Estando en un avión la emoción corría por mis venas. Era la primera vez que viajaba con Elizabel y, aunque estábamos juntos desde hace un par de meses, siempre había una chispa especial en nuestra relación. La química entre nosotros era innegable, y esos días juntos habían sido una montaña rusa de emociones.
A medida que el avión ascendía por encima de las nubes, la adrenalina de la altitud se mezclaba con la energía que circulaba entre nosotros. Ella estaba sentada a mi lado, con su cabello castaño cayendo sobre sus hombros y un vestido que destacaba sus curvas. No pude evitar sonreír mientras la miraba. Era hermosa, y cada vez que me sonreía, sentía cómo mi corazón se aceleraba.
—¿Te imaginas que nos metiéramos al baño? —le susurré, con un guiño travieso.
Su mirada se iluminó, y su sonrisa se volvió pícara.
—¿Dices en serio? —preguntó, viendo a su alrededor como si alguien pudiera escucharnos.
—¿Por qué no? Es el momento perfecto. —mis palabras estaban llenas de picardía.
Después de un rato de titubeos y miradas cómplices, decidimos que no había mejor momento que ahora. Me levanté, tratando de actuar con la mayor casualidad posible, y la seguí hacia la parte trasera del avión. La puerta del baño se cerró detrás de nosotros con un clic, y la pequeña habitación se sintió increíblemente íntima.
Los latidos de mi corazón resonaban en mis oídos mientras miraba a Elizabel. Ella se acercó a mí, y en un instante, nuestras bocas se encontraron. Fue un beso ardiente, lleno de la tensión acumulada de todos esos días. Sus manos se enredaban en mi cabello mientras yo la sostenía de la cintura, atrayéndola hacia mí.
—No sé cuánto tiempo tenemos —dije entre besos, mis palabras apenas un susurro.
—No importa, solo quiero esto —respondió, con una mirada de deseo intenso en sus ojos.
Mis manos empezaron a explorar su cuerpo, acariciando su espalda y bajando lentamente por su cadera. El espacio era pequeño y confines, pero eso solo aumentaba la pasión. Ella me empujó suavemente contra la pared, presionando su cuerpo contra el mío, y la calidez de su piel me hizo perder el control.
Ambos sabíamos que lo que estábamos haciendo era arriesgado. Podíamos ser descubiertos en cualquier momento, pero eso solo sumaba emoción a la situación. Sus labios se movieron hacia mi cuello, dejando un rastro de besos que me hizo estremecer.
—Eres un atrevido —dijo Elizabel con una risita, mientras sus manos se deslizaban por mi pecho.
—Y tú me vuelves loco —respondí, capturando sus labios nuevamente con los míos.
Lo que empezó como un susurro se convirtió en un clamor de pasión desenfrenada. Sus dedos se metieron bajo mi camisa, acariciando mi piel con una calidez que enviaba ondas de placer por todo mi cuerpo. La atmósfera era eléctrica, y la respiración de Valeria iba acelerándose cada vez más.
Con un movimiento rápido, la levanté un poco, y ella se aferró a mí mientras acomodaba su cuerpo contra el pequeño lavabo del baño. Estábamos tan cerca que podía sentir el latido de su corazón, y la conexión entre nosotros era inquebrantable.
—Tienes que prometerme que no serás ruidoso —le dije, riendo entre dientes.
—No puedo garantizar nada —me respondió con un guiño.
Desabroché su vestido, dejándolo caer suavemente sobre sus hombros, revelando su piel suave y brillante. Sus curvas eran perfectas, y no podía resistir la tentación de besar cada centímetro de su cuerpo. La miré a los ojos, buscando su aprobación, y ella asintió con una sonrisa que mezclaba deseo y complicidad.
Mis labios encontraron su piel, y la besé desde el cuello hasta el borde de su sostén. Ella gemía suavemente, y sus manos se apretaban contra mi espalda. Cada roce era un fuego que crecía más intenso, y me sentía como un volcán a punto de estallar.
Sujeté su sostén y lo desabroché, permitiendo que cayera al suelo. Sus pechos eran perfectos, y la piel bronceada iluminaba la habitación pequeña y oscura. Dediqué mis labios a explorar su cuerpo, sintiendo cómo se arqueaba hacia mí, ansiosa por sentir más.
—Esto es una locura —dijo mientras la besaba suavemente en el vientre.
—Una locura deliciosa —respondí, subiendo mis labios de nuevo hasta encontrar los suyos.
En ese momento, mi cuerpo dejó de ser mío y se entregó por completo al deseo. La pasión nos consumía, y la pequeña habitación del avión se convirtió en nuestro mundo. Cada beso, cada caricia, creaba un ritmo desenfrenado que desdibujaba las fronteras de la realidad.
Elizabel empezó a desabrochar mi pantalón, sus dedos conmoviendo un torbellino de sensaciones. La anticipación la inundaba, y yo podía sentir su deseo, palpable en el aire. Me estremecí mientras ella lo hacía, y en un instante, todo se volvió más intenso.
—No puedo creer que estemos haciendo esto —susurró mientras acariciaba mi piel con sus manos delicadas.
—La vida es corta —dije, presionando mis labios contra su cuello.
No podíamos detenernos. El tiempo se desvaneció y cada momento se volvió eterno. Nuestras respiraciones se entrelazaban, y todo lo que existía era el impulso de estar juntos, en un lugar donde nada más importaba. El pequeño baño del avión, lleno de risas y pasiones, se convirtió en un universo donde solo éramos ella y yo.
—Quiero más de esto. —Susurro enmi mano, alzando su pierna y haciendo que mi cuerpo se pegara aún más al suyo.
No había vuelta atrás, y disfrutamos de cada segundo, de cada roce. La idea de ser sorprendidos alimentaba nuestro deseo y, aunque el mundo giraba fuera de ese baño, en ese instante lo teníamos todo.
El avión seguía su rumbo, pero nosotros solo conocíamos nuestro propio vuelo.