La lluvia no paraba.
Golpeaba el techo de madera como si quisiera entrar. Los truenos retumbaban y hacían temblar las paredes de la cabaña.
Elias estaba sentado en la cama. Con la camisa gigante de Kael puesta. Le llegaba a los muslos y olía demasiado a él.
Tenía frío. Pero no era un frío normal.
Era el frío que te da cuando estás nervioso. Cuando hay un alfa de 1.88m al otro lado del cuarto y no sabes qué va a pasar.
Kael estaba en la silla. Dándole la espalda.
Brazos cruzados. Mandíbula apretada. Como si estuviera peleando una guerra solo en su cabeza.
El silencio duraba demasiado.
Elias carraspeó. "Kael..."
"¿Qué?" respondió seco. Sin voltear.
"Nada. Solo... gracias. Por ayudarme."
Kael no contestó. Solo apretó más los puños.
El aroma de Elias se estaba volviendo insoportable. Dulce. A miedo. A omega.
Y con la tormenta, se intensificaba 10 veces más.
"Mierda" pensó Kael. "Huele a celo. Huele a que me necesita."
Llevaba 10 años sin tocar a nadie. 10 años solo en este bosque. Matando, cazando, sobreviviendo.
Y ahora tenía a un omega temblando en su cama. Con su ropa. Con su olor pegado.
No podía. No debía.
"Acércate al fuego" dijo Kael de repente. Voz grave.
Elias se levantó temblando. Caminó descalzo hasta la chimenea.
La camisa se le subió un poco por detrás.
Kael lo vio de reojo y maldijo por lo bajo.
"Estás temblando" dijo Kael. Se levantó.
Se acercó por detrás. Era enorme. Elias le llegaba al pecho.
Sin pedir permiso, Kael tomó una manta gruesa y se la puso encima a Elias.
Pero no la soltó. Se quedó parado atrás de él. Tan cerca que Elias podía sentir su respiración en la nuca.
Caliente. Pesada.
"G-gracias" susurró Elias.
Kael no se movió. Podía oler el pelo de Elias. Mojado. Dulce.
Podía sentir lo pequeño que era comparado con él.
"¿Cuántos años tienes?" preguntó Kael. Voz ronca.
"20..."
"Muy joven."
"Para qué?"
"Para estar perdido en mi bosque."
Elias se giró. Quedaron cara a cara. A centímetros.
Los ojos grises de Kael lo atravesaban. Oscuros. Cansados.
"¿Por qué me ayudaste?" preguntó Elias. "Todos dicen que eres peligroso."
Kael rió. Pero fue una risa sin gracia. "Lo soy."
"Entonces ¿por qué?" insistió Elias.
Kael lo miró. A los labios rosas temblorosos. A las manos pequeñas aferradas a la manta. A la marca de omega en su cuello.
"Porque vi tu cara" dijo Kael al fin. "Y me acordé de algo que juré olvidar."
Elias frunció el ceño. "¿El qué?"
Kael negó. "Nada. Olvídalo."
Volvió a la silla. Pero esta vez no le dio la espalda.
Se sentó y le hizo un gesto con la mano. "Ven."
Elias dudó.
"Ven" repitió Kael. Más suave.
Elias caminó y se sentó en el suelo, frente a él. La manta los cubría a los dos ahora.
El fuego crepitaba. Afuera la tormenta. Adentro solo ellos dos.
Kael suspiró. "Tienes que dormir. Mañana te llevo al pueblo temprano."
"¿Y si no quiero ir?" se le escapó a Elias.
Kael lo miró. "¿Por qué no?"
"No lo sé. Aquí... aquí se siente seguro."
Eso le pegó a Kael directo en el pecho.
"Nadie se siente seguro conmigo, pequeño" dijo Kael.
"Yo sí" susurró Elias.
Silencio.
El aroma de Elias subió otra vez. Más dulce. Más necesitado.
Kael cerró los ojos y apretó el puente de la nariz.
"Elias" dijo con advertencia. "Si sigues oliendo así voy a hacer algo que los dos vamos a lamentar."
Elias se sonrojó. "Perdón. No lo controlo. Es... es la tormenta. Y tú."
"Yo qué?"
"Tú hueles... bien. A casa."
Kael abrió los ojos de golpe.
Nadie le había dicho eso en 10 años.
Se inclinó hacia adelante. Tomó la cara de Elias con una mano. Enorme. Callosa.
Elias no se apartó.
"¿Sabes lo que me estás pidiendo?" preguntó Kael. Voz baja. Peligrosa.
"No..." dijo Elias honesto. "Solo sé que no quiero estar solo."
Kael maldijo.
Y lo besó.
Fue lento al inicio. Dudoso. Como si probara si era real.
Pero cuando Elias gimió y se aferró a su camisa, Kael perdió el control.
La besó más fuerte. Más profundo.
Una mano le sujetó la nuca. La otra le bajó por la espalda y lo pegó a su cuerpo.
Elias era pequeño. Caliente. Sabía dulce.
Kael lo cargó sin dejar de besarlo y lo sentó en su regazo.
Elias se montó en él sin pensar. Las piernas alrededor de su cintura.
"Kael... espera" jadeó Elias entre besos.
Kael se detuvo. Respiraba agitado. La frente apoyada en la de Elias.
"Lo siento" dijo Kael. Voz rota. "No debí."
Elias negó. Con las manos le tocó la cara. Las cicatrices.
"No te disculpes. Yo... yo lo quería."
Kael lo miró. Roto. "Soy un monstruo, Elias."
"No" dijo Elias. "Eres el único que me calentó esta noche."
Eso terminó de romper a Kael.
La volvió a besar. Pero esta vez más suave. Más cuidadoso.
Como si Elias fuera algo frágil. Algo que no quería romper.
Bajó los besos por su cuello. Por la marca de omega.
Elias se arqueó y gimió su nombre. "Kael..."
Kael enterró la cara en su cuello y aspiró.
Dios. Olía increíble.
"Para" dijo Kael contra su piel. "Si no paro ahora..."
"¿Qué?" preguntó Elias temblando.
"No voy a poder parar después."
Elias se quedó quieto. Pensándolo.
Luego asintió. "Está bien. Solo... quédate conmigo."
Kael lo abrazó fuerte. Lo acostó en la cama y se echó a su lado.
Lo envolvió con sus brazos y su cuerpo. Grande. Protector.
"Duerme" susurró Kael en su oído. "Estoy aquí."
Y por primera vez en mucho tiempo, los dos durmieron.
No separados. No solos.
Juntos.
Afuera la tormenta seguía.
Pero adentro, el guardián más temido del bosque tenía a un omega en sus brazos.
Y no pensaba soltarlo.
FIN DEL CAP 3