Estoy solo en casa. Hay mucho silencio. Sin embargo, soy capaz de oír mi respiración por arriba de ese rígido silencio congelado.
Mi sillón es muy cómodo, pero reparo en que todo a mi alrededor es de color blanco; los muebles y almohadones. El suelo también es tan blanco y reluciente que es como si se reflejará mi alma en ella. Las macetas también son blancos. Lo único que añade un poco de color y vida a este ambiente son los cactus, en un estado increíblemente raro. No sé describirlo muy bien… pero no creo que los cactus de interior deban ser tan altos… como para alcanzar en techo y llenar los espacios vacío de la sala.
De pronto, escucho tres golpes en la puerta blanca. Ni siquiera me molesto en preguntar quién es, ni es gritar un controlado “¡pasa!“; porque sé que debería todos modos esa persona va a entrar.
El picaporte blanco baja, y la puerta se abre energicamente.
En menos de diez segundos esa persona está sentada al lado mío, en un sillón que no recuerdo haber tenido nunca. Pero lo raro es que desentona con todo el ambiente: es como una silla reclinado, pero a la vez acolchada como un sillón. De colores vibrantes e intensos como el rosa fucsia, un azul marino horrendo, y rojos y violetas combinados.
Posa sus manos en el apoyabrazos de mi sillón y se acerca hasta que nuestros rostros rostros están a unos escasos centímetros.
Lo primero que noto es que sus dientes son muy blancos: cada vez que mueve su cabello un poco para girarse hacia mí o seguir hablándome desenfrenadamente hielo un aroma agradable, poco común, como si tuviera la esencia de una flor que solo ella conociera… ¿ella?
Ah, sí: es una chica. Dllegó se lanzó y comenzó a casi gritar contándome algo que no estoy escuchando, haciendo avispamientos con las manos, enfatizando palabras y risas o voces raras.
De pronto noto también que tiene el cabello azul eléctrico. Quedo fascinado por el movimiento de su cabellera y el aroma que despide; es como si me hubiera hechizado.
De repente me doy cuenta que otra vez estamos en silencio. Ella está esperando la respuesta a una pregunta que no oí.
—Perdona, ¿Qué?
Ella me mira como diciendo “¿estás tarado?“ y repite la pregunta.
—Te he dicho que si debería decírselo.
—¿A quién?
Ella pone los ojos en blanco; tiene unos preciosos ojos verde esmeralda.
—A Remus.
Me quedo en silencio por unos segundos, meditando si debería o no decirle que no tengo idea de qué me habla.
Al parecer tardo un poco más de lo que ella considera óptimo, porque me chasquea los dedos pulgar y medio en frente de los ojos.
—¡Oye, despierta! Estás medio atontado…
—Sí, perdona; hoy no he logrado conciliar sueño.
—Ah… ¿otra vez?
—¿Qué?
—Oye… ¡eso no importa ahora! ¡dime! ¿Debería decirle o no?
Me quedo en silencio, mirándola con el ceño fruncido; pensativo.
Ella está a punto de decirme algo, y se ve que se le acaba la paciencia porque abre la boca rápidamente y comienza una palabra:
—¡Eres un…! —y alguien toca la puerta: tres golpes secos, precisos.
Por segunda vez no contesto. Ella ahoga un grito mudo en el dorso de su mano, y me mira con pánico.
—¡No me dijiste que él iba a venir! —susurra con furia contenida.
Abro la boca para responder que yo tampoco estaba enterado, pero por fin la persona baja el picaporte blanco y la puerta se abre lentamente.
La chica se acomoda rápidamente en su asiento, dándome espacio y esconde las manos en las mangas de su buzo de color Violeta pálido.
—¡Remus! —saluda— ¡no sabía que ibas a venir! ¿Cómo estás? —sigue su preguntas con sonrisas y risitas nerviosas.
De pronto siento que me asfixio; cierro los ojos y comienzo a respirar rápido y entrecortadamente. Escucho pasos pesados acercándose y me cubro el rostro con las manos; siento como si el oxígeno a mi alrededor hubiera desaparecido.
También oigo gritos a mi alrededor; gritos de personas que no siento que estén aquí realmente. Gritos desesperados. Gritos de hombres y mujeres.
En medio de todo ese caos en mi cabeza siento como si movieran algo dentro mío; como si tuviera cables invisibles atravesándome, comienzo a sacudirme como cuando sacas un pescado del agua; nunca lo he hecho, pero sé como se ve.
Siento que mi cuerpo se contrae, que necesita aire urgentemente. Siento que si no respiro bien, en unos pocos momentos moriré.
En medio del caos, en medio de los gritos, en medio de mis gritos, mis convulsiones y arcadas, escucho una voz. Una voz áspera, grave, tranquilizadora.
Una voz que me da seguridad.
—Adrian, escúchame; necesito que me mires.
Yo sigo haciendo arcadas y tapándome el rostro con las manos, rasguñando mi piel con esas uñas mal cortadas; como si hubieran sido mordidas sin consciencia.
—Adrian. Adrian… necesito que me escuches. Por favor; mírame.
Siento unas manos cálidas apoyándose en mis hombros contraídos.
—Adrian —a pesar de que sigo oyendo los gritos de esas personas, noto que mi garganta ya no emite ruidos tan fuertes.
Las manos que están apoyadas en mis hombros me aprietan ligeramente, como si eso pudiera ayudarme. Sin embargo, siento una sensación cálida en mi interior; como si ese simple contacto pudiera, de alguna forma, contener todo lo que siento ahora.
—Adrian, escúchame; necesito que abras los ojos.
Siento que ya es el fin. No puedo respirar; los gritos en mi cabeza se vuelven cada vez más urgentes, más desesperados.
Siento que estoy muriendo.
—No, Adrian; no te estás muriendo. Solo tienes que respirar. Abre los ojos y respira conmigo.
Esa voz… es extraño, pero es como si mi cuerpo respondiese a ello, aunque mi cabeza no pueda entender por qué, no conozco esa voz, después de todo.
—Adrian, necesito que te quites las manos de la cara. Tú puedes —me habla, apremiante la voz.
Dejo de rasguñar mi rostro, y siento mis manos mojadas por lágrimas que se escurren por mis facciones, cuando llegan a mi boca entreabierta, me saben a que son lágrimas saladas.
—Adrian, mírame. Tú puedes.
Siento como las manos que me sostenían los hombros se mueven, quitando lentamente mis manos de la cara.
Aún así no abro los ojos.
Sigo oyendo los gritos, pero ahora se oyen más racionales. Urgentes, pero precisos.
Me doy cuenta que puedo respirar, lento, seco y cansado, pero puedo respirar, al fin y al cabo.
—Adrian… ¿puedes abrir los ojos?
Siento mis labiós sellados de repente; me los mojo con la lengua.Y respondo entrecortado
—M-me da miedo.
Oigo un suspiro ,argo; no es un suspiro de cansancio, ni molestia. Sino que es un suspiro más bien de alivio.
—Tienes razón; da miedo. Sin embargo te prometo que no pasará nada. Lo prometo. Aquí estoy. Te ayudaré.
—¿Cómo vas a ayudarme?
—¿puedes abrir los ojos?
Siento mis pestañeas mojadas despegarse suavemente de mis pómulos.
Abro los ojos lentamente.
Frente a mí hay un chico de mi edad. sin embargo parece diferente a mí; sus ojos completamentes negros, profundos, su cabello corto y alborotado. Su ropa negra haciendo juego con sus ojos y pelo, tan elegante. Unos cuantos piercings, y las los dedos de las manos adornamos con anillos enormentados, con detalles y palabras que no entiendo.
—Estás a salvo, Adrian. Estás bien. Tranquilo.
Esas manos cálidas me rodean juntos con unos brazos seguros.
Respiro entrecortadamente.
—Adrian, respira conmigo; inhala: uno, dos, tres, cuatro… y exhala, uno, dos, tres, cuatro… vamos a repetirlo, ¿sí?
Asiendo con la cabeza.
Cuando ya puedo respirar normalmente, el se separa de mí y se sienta en una butaca frente a mi sillón; es elegante, ya parece cómoda, con detalles finos de dorado y plata, con un cuero negro que es opaco y reluciente a la vez.
La chica sigue a mi lado. Parece tranquila; las piernas estiradas aún lado, sus manos fuera de las mangas, apoyadas encima de su regazo. Su rostro impasible, su respiración constante.
Ambos me miran.
Me siento incómodo.
Creo que lo notan, porque rápidamente quitan sus miradas y las posan en el suelo.
—Oye, Adrian… ¿ya te sientes mejor? —pregunta ella.
—Cre-creo que sí.
—Bien —dice el chico—. Me alegro.
Miro el suelo también. Parecen tan interesados en no verme que me da curiosidad como es que el suelo no nos refleja como hace un rato.
Después de un rato de silencio —no sé exactamente cuánto — él habla.
—Adrian… ¿los escuchaste?
—¿El…qué?
—Los gritos —responden la chica.
—¿Ustedes también los oyeron?
Ambos se miraron, con la preocupación grabada en sus ceños.
—En realidad, no —respondió el chico.
—Remus… —comenzó ella. Pero él con un avispamiento de manos la calló.
—¿Quieres descansar, Adrian? Puedo traerte una cama —y con un chasquido de dedos delante nuestro apareció una cama de años blancos, con un colchón, sábanas, y mantas con detalles blancos.
Ellos me miraron, esperando mi respuesta.
—¿Cómo hiciste eso? —pregunté.
—¿Hacer qué?
—apareciste la cama.
Ellos se miraron y luego a mí; estaban preocupados.
—Adrian, esa cama siempre estuvo ahí; este es tu cuarto.
De pronto puede oír los gritos de mi cabeza de nuevo; más fuertes, las cantidad.
Gritos, muchso gritos.
Todo comenzó a desdibujarse; había mucho ruido allí.
Sentía que mi cabeza, mi cuerpo no era suficiente para alberga esto que estaba sintiendo.
Me puse las manos en los oídos, traté de no escuchar.
Aún así seguían; no podía tapar lo que estaba dentro de mi cabeza solo con mis manos.
Comencé a sentir que me sacudían aunque yo no estaba moviéndome.
Cerré los ojos y con fuerza grité
—¡¡Basta!!
Hubo un silencio repentino.
Abrí los ojos y ahí estaban, el chico, Remus, y la chica.
Se miraron, y asistieron con tristeza.
—Oye, Adrian, solo queremos pedirte perdón —comenzó él.
—Y que por favor, no nos odies ni nos olvides; recuerda. Recuerda que siempre estaremos contigo.
De pronto los gritos otra vez. Esto era demasiado.
Sentí que me agarraban de los brazos y piernas y de pronto, me sentí tranquilo, si gritos en ki cabeza, sin dolor ni preocupación.
Con cuidado, abrí los ojos y me encontré en una camilla blanca, algo en la boca —sabía horrible, pero no me lo pude quitar, porque me estaban teniendo los brazos y piernas —.
Miré a mi alrededor, confundido, asustado.
Había un montón de tipos ahí parados, con bastante batas blancas y guantes azules de látex.
Todo me miraban, hombre, mujeres. Había silencio, nadie gritaba. Pero se oía el ruido que hacien las máquinas dispuestas a mi alrededor: «pip, Pip, Pip-…»
De pronto quise hablar, correr; huir.
Alguien me acarició el rostro y me dijo con suavidad
—Tranquilo, cariño. Ya te han sacado tus demonios. Ya no oirás más voces. Lo prometo.
De pronto comprendí: nada de eso pasó.
Todo estaba en mi cabeza.
Pero… ¿realmente no pasó?
Sentí un pinchazo en el cuello, y con la vista nublada, comprendí que al fin podía descansar, pronto me sentiría bien.
Con mis últimos atisbos de consciencia, logré pronunciar tres palabras:
—No los olvidaré…