La lluvia no paró en toda la noche.
Solo amainó un poco, cuando el cielo empezó a clarearse de ese gris pálido que traen las mañanas después de la tormenta. El fuego de la chimenea se había consumido hasta quedar solo brasas rojas y calientes, pero dentro de la cama no hacía nada de frío.
Elias despertó primero.
No se movió de inmediato. Estaba envuelto por completo entre dos brazos enormes y fuertes que lo tenían apretado contra un pecho ancho, duro como la roca, que latía lento y profundo debajo de su oreja. Seguía puesta la camisa grande de Kael, que ahora olía a los dos: a pino silvestre, tierra mojada, lluvia y a ese aroma dulce y suave que solo él desprendía.
Levantó la mirada muy despacio.
Kael dormía con el ceño todavía fruncido, como si ni siquiera en sueños pudiera estar tranquilo del todo. Tenía el cabello negro y desordenado cayéndole sobre la frente, una cicatriz larga y pálida que le bajaba desde la sien derecha, pasaba por la mejilla y se perdía bajo la mandíbula. Otra más le cruzaba la ceja izquierda. Cicatrices que contaban historias que él nunca hablaba. Medía casi un metro noventa de puro músculo y fuerza bruta, todo el mundo en el pueblo decía que era una bestia, un asesino, algo que no era humano… y sin embargo, lo sostenía entre sus brazos con una delicadeza que nadie creería posible.
Recordó lo que le dijo la noche anterior: Soy un monstruo.
Y justo en ese instante entendió por primera vez, de verdad, por qué todos le decían EL GUARDIÁN DEL BOSQUE.
No porque fuera malo. Sino porque llevaba diez años encerrado ahí, protegiendo esos árboles, ese silencio, y sobre todo… protegiendo a los demás de ÉL MISMO.
Kael abrió los ojos de golpe.
Eran grises, claros como la piedra de río, y en cuanto se encontraron con los de Elias, todo su cuerpo se tensó de inmediato como una cuerda a punto de romperse. Se apartó de golpe, sentándose en el borde de la cama de espaldas, respirando hondo y rápido, como si hubiera hecho algo prohibido solo por haberlo abrazado durmiendo.
—Debí haberme quedado en la silla —murmuró, la voz ronca y rasposa de haber dormido pocas horas.
—No querías —respondió Elias suave, sentándose también y acomodándose la camisa—. Te quedaste porque yo te lo pedí.
Kael no contestó. Se levantó de un salto, enorme y pesado sobre el suelo de madera, y caminó hasta la chimenea para echarle más leña. Se movía con esa fuerza contenida, la de alguien que siempre está midiendo cada paso, cada movimiento, por miedo a lastimar sin querer.
—La tormenta amainó —dijo seco, sin voltear—. El camino se podrá caminar en un par de horas. Cumplo lo que dije: te llevo hasta el límite del pueblo. Allí te dejo. Ya estarás a salvo.
Al decir a salvo, apretó los nudillos contra la repisa de piedra hasta que se le pusieron blancos.
Elias sintió un nudo fuerte en el pecho. De repente la idea de volver allá, a las calles, a la gente que hablaba, a los alfas que solo miraban su marca de omega y nada más, le daba asco. Se quedó mirando la espalda ancha de Kael, a las cicatrices que se le veían en los brazos por fuera de la camisa de mangas cortas, y preguntó lo que desde la noche anterior le daba vueltas en la cabeza sin dejarlo en paz.
—¿Qué fue lo que viste en mí… y te recordó lo que juraste olvidar?
Kael se quedó rígido.
El silencio volvió a caer pesado, solo roto por el goteo del agua que caía del techo afuera y el chisporroteo de la leña nueva. Dio media vuelta muy lento, y por primera vez Elias vio en esos ojos grises algo que no era dureza, ni ira, ni distancia: dolor. Mucho dolor, guardado durante diez años enteros.
Caminó hasta la pared de madera, donde colgaba un hacha vieja, desgastada por el uso, y apoyó una mano en ella con fuerza.
—Hace diez años —empezó muy bajito, como si las palabras le dolieran al salir— yo vivía en el pueblo. Tenía familia. Tenía un hermano pequeño, solo tenía diecisiete años. Era igual que tú: pequeño, dulce, olía a flores y miel, omega puro. Todos le querían… hasta que llegó un grupo de alfas de la ciudad, ricos, poderosos, que venían de caza. Lo agarraron. Lo lastimaron. Y cuando yo llegué… ya era tarde.
Hizo una pausa, tragó saliva con fuerza y apretó los dientes.
—Los maté. A los tres. Uno por uno. Con mis propias manos. No me detuve hasta que ya no se movió ninguno. La gente del pueblo me vio salir de entre los árboles, cubierto de sangre hasta el pelo, y desde ese día nadie volvió a ver al muchacho que era. Solo vieron al monstruo. Al asesino. Dijeron que la sangre me había vuelto loco, que el bosque me había poseído, que cualquiera que se acercara corría peligro. Me echaron. Me prohibieron volver. Y yo me fui al lugar más profundo, más oscuro y más cerrado de todo este monte… y me convertí exactamente en lo que ellos decían. El guardián. El que nadie se atreve a mirar. El que se come a los niños. El que mata por gusto.
Volvió la mirada hacia Elias, y ahí sí, se le quebró la voz del todo.
—Me prometí a mí mismo que NUNCA MÁS dejaría que nadie débil o inocente se acercara a mí. Porque todo lo que toco… termino rompiéndolo o perdiéndolo. Cuando te encontré anoche tirado bajo la lluvia, temblando, perdido… vi su cara. Vi a mi hermano. Y por un momento sentí que si te dejaba ir, lo perdía otra vez. Por eso te traje. Por eso te ayudé. No por bondad. Por cobardía. Porque llevo diez años muriendo de culpa y tú me diste aunque fuera cinco minutos de sentir que podía proteger a alguien bien, por una vez en la vida.
Elias no dijo nada.
Simplemente se levantó de la cama, descalzo sobre las tablas frías, y caminó muy lento hacia él. Kael se puso tenso, quiso retroceder, quiso alejarse como siempre lo hacía… pero se quedó clavado en el suelo cuando Elias puso sus dos manos pequeñas sobre su pecho duro y levantó la cara para mirarlo bien a los ojos.
—No eres un monstruo —dijo claro, firme, sin temblar ni una sola vez—. Eres lo único que se paró en medio de la noche y me dio calor. Lo único que no me miró como si solo fuera una marca en el cuello. Los monstruos no se pasan diez años sufriendo por lo que hicieron. Los monstruos no duermen abrazando a alguien para que no pase frío y luego se culpan por haberlo hecho.
Acarició con la punta de los dedos la cicatriz de su mejilla. Kael cerró los ojos con fuerza y un sollozo contenido le tembló en el pecho, el primero en diez años.
—Te llaman el guardián del bosque —siguió Elias muy suave—. Pero no estás aquí cuidando árboles. Estás aquí castigándote a ti mismo. Y protegiendo al pueblo de lo que crees que eres… aunque ellos sean los que te condenaron sin saber nada.
En ese preciso instante sonaron fuerte, secos y claros, los golpes en la puerta de madera.
¡GOLPE! ¡GOLPE! ¡GOLPE!
—¡KAEL! —gritó una voz de hombre afuera, ronca y llena de miedo y odio a la vez—. ¡SABEMOS QUE ESTÁS ADENTRO! ¡Y SABEMOS QUE TE LLEVASTE AL MUCHACHO AYER! ¡SAL AHORA O DERRIBAMOS LA PUERTA Y VAMOS POR TI!
Kael abrió los ojos de golpe. Todo lo suave, todo lo roto, todo lo que se había asomado en él un segundo antes, desapareció de inmediato. Se endureció entero como una estatua de piedra, las feromonas salieron de él de golpe, pesadas, oscuras, de alfa furioso y peligroso, el olor a pino se volvió agrio y fuerte, y tomó el hacha de la pared con una mano sola.
—Vete al fondo, a la otra habitación —le ordenó bajo, mirando hacia la puerta con la mandíbula apretada con rabia—. Quédate callado. No salgas para nada. Ellos no saben que estás bien. Creen que te hice daño. Si me ven contigo… van a decir que te he hechizado o algo peor. Y te harán daño a ti también por estar conmigo.
Elias no se movió.
—No —dijo.
—¡TE DIJE QUE TE VAYAS! —rugió bajo, sin gritar del todo para no delatarlo, pero con toda la autoridad del alfa que era.
—NO —repitió Elias, y se paró justo a su lado, pequeño, delgado, pero sin retroceder ni un milímetro—. Ayer dijiste que eras peligroso. Ayer todos decían que tenías miedo. Hoy te escuché decir que eres un monstruo. Pues yo te vi diferente. Y no me voy a esconder mientras la gente que te condenó sin saber nada viene aquí a amenazarte.
Kael lo miró, incrédulo, el corazón latiéndole desbocado contra las costillas. Nadie, absolutamente NADIE en diez años, se había puesto de su lado.