El sol caía sobre Bonao como una manta de fuego cuando Elías vio a Javier por primera vez. Era el junio de 2019, y el calor hacía que las hojas de los plátanos se curvaran y el polvo de los caminos se elevara en nubes finas al paso de los motoconchos. Elías tenía veintidós años, acababa de terminar sus estudios de enfermería en Santo Domingo y había vuelto a su pueblo natal para trabajar en el hospital provincial. Su abuela, que lo había criado después de que sus padres murieran en un accidente cuando era pequeño, le había dicho siempre: “Aquí el aire es más limpio, y la gente no olvida lo que es importante”. Pero Elías sabía que también aquí había secretos que se guardaban bajo llave, miradas que se bajaban antes de hablar, y amores que no se podían decir en voz alta.
Estaba ayudando a cargar cajas de medicamentos en la entrada del hospital cuando lo oyó: una risa clara, que cortaba el ruido de los motores y las voces de los pacientes que esperaban en la fila. Se giró y lo vio: estaba apoyado contra un árbol de mango, con una camisa blanca que se le pegaba levemente al pecho por el sudor, unos pantalones vaqueros desgastados y una mochila vieja al hombro. Tenía el pelo oscuro rizado, que le caía sobre los ojos, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda. Cuando sus miradas se cruzaron, Javier levantó la mano y le saludó con un gesto sencillo, y Elías sintió que el corazón se le aceleraba tanto que casi se le cae la caja que llevaba entre los brazos.
—Disculpe, ¿dónde encuentro la oficina de medio ambiente? —preguntó Javier al acercarse. Tenía la voz suave, con un acento que no era del todo de aquí, como si hubiera vivido mucho tiempo fuera.
—Está en la segunda planta, al final del pasillo —respondió Elías, sin poder apartar la vista de él—. ¿Vienes por el proyecto de reforestación?
—Sí. Me llamo Javier. Vengo de Santiago, pero mi familia es de aquí, de un caserío cerca del río Jima. He vuelto para intentar arreglar lo que los temporales rompieron.
—Yo soy Elías. Trabajo aquí de enfermero.
Se dieron la mano, y el contacto fue breve, pero suficiente para que Elías sintiera una corriente que le recorrió todo el cuerpo. En los días siguientes, se encontraron muchas veces: Javier pasaba por el hospital para preguntar por los vecinos que se habían enfermado después de las lluvias, o para llevar frutas que recogía en el campo. A veces se sentaban juntos en el banco de piedra bajo el mango, hablando hasta que el sol se ocultaba detrás de las colinas.
Javier le contó que había salido de Bonao cuando tenía catorce años, después de que su padre muriera ahogado en el río. Se había ido con su madre a Santiago, había estudiado biología y había viajado por toda la isla trabajando en proyectos para proteger los bosques. —Siempre quise volver —le dijo una tarde—. Pero tenía miedo. Aquí todo el mundo se conoce, y todo el mundo juzga. Una vez, cuando era niño, vi a dos hombres que se besaban en el cañaveral. Los vecinos los persiguieron con palos, y nunca más volvieron a aparecer por aquí. No quería que eso nos pasara a nosotros.
Elías se quedó callado unos instantes, luego tomó su mano. Estaban solos, en el rincón más apartado del jardín del hospital, y el viento movía las hojas sobre ellos. —A mí también me da miedo —reconoció—. Pero no quiero vivir escondiéndome. No quiero quererte en silencio.
Esa noche, se besaron por primera vez. Fue un beso torpe, lleno de lágrimas y de deseos acumulados, bajo el mismo árbol donde se habían visto por primera vez. Sabían que estaban cruzando una línea, que en un pueblo donde la religión y la tradición pesaban tanto, su amor era visto como una mancha. Pero en aquel momento no les importó: solo existían ellos dos, y la promesa de estar juntos.
Durante tres meses, vivieron en una burbuja. Se veían al amanecer, cuando nadie andaba por las calles, y se iban a bañar al río, donde el agua cristalina les cubría hasta los hombros y las montañas les guardaban el secreto. Javier le enseñó a Elías los nombres de las plantas, a distinguir el canto de los pájaros, a reconocer cuándo el río iba a crecer. Elías le curó las heridas que se hacía al trabajar en el monte, le contó las historias de su abuela, le mostró los rincones del pueblo donde nadie se atrevía a entrar. —Cuando terminemos el proyecto —le dijo Javier una noche, mientras miraban las estrellas desde la colina—, nos vamos. Podemos irnos a Santo Domingo, o incluso al extranjero. Allí nadie nos mirará raro. Podemos vivir juntos, sin escondernos.
Elías asintió, pero en el fondo sentía un nudo en el estómago. Su abuela ya sospechaba algo: le preguntaba por qué siempre salía tan temprano, por qué nunca traía novia a casa, por qué se quedaba mirando al vacío como si esperara a alguien. —Elías —le dijo un día, mientras le servía el café—, yo no soy tonta. Sé que hay alguien. Y sé que no es lo que la gente espera. Pero mientras te haga feliz, y mientras seas bueno con él, yo estaré contenta. Solo ten cuidado. Aquí hay gente que no perdona lo que no entiende.
Pero el cuidado no fue suficiente.
Todo se rompió un sábado por la tarde. Habían ido a recoger semillas a un bosque cerca del caserío donde había crecido Javier. Se sentaron a descansar bajo un árbol de ceiba, y sin darse cuenta, se abrazaron, se besaron, olvidándose del mundo. No vieron al hombre que los observaba desde entre los arbustos: era el tío de Javier, un hombre duro y religioso que siempre le había reprochado a su madre haberlo dejado irse de casa, haberlo dejado “perder el camino”.
Al día siguiente, la noticia corrió por todo el pueblo como pólvora. Decían que Javier era un corruptor, que había engañado al buen muchacho Elías, que había venido a traer el mal a Bonao. Algunos vecinos dejaron de saludar a Elías cuando pasaba por la calle. Otros entraban al hospital y pedían que no los atendiera él. Su abuela recibió amenazas anónimas por la noche. En la iglesia, el sacerdote mencionó en su sermón los “pecados que manchan la tierra” y la necesidad de “purificar lo que se ha corrompido”.
Javier fue a buscar a Elías a su casa, pero su abuela le cerró la puerta en las manos, llorando: —Vete. Si te veo aquí, le harán daño a él. Ya han dicho que te van a echar del pueblo, que no te dejan seguir trabajando en el monte. Piensa en él, vete.
Se encontraron de todos modos, en el río, al anochecer. Javier tenía los ojos rojos, la cara cansada. —Me han quitado el permiso para trabajar —dijo—. Dicen que mi presencia es un mal ejemplo para los campesinos. Mi tío ha dicho que si no me voy en tres días, él mismo se encarga de que no pueda caminar nunca más.
—Entonces nos vamos los dos —respondió Elías, agarrándole las manos con fuerza—. Nos vamos esta misma noche. No necesitamos nada más que nosotros.
Javier negó con la cabeza, y una lágrima se le escapó y cayó sobre el agua. —No puedo. Si nos vamos juntos, vendrán a buscarte. Te culparán de haberme llevado, de haberte desviado. Tienes tu trabajo aquí, tu abuela, tu vida. Yo soy solo un extraño que pasó por aquí. Es mejor que me vaya solo. Luego, cuando pase el tiempo, cuando se olviden, vendrás a buscarme. Te esperaré.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Elías, con la voz quebrada—. ¿Cuánto tiempo tendré que esperar sin saber si estás bien?
—El que haga falta. Te prometo que te escribiré, que te llamaré. Te prometo que volveré por ti.
Se abrazaron entonces, con tanta fuerza que parecía que querían fundirse en uno solo, como si así pudieran llevarse el uno al otro dentro del pecho. Se besaron una última vez, y el sabor de las lágrimas era salado, como el mar. Luego Javier se fue, y Elías se quedó solo en la orilla del río, escuchando el agua correr como si se llevara consigo todas sus esperanzas.
Pasaron los meses. Javier escribió dos cartas, desde Santiago. Decía que estaba bien, que había encontrado trabajo, que seguía cuidando bosques allá. Pero la tercera carta nunca llegó. Luego, las llamadas dejaron de sonar. Elías escribía y escribía, pero no recibía respuesta. Intentó preguntar a su tío, pero este le escupió al suelo y le dijo: —No sabes nada, y mejor así. Déjalo en paz.
Un año después de que Javier se fuera, llegó la tormenta. Fue una de las peores que se recordaban en la región: los vientos arrancaron árboles enteros, las lluvias no pararon durante tres días, y el río Jima se salió de su cauce, tragándose casas, caminos, campos de cultivo. Elías trabajó día y noche en el hospital, atendiendo a heridos, a personas que habían perdido todo, a niños que lloraban por sus padres. En medio del caos, escuchó un nombre que le heló la sangre: alguien dijo que en el caserío de Javier, habían encontrado a un hombre que había intentado salvar a unos niños que se habían quedado atrapados en una casa, y que había sido arrastrado por la corriente. Que tenía el pelo rizado, una cicatriz en la ceja, y que todos lo llamaban Javier.
Elías corrió hasta el río, a pesar de que los rescatistas le gritaban que era peligroso. Buscó entre los escombros, llamó su nombre hasta que se le rompió la voz, pero solo encontró su mochila vieja, medio enterrada en el lodo, con un cuaderno dentro. Las hojas estaban mojadas, pero se podían leer las palabras que había escrito para él: “Querido Elías: cuando todo acabe, construiremos una casa junto al agua. Plantaremos mangos y ceibas. Nadie nos separará nunca más. Te quiero, hoy y siempre”.
No hubo cuerpo que enterrar. Solo el cuaderno, la mochila, y el recuerdo de sus ojos oscuros y su risa clara. La gente del pueblo no habló mucho de ello. Algunos dijeron que era un castigo, que Dios había juzgado sus pecados. Otros bajaron la cabeza en silencio, como si comprendieran que habían perdido algo valioso, algo que no sabían nombrar.
Elías se quedó en Bonao. No se fue, como habían planeado. Trabajó en el hospital, ayudó a reconstruir las casas que la tormenta había derribado, plantó árboles en los lugares donde Javier había empezado su trabajo. Todos los días iba al río, y dejaba una flor blanca en la orilla. Su abuela murió dos años después, y antes de cerrar los ojos, le dijo: —El amor no se pierde, mijo. Solo cambia de forma.
Ahora han pasado siete años. El sol sigue cayendo sobre Bonao con la misma fuerza, el río sigue corriendo hacia el mar, y el árbol de mango bajo el que se vieron por primera vez sigue dando frutos dulces. Elías ya no mira por la calle esperando ver su figura. Pero cuando el viento sopla entre las hojas, le parece oír su voz, y cuando el sol se oculta tras las colinas, siente que está ahí, a su lado, cumpliendo la promesa que le hicieron: que el último sol de Bonao siempre sería suyo.
FIN °ʚ🎀ɞ°