Jhon caminaba como siempre, una postura recta y una sonrisa radiante mientras saludaba cortésmente. Un hombre cortés, caballeroso, con un cabello castaño claro peinado hacia atrás y esos ojos verde oliva que irradiaban calidez. La típica persona que, cada vez que la miras, es todo lo que una suegra podría soñar para su hija.
Y con esa radiante sonrisa salió de la empresa donde trabajaba. Miró el cielo nocturno; era extrañamente más oscuro que los otros días y, para Jon, eso le encantaba.
Subió a su auto dejando su mochila en el asiento del copiloto y, con una sonrisa, arrancó el coche.
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En el sótano de una casa abandonada, una mujer estaba encadenada a una pared, sus ojos tapados por una tela, llorando y con su ropa ligeramente sucia por su sangre.
En todo su cuerpo había hematomas grandes y muy vivaces, al igual que heridas tanto viejas como recientes.
La chica, que estaba hecha bolita en un rincón del sótano, se encogió aún más al escuchar el chirrido de la puerta abriéndose. Sabía perfectamente que el monstruo había llegado y dejó salir un sollozo ahogado de su boca.
—Qué espléndida noche hace hoy —dijo el hombre, remangándose las mangas de su camisa.
—Tan bella noche para dar un paseo por el parque...
Tomó una hoz que estaba colgada en la pared contraria a la chica y se acercó lentamente a ella.
Cada paso resonaba en ese silencioso sótano y el corazón de la mujer latía frenéticamente de miedo con cada uno de los pasos que sonaban cada vez más y más cerca de ella.
—¡¡A... aléjate!! ¡¡NO TE ACERQUES!! —gritó eufórica mientras hacía todo por presionarse contra la pared, como si con solo eso pudiera hacer un agujero y escapar del monstruo.
—¿Por qué? ¿Acaso no quieres salir a pasear al parque conmigo?
La voz del hombre era aterradoramente fría, tan fría que la piel de la mujer se le erizó con solo escucharla y empezó a llorar.
—Por... por favor, déjame ir... te lo ruego.
Suplicó llorando. El hombre se hincó y sostuvo el rostro de la chica. Miró cómo las lágrimas bajaban del pedazo de tela que tapaba los ojos de la mujer. En el rostro del hombre, una expresión de éxtasis y excitación se apoderó de él.
Le excitaba mirar a sus presas suplicantes y llorando de tal manera por sus vidas.
—Sí, cariño. Sigue llorando, sigue suplicando... que eso me excita más de lo que no tienes idea.
La mujer chilló al escuchar eso y él simplemente soltó el rostro de la mujer.
—Humm, con esos sollozos no iremos a ninguna parte.
La mujer suspiró aliviada; tal vez le tranquilizaba saber que no iría al parque en una bolsa negra. Pero su tranquilidad se deshizo cuando él habló:
—Bien, entonces, ¿comenzamos con los preparativos?
Sin pensarlo dos veces, hizo su gran obra.
Una pieza exquisita plasmó en ese cuerpo inerte. Y, como último detalle, le quitó las vendas de los ojos y sonrió. Era una sonrisa maquiavélica.
—He formado tal magnífica pieza de arte... Es hermosa... Tan perfecta es.
El hombre se acercó a su “obra de arte” y la acarició delicadamente, temiendo arruinarla, y se detuvo en la cabeza de la chica, en esos ojos que eran perfectos... unos ojos sin brillo alguno, solo miedo, aterrados de dolor.
Esos ojos abiertos en los que podía ver su propio reflejo.
Los acarició con suavidad.
—Definitivamente... eres espléndida.
Se dio media vuelta y comenzó a avanzar hacia la salida del sótano.
—Y ahora... ¿qué obra debería hacer?
El hombre cerró la puerta del sótano. En los ojos de aquella mujer convertida en una "obra" aún posaba esa silueta... la silueta de aquel monstruo que la había creado.
Un hombre de cabellos castaños claros y unos ojos verde oliva que eran de un depredador... de un monstruo.
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No soy buena para los títulos 😩