ven aquí conmigo, ahora. Te llevo a casa, te cuido, te saco de esto.
Extendió la mano hacia él, igual que Kael lo había hecho aquella noche bajo la lluvia.
Elias no se movió ni un centímetro. Al contrario, dio un paso atrás y se pegó aún más al costado de Kael, hasta que sus brazos se rozaron.
—No voy a ninguna parte —dijo claro, para que todos lo oyeran—. Yo me quedo con él.
Kael sintió cómo el corazón se le desbordaba en el pecho entre el miedo, la rabia, los celos todavía calientes y una felicidad tan grande que dolía. Sin pensarlo dos veces, movió el brazo y lo rodeó por la cintura por primera vez de forma abierta, posesiva, protectora, marcando territorio sin palabras, y levantó la vista hacia Lukas con los ojos grises brillantes de furia contenida.
—¿Oíste? —gruñó, y su voz sonó tan profunda y grave que hasta los hombres de atrás retrocedieron un paso—. Dice que se queda. Y por más que te duela, alfa… por más que hayas creído toda la vida que él te pertenecía… **nunca fuiste tú quien supo calmar su celo. Nunca fuiste tú a quien su cuerpo reconoció. Y nunca serás tú por quien él arriesgaría todo**.
Lukas puso la cara roja de la rabia y los celos que ahora eran los suyos comiéndolo por dentro. Apretó los puños, las feromonas saliendo agrias y ofendidas.
—Estás loco los dos —escupió—. Él es un omega puro, ¡tiene que estar con alguien decente! Tú solo le vas a traer desgracia, dolor y muerte. Lo vas a arruinar.
—¡YO SOY EL ÚNICO QUE NO LE HA MENTIDO! —le rugió Kael, y soltó una descarga de poder tan fuerte que las llamas de la chimenea se doblaron casi apagándose—. ¡Tú y todo este pueblo hablan de bondad y decencia, pero me condenaron sin saber la verdad! ¡Me dejaron morir aquí solo diez años y ahora vienen de héroes! ¡Si le traigo desgracia… entonces que sea mi culpa y solo mía! ¡Pero mientras me quede aliento en el pecho, NADIE, y mucho menos tú, se lo va a llevar de mi lado!
La discusión subió de tono otra vez, los hombres atrás empezaron a gritar, a empujarse, las antorchas moviéndose peligrosamente cerca de las paredes secas de madera. Kael apretó a Elias contra sí, dándole la espalda a todos para que nada lo tocara, y Elias, a su vez, le apretó fuerte la mano que tenía en su cintura, entrelazando los dedos a pesar del caos.
Peleaban por fuera con los demás, peleaban por dentro con sus propios miedos, peleaban entre ellos mismos una y otra vez por orgullo, por culpa, por celos que ardían sin control… y en medio de todo ese ruido, de toda esa furia y todo ese dolor, el lazo entre el alfa y el omega se iba tejiendo solo, más fuerte con cada grito, con cada mirada, con cada vez que se defendían el uno al otro sin dudar. Lo que empezó como miedo y distancia se había convertido en tormenta, en conflicto constante, en algo que dolía y quemaba… y precisamente por eso, porque habían peleado por ello, porque habían puesto todo en la mesa incluso lo peor de cada uno, ahora sabían que nada ni nadie los iba a poder separar fácilmente.
Cuando por fin los hombres salieron amenazando con volver con más gente y cerraron lo que quedaba de la puerta con tablas improvisadas, se quedaron los dos solos otra vez, jadeando, sudados, las feromonas todavía revueltas, el corazón a mil por hora. Se miraron de frente, sin hablar, todavía con el sabor amargo de los gritos y los celos en la boca.
Kael fue el primero en romper el silencio, la voz todavía ronca y quebrada.
—Sigo pensando que te hago daño —confesó muy bajito, sin soltarlo de la cintura—. Sigo teniendo miedo. Y lo confieso… cada vez que lo veo a él o escucho su nombre, me hierve la sangre. Quiero salir y correrlo del bosque para siempre. Odio que te haya mirado como si fueras suyo. Odio que tenga todo lo que yo no puedo darte.
Elias subió las manos a su cuello, lo atrajo hacia sí despacio, hasta que sus frentes se tocaron y sus respiraciones se mezclaron del todo.
—Déjate de celos estúpidos —le susurró suave, pero con toda la verdad del mundo—. Porque por más que peleemos, por más que nos gritemos, por más problemas y conflictos que vengan de afuera o de adentro… cada vez que todo se pone feo, termino más segura de una cosa: **no quiero a nadie más que a ti**. Toda esta tensión, todo este fuego entre nosotros… no es para separarnos. Es para atarnos más fuerte. Para que sepamos, de una vez por todas, que lo nuestro no es algo pasajero.
Kael cerró los ojos, apretó los dientes y por fin se permitió abrazarlo de verdad, con toda la fuerza que había estado conteniendo durante días, hundiéndole la nariz en el cuello y respirando hondo ese aroma a vainilla que ya era su único hogar. Afuera la noche seguía oscura y peligrosa, sabían que volverían, sabían que vendrían más problemas, más peleas, más momentos en que los celos y el miedo volverían a asomar la cabeza… pero adentro, entre las cuatro paredes de madera, después de haber gritado todo lo que tenían guardado, por primera vez ninguno de los dos tuvo dudas.
Las tormentas más fuertes —la de la lluvia, la de la gente, la de sus propios corazones— eran las que al final los terminaban de unir para siempre.