Esa noche me dormí demasiado temprano. No recuerdo exactamente por qué, pero soñé que mi madre, mi hermano y yo íbamos a un campo lejano. El cielo estaba gris y el viento movía la hierba como si susurrara secretos. Había algo extraño en el ambiente, algo que hacía que mi pecho se sintiera pesado. Fuimos solo un rato y regresamos temprano, como si algo hubiera salido mal.
Al día siguiente volvimos otra vez. Esta vez entendí por qué estábamos ahí: mi madre quería sorprender al hombre con el que engañaba a alguien. Mi hermano y yo nos quedamos escondidos detrás de unas paredes viejas mientras ella iba a hablar con él. Esperamos mucho tiempo. Demasiado. Nadie venía a buscarnos.
Miré a mi hermano y luego al suelo. Sentí un vacío raro en el pecho y pensé:
—Ojalá alguien se acuerde de nosotros…
Fue entonces cuando vi a otro niño observándonos desde lejos. No decía nada, solo nos miraba fijamente. Sentí miedo, así que tomé a mi hermano y corrimos hasta otra casa. Allí había otro niño que sonreía demasiado. Él quería presentarme a su amigo, “un chico muy guapo”, decía. Pero todo se sentía extraño, como si el sueño cambiara de forma cada segundo.
Después regresamos a nuestra casa los tres: mi madre, mi hermano y yo.
Y fue ahí cuando comenzó lo peor.
Me di cuenta de que podía ver cosas extrañas flotando alrededor de las personas. Eran como manchas, parásitos o virus invisibles. Algunos eran pequeños y otros enormes, retorciéndose como humo oscuro. Parecía algo normal para todos menos para mí. Yo entendía que, si los tocabas, te infectaban.
Había muchos tipos de virus.
La curiosidad me ganó.
Tomé una pequeña parte de uno y la guardé dentro de una funda. No quería hacer daño a nadie, así que después la lancé por la ventana. Pero cuando cayó, el virus soltó algo parecido a un olor dulce y extraño. Lo respiré sin darle importancia… hasta que entendí.
Así era como infectaban a las personas.
El miedo me congeló. No le dije nada a nadie.
Más tarde estábamos en el balcón mirando afuera cuando un policía levantó la vista y me vio directamente. Su mirada cambió de inmediato, como si supiera lo que había hecho. Empezó a subir hacia nosotros.
Sentí terror.
Si él hablaba… me arrestarían.
Y si me arrestaban, todos descubrirían lo del virus.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo empujé.
El policía cayó al vacío.
Mi madre gritó. Mi hermano retrocedió horrorizado. Y yo… yo empecé a reír. Una risa vacía, rota, como si ya no quedara nada humano dentro de mí.
Esa fue la última sonrisa que ellos verían.
Entonces apareció uno de los virus.
Era diferente a los demás.
Flotó frente a mí lentamente y escuché su voz dentro de mi cabeza.
—Llámame Seis.
El virus se acercó como si fuera mi aliado. Como si siempre me hubiera estado esperando. Y yo lo seguí.
Mi madre y mi hermano lloraban detrás de mí, rogándome que no me fuera.
—¡No te vayas! —¡Por favor vuelve!
Yo quería llorar también. Quería correr hacia ellos y abrazarlos. Pero sabía que ya no podía regresar. Si volvía, me matarían frente a todos. Frente a mi familia. Frente a personas mirando como si yo fuera un monstruo.
Así que no volteé atrás.
Seguí caminando entre risas y lágrimas, mientras Seis flotaba a mi lado en medio de la oscuridad.
Y entonces desperté.
La habitación estaba silenciosa.
Recordé lo que mi madre me había dicho antes de dormir: se iría un mes de vacaciones y me dejaría al cuidado de mi hermano.
Ella ya se había ido.
Me quedé acostado mirando el techo, sintiendo un vacío enorme dentro de mí. Tenía ganas de llorar, de gritar, de decir que no quería quedarme solo.
Pero me aguanté.
FIN.