Hoy tuve que ir al hospital a relevar a mi mamá. Suelo escuchar música durante el trayecto, esta vez llevaba dulces de contrabando para mi hermano; suelen animarlo un poco desde que se fracturó la pierna usando su patineta para intentar un truco. Tuvieron que operarlo y ahora está en observación.
Al llegar, mi madre me saludó, me puso al tanto de su estado y después se fue a casa a descansar. Mi hermano, fiel a su costumbre, empezó a contarme los chismes del hospital como si fuera un reportero de noticias de última hora. Reíamos en silencio para no molestar a los demás pacientes, pero después de un rato me di cuenta de la hora: eran las 2:30 am. Le dije que ya era hora de dormir, pero al voltear a verlo, ya estaba roncando felizmente en la camilla. Siempre me ha sorprendido su capacidad para quedarse dormido sin previo aviso.
Salí de la habitación para empezar mi recorrido de rutina: ir a la cafetería, regresar con mi hermano y luego caminar por los pasillos, no muy lejos de su cuarto. Al llegar a la cafetería pedí un café moka y un cuernito relleno de jamón con queso, acompañado de ese extraño pero delicioso aderezo verde del que no tengo la menor idea cómo se llama.
Al terminar de comer, decidí regresar a la habitación. Pasé por la sala de espera para a cortar camino, y fue entonces cuando la vi: una niña con vestido floreado estaba sentada en una de las sillas. Se mantenía completamente quieta, mirando hacia el suelo.
Me pareció extraño ver a una niña tan pequeña en ese lugar, especialmente a esa hora, sin un adulto cerca y manteniéndose tan quieta... Demasiado quieta. Miré a los alrededores buscando a alguien que pudiera estar acompañándola, pero la sala estaba desierta. El zumbido monótono de las máquinas expendedoras era lo único que rompía el silencio sepulcral del lugar.
Decidí acercarme. Le hablé, pero no obtuve respuesta. Lo único que hacía era asentir o negar con la cabeza.
—Perdí mi peluche... ¿Puedes ayudarme? Es... muy importante para mí —me dijo de pronto.
Fue la primera vez que cruzaba mirada conmigo desde que me acerqué. Tenía los ojos inundados de lágrimas, como si estuviera conteniéndose para no llorar. Le contesté que yo lo encontraría, pero le pedí que no me acompañara para que no se fuera a perder. Intenté preguntarle por sus padres, pero nuevamente negó con la cabeza. Le insistí en que se quedara en la sala de espera en lo que ellos regresaban, mientras yo buscaba su juguete. Ella solo asintió.
Empecé la búsqueda por los pasillos que conectaban con la sala. Aunque el hospital no es grande, nada me garantizaba que alguien no lo hubiera llevado a recepción. Aún así, tenía el presentimiento de que lo encontraría. Pasaron los minutos. Aproveché el trayecto para dar una vuelta por la habitación de mi hermano, pero al llegar... justo enfrente de su puerta, vi algo tirado en el suelo.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero decidí ignorarlo. Al recogerlo, noté que era un muñeco maloliente y en un pésimo estado; a simple vista ni siquiera se distinguía si tenía forma de animal o de persona. Empecé a inspeccionarlo cuando las luces del pasillo se apagaron de golpe. No sé por qué, pero mi respiración se detuvo. El aire volvió a mis pulmones en cuanto la luz regresó.
«Fue un buen susto», pensé, colocándome la mano en el pecho y suspirando de alivio.
Sin embargo, al mirar de nuevo el peluche, este tenía una apariencia diferente. Ahora era un Huggy Wuggy, de ese videojuego bizarro de internet que le fascina a mi hermano y cuyo mono sonriente a mí me aterra. Me quedé helada. Estaba segura de que hace un segundo ni siquiera tenía una forma clara y olía horrible. Pensé que tal vez el cansancio de la madrugada me estaba haciendo ver cosas, y como los niños de hoy les encantan esas cosas extrañas de internet, decidí que definitivamente ese debía ser el juguete de la niña.
Regresé a la sala de espera. Al llegar, la niña seguía ahí. Por un lado no sabía si eso era bueno o malo, ya que no había cambiado ni un milímetro su posición desde que me fui; continuaba con la vista fija en el suelo.
—Creo que encontré tu peluche, toma —.
Extendí mi mano. La niña levantó el rostro y tomó el muñeco, abrazándolo fuertemente. Pude ver una sonrisa dibujarse en sus labios, lo que me tranquilizó un poco. Intenté hablarle de nuevo, preguntarle por sus padres, pero no recibí respuesta.
Lo que recibí fue un movimiento brusco de su cabeza, de lado a lado, como si se diera un latigazo en el cuello. Un crujido seco, como de huesos rompiéndose.
—¿Estás bien? —le pregunté, retrocediendo.
La niña repitió el movimiento. El crujido volvió a resonar en el silencio y, al mirarle el rostro, me quedé completamente paralizada. Las comisuras de sus labios se habían estirado de forma antinatural por sus mejillas, casi llegando a sus orejas, desgarrándole las facciones. Muestras miradas se cruzaron de nuevo, sus ojos eran simplemente dos cuencas oscuras, vacías. Solté un grito ahogado. Y su sonrisa... ¡oh Dios!, jamás voy a olvidar esa sonrisa.
Salí corriendo de la sala de espera hasta que choqué de frente con una enfermera. Traté de decirle que había algo horrible en la sala; con mucho esfuerzo, mientras intentaba tranquilizarme, la mujer logró entenderme. Apunté con el dedo hacia la entrada de la sala y vi que la niña estaba de pie, observándome desde la penumbra.
La enfermera miró en esa dirección y me dijo con voz calmada:
—No hay nada ahí —. Le insistí, histérica, en que sí había algo. Sin embargo, al mirar de nuevo, la niña levantó su mano y comenzó a moverla de un lado a otro, lentamente, despidiéndose de mí sin dejar de sonreír.
La enfermera me llevó a un consultorio aparte para intentar calmarme, pero le supliqué que me regresara con mi hermano. Cuando entramos a su habitación, él ya estaba despierto. Se dio cuenta de inmediato de que yo estaba mal, muy mal. La enfermera me dio un medicamento para controlar mi crisis, cuando logré calmarme, le conté a mi hermano lo que había pasado.
Para mi sorpresa, él no se vio sorprendido.
Me contó que ya había escuchado a los doctores y a otros pacientes hablar sobre una niña que merodea en la sala de espera de madrugada. Al principio creían que era el alma en pena de un infante fallecido, pero tras investigar, descubrieron que no había registros de ningún niño muerto en el hospital en el último mes. Decían que era "inofensiva", pero que te metía un susto de muerte si te topabas con su verdadera forma.
Mi hermano añadió un detalle que me heló la sangre: esa niña no se le aparece a cualquiera, son muy pocos los que logran verla o interactuar con ella. Si le hablas, nunca te contesta con palabras, solo mueve la cabeza; y la única vez que habla, es para decir que perdió un peluche.
Pero ahí está el verdadero truco: a veces es un oso, otras veces son juguetes random. En ese momento lo entendí todo. Tuve suerte. Porque si no es el espíritu de una niña... ¿qué clase de monstruo me usó para obtener su carnada?