El pasillo del liceo olía a tiza, a café y a apuro.
Eran las 7:30 y todos corrían. Todos menos yo.
Luna 18 años.
Volví después de 2 años. Mido 1.50 y tengo cara de 14, así que todos me miran raro.
No vine a hacer amigos. Vine a terminar el liceo y ayudar en casa.
En casa éramos 4.
Isaac 19 mi hermano mayor, trabaja en construcción y llega muerto de cansancio.
Tomas 16 el del medio, me hace chistes malos para que me ría.
La tía Marta 40 la que manda, cocina y regaña.
Y yo. La chica del árbol de limón.
"Apúrate Luna" me dijo Isaac en la mañana. "Y no le hables a desconocidos".
Como si yo buscara problemas.
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El pasillo estaba lleno de voces.
Pero yo solo escuchaba dos.
Primera voz: Suave.
Vino desde la puerta del fondo.
"¿Necesitas ayuda con eso?"
Mateo 18. Camisa del liceo bien puesta, delegado, las mejores notas.
Tenía mis cuadernos en la mano. Se me habían caído.
Sonrió y me los pasó. "Soy Mateo. Si necesitas algo del liceo, me dices."
Olí a jabón y a cuaderno nuevo.
Segunda voz: Firme.
Vino desde las escaleras.
"Luna."
Dante 18. Chaqueta negra aunque haga calor. Manos en los bolsillos.
Del barrio. De los que todos evitan.
Me miró de arriba a abajo y frunció el ceño. "Te espero a la salida. En la esquina. Sola."
No preguntó. Afirmó.
Y se fue, dejando el pasillo más frío.
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Dos personas.
Dos formas de mirarme.
Mateo me miraba como si fuera de cristal.
Dante me miraba como si fuera suya.
Yo solo apreté mi mochila.
No vine a enamorarme. Vine a empezar de cero.
Pero parece que el cero ya tenía nombre... dos veces.
Y afuera, en la esquina, ya estaba el auto negro de Dante esperándome.
CONTINUA EN CAPITULO 2: LA ESQUINA Y LA BIBLIOTECA