I. 𝗟a persistencia del susurro.
Te lo diría con la misma insistencia con la que el mar golpea los acantilados ciegos, no para destruirlos, sino porque no conoce otra forma de existir que no sea volcarse entero sobre la piedra. Quisiera estar junto a ti, lo sabes, pero no de la manera en que los cuerpos comunes comparten un espacio físico, no con la simpleza geométrica de dos sillas colocadas una al lado de la otra en una habitación vacía. Quisiera estar junto a ti para inclinarme, con la lentitud de los astros que tardan siglos en alinearse, y buscar el territorio tibio y secreto de tu oído. Ese laberinto de cartílago y piel fina donde el mundo exterior se apaga y solo queda el pulso de la sangre.
Y allí, justo en el umbral donde el silencio se convierte en intimidad, te diría: te quiero.
No una vez. Una vez es un accidente, un saludo, un convenio de la lengua que se desgasta con el aire del mediodía. Te lo diría dos, tres, cuatro, incontables veces, hilando las sílabas como quien teje una armadura invisible contra el olvido. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero. ¿Notas cómo la palabra, cuando se repite de ese modo, empieza a perder su fisionomía de diccionario? Deja de ser un concepto abstracto para transformarse en una vibración física, en una corriente de aire cálido que te roza el lóbulo de la oreja, que baja por el tendón de tu cuello y te obliga a cerrar los ojos porque el peso del afecto es demasiado denso para sostenerle la mirada al techo.
Quiero repetirlo constantemente, infinitamente, desafiando las leyes del desgaste humano. Los hombres se cansan de sus propios oficios; el escultor abandona el cincel cuando los dedos le duelen, el orador enmudece cuando la garganta se le seca como un pozo en verano, y los amantes suelen refugiarse en el mutismo cuando creen que ya se han entregado todos los territorios. Pero yo no. Yo tengo una resistencia mineral para pronunciar tu nombre y el verbo que te sujeta a mí. Podría pasar las horas de la madrugada, esas horas muertas en que el mundo parece suspendido en un vacío de ceniza, desgranando esas dos sílabas en tu oído.
Hasta que te cansaras tú de oírlo. Sí, acepto esa posibilidad con una extraña mezcla de sumisión y orgullo. Imagino el momento exacto en que tu cabeza se movería apenas unos centímetros sobre la almohada, un gesto mínimo de saturación, una sonrisa cansada entre el sueño y la vigilia, tal vez un leve suspiro que implorase tregua. «Ya lo sé», me dirías con los ojos a medio abrir, «ya lo sé, cállate ya». Pero no yo de pronunciarlo. Mi boca seguiría moviéndose en la penumbra, casi sin emitir sonido, hilando el aire, atrapando el oxígeno sobrante de la habitación para devolvértelo transformado en la misma confesión obsesiva. Porque mi amor no es una conversación que busca respuesta; es un monólogo necesario, una exhalación biológica. Si dejo de decir que te quiero, siento que el aire se estanca en mis pulmones y se vuelve veneno.
II. 𝗟a marca en la arcilla del cuerpo.
Ante la insuficiencia de la voz, que al fin y al cabo es humo y se disipa cuando cambia la corriente del aire, me asalta la urgencia de la permanencia. La voz no basta. La voz es un pájaro que vuela y no deja huella en el cielo. ¿Cómo marcártelo, entonces, en un brazo?
Pienso en la piel de tu brazo izquierdo, en esa llanura pálida que va desde la flexión del codo hasta la delicadeza de la muñeca, donde las venas se dibujan como ríos azules bajo una capa de seda. Quisiera tener la fuerza del fuego o la paciencia del tatuador antiguo para trazar sobre ti un alfabeto imborrable. Pero no con tinta negra, no con cicatrices burdas que afeen la arquitectura de tu cuerpo. Quisiera marcarlo con la presión de mis dedos, un rastro que se quede allí como cuando se presiona la cera virgen. Me imagino sujetándote el brazo durante una caminata nocturna, apretando con la fuerza justa para que la piel se vuelva blanca por un instante y luego, al soltarte, regrese el color rojo de la vida trayendo consigo la memoria de mi mano.
Si la memoria fuera un músculo, tu brazo recordaría el peso exacto de mi palma incluso cuando estemos separados por leguas de tierra y semanas de silencio. Cada vez que bajaras la mirada hacia tu mano, verías el fantasma de mi presión, el relieve invisible de un te quiero grabado en la textura misma de tus poros.
¿Y cómo sellártelo en la frente? La frente es el muro de la fortaleza, el lugar donde residen tus pensamientos, tus dudas nocturnas, los proyectos que no le cuentas a nadie y los miedos que te asaltan cuando se apaga la luz. Sellar algo en la frente tiene la solemnidad de las leyes antiguas, el peso de una pertenencia sagrada y mutua. No hablo de un sello de hierro candente que destruya la carne; hablo del beso definitivo. Un beso dado con la frente apoyada contra la tuya, sintiendo el hueso frontal, el latido menudo de tus sienes. Un sello de labios que se hunda tanto en tu pensamiento que, cuando intentes imaginar el futuro, no puedas concebir un mapa donde yo no esté cruzando tus fronteras. Quisiera que al mirarte en el espejo por las mañanas, antes de que el agua te limpie el rostro, pudieras ver una marca de luz justo en el centro de tu frente. Una señal que le avise al mundo, y sobre todo a ti misma, que tu mente ha sido tocada por una obsesión benigna, que estás habitada, que hay alguien que te piensa con la fuerza de un incendio forestal.
III. 𝗟a aguja en el tejido vivo.
Pero el brazo es expuesto y la frente es pública; ambos están a merced del viento, de la mirada de los extraños, del desgaste del sol y de las lluvias. Por eso la pregunta final me quema la boca con el sabor de lo imposible: ¿Cómo grabártelo en el corazón?
Ahí la tarea se vuelve mística, casi quirúrgica. El corazón no se deja tocar fácilmente; está protegido por la jaula de las costillas, por capas de músculo y por ese blindaje invisible que construimos los seres humanos después de que nos han roto las ilusiones un par de veces. Entrar al corazón de alguien requiere una violencia silenciosa o una ternura tan afilada como un bisturí. ¿Cómo llegar hasta esa víscera roja que late en la oscuridad de tu pecho y escribir en sus paredes vivas?
Me gustaría que cada uno de mis actos, cada una de las palabras que te he escrito en estas hojas que huelen a tabaco y a noche larga, fueran una pequeña incisión. No una herida que desangre, sino una costura. Imagino mi amor como un hilo de oro que se va enredando en tus válvulas, en tus aurículas, de modo que cada vez que tu corazón se contraiga para bombear vida a tus extremidades, tenga que ajustarse a la forma de mi nombre. Que tu ritmo cardíaco no sea solo una respuesta fisiológica, sino un eco rítmico de mi propia existencia. Si tienes miedo, que tu corazón lata diciendo te-quie-ro, te-quie-ro; si corres por la calle porque se te hace tarde, que el galope de tu pecho sea la repetición apresurada de mi declaración.
Sé que esto que escribo linda con la locura, Chepita. Sé que si alguien leyera estas líneas sobre mi escritorio pensaría que soy un hombre enfermo de absoluto. Y lo estoy. Estoy enfermo de una fiebre que no cura la medicina, una fiebre que me hace desear disolverme en ti, romper la frontera biológica que nos separa para convertirnos en un solo organismo que respira a cuatro tiempos.
Miro la fecha en el borde del papel: 1947. El año avanza, el siglo se mueve con su prisa de acero y fábricas, la gente camina por las calles de la ciudad preocupada por el precio del pan, por las elecciones, por la última película del cine. Y yo aquí, en esta habitación donde la lámpara empieza a parpadear, suspendido en el tiempo, calculando la forma exacta en que mis palabras van a perforar tu distancia. No me importa el universo exterior. Si el mundo se acaba mañana, si las estrellas se apagan como bujías viejas, a mí me bastará saber que en algún rincón de este planeta oscuro estás tú, llevando en tu oído el peso de mis cinco te quieros, en tu brazo la marca de mis dedos, en tu frente mi sello de ceniza y en tu corazón... en tu corazón la aguja imborrable de mi memoria.
IV. 𝗟a geografía de la ausencia.
No creas que la distancia aminora esta urgencia; al contrario, la magnifica como un lente que concentra los rayos del sol hasta prenderle fuego a la hoja seca. Cuando no estás, el espacio que dejas se llena de preguntas métricas. Cuento los pasos que me separan de tu puerta, calculo los minutos que tarda el cartero en llevarte este papel, imagino el instante exacto en que tus dedos romperán el sobre. ¿Rozarás el papel con la misma delicadeza con la que yo desearía rozar tu cuello?
A veces me quedo mirando mis propias manos y me parecen instrumentos inútiles. ¿Para qué sirven los dedos si no están recorriendo la línea de tu columna? ¿Para qué sirve la voz si solo reverbera contra las paredes desnudas de este cuarto? Vivir sin ti es una especie de ensayo general de la muerte, un simulacro donde todo tiene color de otoño y el café sabe a agua tibia. Por eso escribo con esta desesperación, derramando la tinta como si fuera el último suministro de sangre que me queda, con la esperanza de que estas líneas crucen la noche y se transformen, al llegar a ti, en la carne y el hueso que hoy te faltan.
V. 𝗘l delirio de la vigilia (La medianoche del papel).
La noche se ha cerrado sobre el tejado con el peso de una lápida de pizarra. Afuera, la tormenta no es una lluvia común; es un desgarro del cielo, un tropel de caballos negros que golpean los cristales como si quisieran romper el vidrio para venir a apagar la única vela que me queda. El viento silba en las rendijas de la ventana, un silbido agudo, asmático, que parece imitar el sonido de una respiración ajena. Pero yo no escucho la tormenta. Para mí, el trueno que hace temblar las vigas de madera no es más que un ruido de fondo, una interferencia molesta que intenta apartarme de mi único oficio verdadero: pensarte.
Te quiero. Lo escribo otra vez en el margen superior, donde ya casi no queda espacio blanco, arrastrando la pluma con tanta fuerza que el metal rasga la celulosa. 𝗧𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼. La tinta fresca brilla bajo la luz mortecina de la lámpara como sangre de calamar, negra y espesa. Si supieras qué territorio tan extraño es este cuarto cuando la medianoche se pudre y se convierte en madrugada. Los muebles pierden sus esquinas, las sombras se estiran por las paredes como extremidades de gigantes cansados, y yo me reduzco a esto: una mano que sostiene un palillo de madera, unos ojos ardiendo por el humo del tabaco y una garganta que insiste en pronunciar tu nombre hacia las esquinas vacías.
Me he levantado dos veces para caminar por la habitación, pero este espacio es una celda de tres pasos por cuatro. En cada vuelta que doy, tropiezo con tu ausencia. Está sentada en la silla de mimbre, está flotando sobre la colcha descolorida, está colgada del perchero junto a mi abrigo gris. Es una ausencia física, Chepita, una presencia negativa que ocupa volumen, que desplaza el aire y me dificulta el paso. Me acerco a la ventana y pego la frente al vidrio frío. Fuera, la ciudad de México en este 1947 parece un monstruo ahogado bajo el lodo y el agua de la tormenta; las luces de los faroles se difuminan en el asfalto mojado como gotas de aceite en un charco. Pienso en cuántos techos me separan de ti en este instante, cuántas toneladas de tejas, de vigas, de cables eléctricos y de hormigón se interponen entre mi boca y tu oído.
Esa distancia me produce un dolor físico, una punzada exacta debajo de la última costilla izquierda, como si me hubieran metido una aguja de tejer entre los pulmones.
Regreso a la mesa con el impulso de los náufragos que vuelven a aferrarse al tablón que los mantiene a flote. La hoja de papel es mi única balsa. Vuelvo a tomar la pluma. Las manos me tiemblan un poco, no de frío —aunque la habitación está helada— sino de una vibración interna, una especie de electricidad nerviosa que me recorre desde los hombros hasta las yemas de los dedos. Es el ritmo de la obsesión.
VI. 𝗟a devaluación de las palabras corrientes.
¿Sabes qué es lo terrible de este idioma que heredamos? Que las palabras están gastadas. Los hombres de negocios dicen "𝗹𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼" a sus ganancias; los políticos dicen "𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼 𝗮𝗹 𝗽𝘂𝗲𝗯𝗹𝗼" antes de traicionarlo; los poetas de café barato escriben "𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼" en servilletas de papel para conseguir el favor de una muchacha un viernes por la tarde. La palabra ha sido manoseada por miles de bocas sucias, ha pasado por transacciones comerciales, por discursos de banquete, por reconciliaciones hipócritas de alcoba.
Por eso, cuando yo te digo 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, siento una profunda rabia hacia el lenguaje. Quisiera inventar para ti un dialecto nuevo, un conjunto de sonidos que no existieran en ningún diccionario del mundo, una combinación de consonantes duras y vocales largas que solo tuvieran significado cuando salieran de mi pecho y entraran en tu cuerpo. Quisiera decirte algo que sonara como el crujido de un árbol cuando lo parte el rayo, o como el rumor del agua subterránea que arrastra la arena en el fondo de las cuevas. Algo que fuera puro metal, pura roca, pura necesidad biológica.
Pero no tengo más que este castellano viejo y cansado. Así que mi única alternativa para devolverle la virginidad a la palabra es la acumulación. La repetición geométrica. Multiplicar el verbo hasta que la cantidad altere la calidad. Si te lo digo una vez, es una moneda de cobre gastada por el uso; si te lo digo mil veces seguidas, sin respirar, sin mirar el reloj, esa moneda de cobre se funde por el calor de la fricción y se convierte en un río de metal líquido que te quema la piel.
𝗧𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼. Mira la línea recta que forman las palabras en la hoja. Parecen soldados en fila, parecen las hormigas que cruzan el patio de la casa del pueblo en verano, incansables, cargando cada una un fragmento diminuto de una hoja verde para construir un imperio bajo la tierra. Cada una de mis palabras es una hormiga que lleva un pedazo de mi alma hacia tu dirección. No importa que la lluvia intente ahogar el camino; ellas siguen marchando en la oscuridad de la página.
¿Te cansas ya? Imagino que al leer esto, en la comodidad de tu mañana, cuando la tormenta haya pasado y el sol pinte de amarillo los bordes de tu cortina, dejarás caer la hoja sobre tu regazo con un gesto de fatiga. «𝗝𝗮𝗶𝗺𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗮́ 𝗹𝗼𝗰𝗼», pensarás. «𝗝𝗮𝗶𝗺𝗲 𝗿𝗲𝗽𝗶𝘁𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗰𝗼𝘀𝗮𝘀 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗮́𝗷𝗮𝗿𝗼𝘀 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗷𝗮𝘂𝗹𝗮». Y tendrás razón. Los locos y los pájaros tienen en común que no pueden cambiar de tema porque solo conocen una sola verdad del universo. El pájaro canta al amanecer porque el sol lo obliga; yo te escribo esto porque tu existencia me empuja contra la mesa. No tengo opción, Chepita. Mi literatura no es un ejercicio de estilo, no es para que los críticos digan que tengo talento o que manejo bien los adjetivos. Escribo porque si no muevo esta mano, el pecho se me llena de piedras y me cuesta trabajo levantarme de la cama.
VII. 𝗘l inventario de tus detalles invivibles.
Para no volverme loco del todo en esta noche de truenos, me pongo a hacer un inventario de ti en el papel. Es una forma de traerte a la fuerza, de obligar a tus átomos a materializarse frente a mí, sobre el tapete de fieltro verde donde descansa la tinta.
Pienso en el detalle de tu oreja derecha, la que queda descubierta cuando te recoges el pelo con esa peineta de carey que perdiste el mes pasado y que yo encontré detrás del sofá (y que no te he devuelto porque me gusta guardarla en el bolsillo de mi chaleco, para tocarla con los dedos cuando camino por la calle). Esa oreja tuya tiene una curva perfecta, una pequeña cala de carne donde cabría exactamente la punta de mi dedo meñique. Es allí donde quiero depositar el susurro. No en el aire libre, no en la sala donde tu tía abuela toma el té y habla de los precios de la tela; quiero decirlo ahí, en esa concha marina que tienes pegada al cráneo, para que el sonido no se pierda y se quede rebotando en tus paredes internas para siempre.
Y luego está tu cuello. Ese espacio que va desde la mandíbula hasta el nacimiento de la clavícula, donde la piel es tan delgada que si uno se fija bien, se puede ver el salto menudo de la arteria. Ese latido es el que me interesa. Es el reloj de mi mundo. Mientras esa arteria salte, el tiempo tiene sentido; si se detuviera, el universo entero se convertiría en un montón de ceniza fría y yo no tendría ningún motivo para volver a abrir los ojos. Quisiera poner mis labios sobre ese punto exacto, no para besarte con la prisa de los muchachos en los portales, sino para dejar mi boca allí apoyada durante horas, sintiendo el tic-tac de tu vida contra la carne de mis labios, midiendo mi propia existencia a través de la tuya.
¿Cómo marcártelo en un brazo? Vuelvo a la obsesión de la imagen. A veces pienso que los seres humanos somos demasiado efímeros, demasiado blandos. Nos morimos de cualquier cosa: de un resfriado, de una mala caída, de un bache en la carretera, de un corazón que se cansa de bombear sin previo aviso. La carne es un material de mala calidad para guardar el amor. Por eso desearía que el amor fuera una enfermedad eruptiva, algo que dejara marcas en la piel, como la viruela o las cicatrices de la guerra. Quisiera que te levantaras un día y tuvieras en el antebrazo una serie de manchas rojas con la forma de mis iniciales, o que al tocarte la piel de los hombros notaras un relieve, una textura diferente, como el braille que leen los ciegos, y que al pasar tus propios dedos pudieras descifrar: 𝗮𝗾𝘂𝗶́ 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗼 𝗝𝗮𝗶𝗺𝗲, 𝗮𝗾𝘂𝗶́ 𝗺𝗲 𝗾𝘂𝗶𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝘂𝗲𝗿𝘇𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗲 𝗺𝘂𝗻𝗱𝗼.
VIII. 𝗟a frente como altar público.
La frente es otra cosa. La frente es el frontispicio de tu templo. Cuando caminamos por el parque de la Alameda y el viento te levanta los mechones de la frente, te miro de reojo y siento una mezcla de orgullo y de terror. Cualquiera puede ver tu frente. El heladero, el conductor del tranvía, los estudiantes de leyes que fuman en las esquinas con sus carpetas bajo el brazo; todos ellos tienen acceso visual a ese espacio de marfil donde se dibuja tu inteligencia. Me da rabia que te miren la frente sin saber lo que hay detrás. No saben que en ese palacio de hueso estoy viviendo yo, acurrucado en un rincón de tus pensamientos, como un inquilino clandestino que no paga renta pero que ha cambiado todos los muebles de lugar.
Por eso quiero sellártela. Un sello de propiedad, sí, pero no de la propiedad del amo sobre el esclavo, sino de la propiedad del herido sobre su herida. Tú eres mi territorio sagrado, Chepita. Quisiera darte un beso en medio de las cejas con tanta intensidad, con tanta concentración de pensamiento, que el calor de mis labios te dejara una quemadura leve, una marca rosada que no se quitara ni con los polvos de arroz ni con el agua de rosas que usas por las noches. Que cuando un hombre te mirara a los ojos con intenciones de galanteo, tuviera que detenerse al ver esa marca en tu frente, ese estigma luminoso que le advierte: 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗺𝘂𝗷𝗲𝗿 𝘆𝗮 𝗵𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗮𝗴𝗿𝗮𝗱𝗮 𝗮 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗶𝗰𝘂𝗹𝗮𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮 𝗰𝘂𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗶𝘁𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗼𝘀𝗰𝘂𝗿𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻 𝗜𝗹𝗱𝗲𝗳𝗼𝗻𝘀𝗼.
La tormenta parece arreciar afuera. Un rayo ha caído cerca; la luz de la lámpara ha parpadeado hasta casi morir, dejando el cuarto en una penumbra roja durante dos segundos que me han parecido una eternidad. En esos dos segundos de oscuridad total, he sentido un pánico absurdo: he pensado que si la luz no volvía, no podría terminar esta carta, y que si la carta se quedaba a medias, una parte de mi amor se moriría de frío en el camino hacia tu casa. Qué ridículo somos los hombres cuando estamos solos y es de noche. Nos creemos que el destino del mundo depende de un cabo de vela o de un tintero de tres pesos.
IX. 𝗟a invasión del miocardio.
Pero el verdadero trabajo, el trabajo de mina, el que se hace con el pico y la pala en la más absoluta oscuridad, es el del corazón. ¿Cómo grabártelo allí?
El corazón es un músculo estúpido, Chepita. No piensa. Solo reacciona. Sabe de presiones, de volúmenes de sangre, de descargas de adrenalina cuando el perro ladra en la esquina o cuando te asustas porque un coche frena cerca de la acera. Es una víscera ciega que trabaja en un sótano sin ventanas. ¿Cómo se le enseña a un músculo ciego a recordar un nombre?
Llevo horas dándole vueltas a la idea. Si yo fuera un cirujano de esos que salen en las revistas de ciencia de Estados Unidos, esos hombres con batas blancas que abren el pecho de los enfermos con sierras eléctricas y pinzas de acero, te juro que buscaría la forma de anestesiarte durante una tarde entera. Te abriría el pecho con el cuidado con el que se abre un libro incunable, apartaría las costillas con delicadeza de caballero y tomaría tu corazón entre mis dos manos, sintiendo ese calor animal, esa esponja roja que sube y baja. Y con una aguja de plata, de esas que usan las monjas para bordar los manteles del altar mayor, iría cosiendo mi nombre en las fibras de tu miocardio. Letra por letra. La 𝗝, la 𝗔, 𝗹𝗮 𝗜, 𝗹𝗮 𝗠, 𝗹𝗮 𝗘. Un bordado de hilo de plata que se hundiera en los tejidos vivos.
De ese modo, cuando despertaras de la anestesia, no notarías nada extraño al principio. Seguirías tomando tu desayuno, discutiendo con tu madre por el color de las cortinas, yendo a la iglesia los domingos con tu misal de tapas de nácar. Pero por dentro, en el fondo del sótano, tu corazón ya no sería libre. Cada vez que intentara contraerse para lanzar la sangre hacia tus brazos, tropezaría con el hilo de plata. La 𝗝 le recordaría mi boca; la 𝗔, mis ojos fijos en los tuyos; la 𝗜, las tardes de lluvia en las que no nos dijimos nada porque todo estaba dicho. Tu propio cuerpo te obligaría a recordarme. Sería una esclavitud biológica, una tiranía de las arterias.
Sé que es una fantasía bárbara. Sé que es una crueldad poética que solo se le ocurre a un hombre que lleva tres días sin ver el sol y que se alimenta casi exclusivamente de café negro y cigarrillos 𝗔𝗹𝗮𝘀. Pero es la única forma que encuentro de competir con el olvido. Tengo un miedo cerval al olvido, Chepita. Tengo miedo de que un día te levantes, mires al cielo y pienses: «¿𝗖𝗼́𝗺𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗮𝗯𝗮 𝗮𝗾𝘂𝗲𝗹 𝗺𝘂𝗰𝗵𝗮𝗰𝗵𝗼 𝗳𝗹𝗮𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝗖𝗵𝗶𝗮𝗽𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲 𝗲𝘀𝗰𝗿𝗶𝗯𝗶́𝗮 𝘁𝗮𝗻𝘁𝗮𝘀 𝗰𝗮𝗿𝘁𝗮𝘀?». Ese pensamiento tuyo sería mi muerte verdadera. No la muerte de la fosa común y el cementerio de dolores; la muerte de la nada, la disolución de mis átomos en el aire común de la calle.
X. 𝗘l pacto de la última tinta.
La lámpara empieza a agonizar de verdad. El aceite se está terminando y la mecha chupa ya los últimos restos de grasa del fondo del depósito. La llama se ha vuelto azul, pequeña, una uña de luz que apenas me permite ver la punta de mi propia pluma. Afuera, la tormenta parece haber alcanzado su clímax; los truenos se suceden sin interrupción, como un bombardeo lejano que se va acercando manzana por manzana hacia mi dirección.
No me importa. He llenado cuatro pliegos de papel con esta caligrafía apretada, esta letra de médico que solo tú sabes leer después de poner los ojos bizcos y acercar la hoja a la luz de la vela. He cumplido mi promesa. Te he dicho que te quiero tantas veces que las palabras ya no parecen letras, parecen una cerca de alambre de púas que he construido alrededor de tu recuerdo para que nadie pueda entrar a robártelo.
Aquí me quedo, en la penumbra que avanza. Voy a doblar estas hojas en cuatro partes, las voy a meter en el sobre y voy a lamer el borde pegajoso con el sabor amargo de la goma y del tabaco. Mañana, cuando el cartero pase con su uniforme azul mojado por la lluvia de la noche, esta carta saldrá de esta habitación y viajará por las calles de la ciudad como un proyectil cargado de dinamita silenciosa.
Cuando la recibas, cuando abras el sobre con tus manos limpias, por favor, te lo ruego, no la leas de prisa. Lee cada palabra como si fuera la última gota de agua que te queda en el desierto. Escucha el susurro en tu oído, busca la marca en tu brazo, siente el sello en tu frente y, sobre todo, deja que la aguja de plata siga cosiendo mi nombre en la oscuridad de tu pecho.
Te quiero. Una vez más. La última de esta noche. La primera del resto de mi vida.
XI. 𝗟a vigilia infinita (El amanecer de la tinta).
La tormenta ha comenzado a ceder, dejando tras de sí un goteo monótono en las canaletas de zinc que suena como un reloj de agua roto. La penumbra roja de la madrugada va dando paso a una claridad grisácea, una luz de hospital que entra por los vidrios sucios y va devolviendo la realidad a las cosas. Los muebles ya no son gigantes; vuelven a ser solo sillas de madera barata y un tintero casi vacío.
Tengo los ojos hinchados y el cuerpo me pesa como si hubiera estado picando piedra en una cantera toda la noche. Pero hay una paz extraña en este cansancio. Es la paz de quien lo ha dado todo, de quien ha vaciado sus almacenes de palabras y no se ha quedado con una sola sílaba de reserva para el día siguiente. Si viniera la muerte ahora mismo y me tocara el hombro, le diría que se espere un minuto, solo el tiempo necesario para ver que el sobre esté bien cerrado y que la dirección de tu casa esté escrita con claridad.
Miro la última línea del papel. La tinta ya se ha secado y ha perdido ese brillo de sangre viva; ahora es una costra opaca, un rastro mineral que se quedará allí durante años, mucho después de que tú y yo seamos solo un par de nombres en las conversaciones de los nietos que no tendremos. Qué milagro tan raro es la escritura: este papel irá a tus manos, tus ojos mirarán estas mismas manchas de tinta y, en ese instante exacto, mi pensamiento se meterá en tu cabeza sin pedir permiso. Estaremos juntos de nuevo, rompiendo la distancia con este puente de celulosa y carbón.
No te canses de mí, Chepita. O, si te cansas, hazlo con la paciencia con la que se soporta la lluvia en los meses de verano: sabiendo que es necesaria para que la tierra no se parta en pedazos. Yo seguiré aquí, en mi trinchera de la calle de San Ildefonso, afilando las plumas, comprando tinteros de repuesto y esperando la próxima noche de tormenta para volver a abrirte el pecho y seguir bordando mi nombre en tu corazón.
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