Dejarlo todo. Echarlo todo al azhar, dejarle el destino a la suerte, para después terminar, nadando en el mar, infinito de lo inherente, es incoherente.
El espacio vacío, pero en verdad lleno de rostros sombríos. Mil llamadas perdidas, luego del show, cinco prostitutas en un mismo colchón. Polvos blancos, y sudor bajo el reflector, y sin ver ni a un solo real admirador.
Ya es tarde para rebobinar, estrellas vienen y van. Sin embargo las olvidan, algunas quedan grabadas, porque llegan, al fondo del alma y se quedan estáticas sus letras vanas, en la memoria y lo vintage gana fama.
De supernova, a polvo y vas a volver a caer en el mismo lugar otra vez.
Pero vale la pena, por el instante de ser brillante y de que alguien mire al fin, lo mucho que te esfuerzas por salir del resto, por ser un suceso, por dar de que hablar. Para bien, para mal, como dé a lugar. Con tal de abrirse un hueco entre los grandes, entre lo que de pequeño solía admirar.
Estrellas que vienen y van, y se van, y llegan, gritan, saltan, ellos están. Y a veces solo están, no están ni bien ni mal y nadie se pregunta que pasa detrás del encaje, del brillo y del maldito traje.
Están y muchos quieren estar, sin preguntarse de verdad, a dónde van a acabar.
Yacen en la eternidad de los vinilos, de los radios dormidos. Estrellas que ya no están, pero están, y van subiendo, y bajando, descendiendo, rompiendo barreras de tiempo y de era.
Están, y siguen queriendo estar.