A veces pienso que Dios tiene una forma extraña de escribir las historias.
Cuando era más pequeña, creía que todo tenía que tener sentido inmediatamente. Que el dolor tenía una explicación, que las despedidas tenían un motivo y que los finales llegaban cuando se suponía que debían llegar.
Pero la vida no funciona así.
A veces pierdes personas que amas. A veces tomas decisiones equivocadas. A veces te rompes en silencio mientras todos creen que estás bien.
Y durante mucho tiempo pensé que eso significaba que estaba sola.
Pero quizá nunca lo estuve.
Quizá Dios estaba ahí en los momentos en los que no podía verlo. En las noches que parecían interminables. En los días en los que sentía que no tenía fuerzas para seguir adelante.
Porque si algo he aprendido es que sobrevivir también es una forma de fe.
No una fe perfecta. No una fe sin dudas.
Una fe que llora. Que pregunta. Que se enoja. Que se pierde.
Pero que sigue creyendo.
Tal vez crecer consiste en entender que no necesitamos tener el control de todo. Que algunas respuestas llegan tarde y que algunas heridas tardan años en sanar.
Y aun así, la vida sigue regalándonos pequeños milagros.
Una conversación. Una canción. Una persona que aparece cuando más la necesitas. Un nuevo comienzo cuando pensabas que ya era demasiado tarde.
Quizá Dios no siempre cambia nuestras circunstancias de inmediato.
Quizá, a veces, cambia nuestro corazón para que podamos atravesarlas.
Y mientras el mundo sigue corriendo, mientras todos intentan descubrir quiénes son, yo creo que hay algo hermoso en admitir que todavía estamos aprendiendo.
Todavía estamos creciendo.
Todavía estamos escribiendo nuestra historia.
Y aunque no sé exactamente cómo termina este capítulo, por primera vez en mucho tiempo creo que estará bien.
Porque el miedo ya no es lo único que me acompaña.
También me acompaña la esperanza.
Y, tal vez, eso es suficiente.
Que Dios bendiga cada paso que damos, incluso los que todavía no entendemos.