El retrato estaba pegado en la pared. Nadie sabía quién era, nadie preguntaba quién fue. Cuando los ojos del niño se cansaron de los colores saturados de los juguetes miraron el cuadro. Él solo tenía siete años, y sin embargo, miró lo que nadie había mirado.
Los ojos tristes de la mujer en la pintura, eran perfectos espejos de la cara oculta de la luna. Lloraba ella, pero lloraba con dulzura. No había amargo en sus comisuras. Estaba el recuerdo de un amor sin fortuna. Un amor prohibido, un amor sin luna. Y el dolor de la pérdida, que dejó vacía la cuna.
Había perdido a su hijo amado, había perdido a su enamorado.
No solo el retrato yacía colgado. El dolor de la abuela, yacía plasmado. Un vacío que la guerra y los demonios le habían dejado. Su amado hijo, su enamorado...
Ella partió también, les dejó hace años, para reunirse con ellos, allá sobre los astros. Que le recibirían con abiertos brazos. Y a los que en tierra quedaban, les acompañaria para siempre el retrato.