El cristal tallado de las copas de champán tintineó con un eco de superioridad que solo el dinero viejo sabe emitir. Desde la terraza alta de la mansión Herzog, Darién, Saúl y Omar contemplaban el jardín como tres monarcas observando sus posesiones más preciadas.
Samantha cruzaba el césped en ese momento. Su porte era impecable, una obra de arte en movimiento que emanaba un aura tan sofisticada como peligrosamente sensual. Los tres hombres rieron a coro, un murmullo cómplice y arrogante; sabían perfectamente que ella rozaba la perfección, pero ninguno se atrevería a admitirlo en voz alta frente a Holga. Holga poseía una belleza innegable, por supuesto, pero carecía de ese refinamiento implacable; simplemente no cumplía con todos sus exigentes estándares.
Hasta esa noche, el podio de su exclusivo universo estaba rígidamente establecido: Samantha en la cima, seguida por Holga, y finalmente Dona. Ellas tres representaban el límite de lo alcanzable, la cúspide de la escala social y estética de la ciudad. O, al menos, eso es lo que ellos, en su soberbia, creían.
Entonces, el silencio se apoderó de la escalada de la terraza.
Aranza hizo su entrada. No necesitó mirar a nadie ni pedir permiso; su sola presencia reescribió las reglas del juego, reduciendo el codiciado estándar de las tres mujeres a un mero intento de provincianos. Los tres hombres congelaron sus copas a mitad de camino, dándose cuenta, con un golpe de fría realidad, de que el trono que creían dominar acababa de cambiar de dueña.