—Nunca podrás escapar de mí. Así que deja de gastar energías y concéntrate en quedarte quieta en la habitación que te di. No es tan difícil, ¿o sí?
Canek miró con tranquilidad a la chica. Apoyó el cuerpo en el marco de la puerta y se cruzó de brazos.
—Por favor... Canek, déjame ir... —suplicó ella.
—¿Por qué debería dejar que mi amada Lilith se vaya de mi lado? —dijo él. Su semblante se volvió glacial mientras empezaba a acortar la distancia.
Lilith tembló de inmediato y retrocedió, pero aun así, contestó:
—Si tanto me amas... déjame ir. Eso es lo que hace la gente normal.
—Sabes perfectamente que lo "normal" no aplica conmigo, cariño. —Se detuvo a centímetros de ella—. Es estúpido dejar ir a la persona que dices amar. Si la amas de verdad, simplemente no la dejas ir jamás.
La acorraló contra la pared, apoyando las manos a cada lado de su cabeza.
—Lilith, tú me amas, ¿verdad? —susurró en su oído.
Ella se quedó en silencio y bajó la mirada al suelo.
—¡Responde! —rugió Canek, tomándola de la mandíbula para obligarla a mirarlo a los ojos.
Lilith se mordía los labios con fuerza. Las lágrimas caían de su rostro y sus ojos avellana quedaban sutilmente ocultos por los mechones rojizos de su cabello.
—¡Yo... yo no te amo! —soltó—. Lo único que has sembrado en mí es este miedo terrible que te tengo, Canek.
—¿Ah, sí?—¡Sí! ¡Si de verdad me amas, deberías dejarme ir! ¡Te lo suplico, Canek!
—Entonces, si tanto miedo me tienes, ¿por qué sigues intentando escapar?
—¿Qué?
—No logro entenderlo... ¿Por qué me temes? Yo nunca te he lastimado. Siempre te he tratado con total delicadeza. ¿Acaso tendría que romperte una pierna para que dejes de intentar huir de mí?
Lilith se puso pálida y negó con la cabeza de forma frenética. Pero ya era tarde. Canek la tomó del brazo con brusquedad y la arrastró a la habitación.
Al llegar al umbral, abrió la puerta de un golpe y la arrojó al interior. Lilith impactó secamente contra el suelo, soltando un gemido de dolor.
Aún tendida, miró hacia la entrada. La silueta de Canek recortaba la luz de manera imponente. Llevaba la camisa —que se amoldaba a la perfección a su silueta— desabrochada en los primeros tres botones, y unos pantalones de vestir cortados a la medida. Se echó el cabello negro hacia atrás y avanzó hacia ella con esos ojos azules, fríos y desprovistos de cualquier emoción.
—¿Canek...? ¿Qué me vas a hacer? —preguntó mientras se arrastraba hacia atrás para alejarse.
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo —sentenció.
La atrapó del tobillo y la jaló hacia sí de un tirón. Lilith soltó un grito y forcejeó desesperada por zafarse, pero el agarre de Canek era implacable.
Crack.
Un grito desgarrador y agudo inundó cada rincón de la estancia. Lilith lloraba y se retorcía por el dolor punzante de su tobillo fracturado.
—Con esto dejarás de intentar escapar de mí por un buen tiempo... mi querida Lilith.