El murmullo de la orquesta y el tintineo de las copas de cristal se volvieron un eco lejano en el pasillo sombrío. Nelly se encontraba retocando su maquillaje, después de haber sido salpicada por Idril en la piscina. Elean caminaba a paso lento, había visto a una joven rubia de aspecto delicado que no le quitaba la vista de encima.
Nelly acomodó su cabello, su perfecta figura enloquecia a cualquiera, era su noche, la noche en que Elean caería ante ella.
Regresó al salón principal. Ningún rostro le pertenecía al joven. De inmediato lo supo.
Caminó hasta el jardín y continuo el camino de luces.
Hasta que lo vio.
Elean tenía a Dona atrapada entre su cuerpo y la pared de seda; el perfume de la mujer era embriagador, una mezcla de jazmín y audacia. Los besos pasaron de la cortesía a la urgencia, devorándose con una lentitud de fuego lento que les encendía la piel. Dona jadeó, enredando sus dedos en el cabello de Elean, listos para escapar de la opulencia del salón hacia un rincón sin testigos.
Justo cuando él deslizaba una mano firme por la cintura de Dona, dispuesto a guiarla hacia la salida, una mano enguantada y helada se posó en su hombro.
Nelly estaba allí. Su maquillaje y su vestido lucían impecables, pero sus ojos destilaban una frialdad peligrosa. Sin alterar su postura perfecta, se inclinó hacia Elean. Su respiración rozó el lóbulo de su oreja, enviándole un escalofrío que congeló el ardor de su sangre.
—Es menor de edad —le susurró Nelly, con una voz tan suave como el filo de una navaja— Disfruta de la fiesta, Elean.
Nelly se retiró con una sonrisa gélida. Elean dio un paso atrás, con el pulso acelerado pero la mente fría como el hielo. Se acomodó el cuello de la chaqueta, miró a Dona con una sonrisa de disculpa a medio terminar y, recuperando la compostura, regresó al lujoso salón.