Salí del trabajo al frío del invierno, me cerré la campera y caminé en la soledad de la noche. Odiaba tener que salir tan tarde del trabajo, ese forro siempre me tenía hasta deshora y nunca me lo pagaba. Se suponía que cerrábamos a las diez de la noche, hora en la que todo se moría en este barrio de mala muerte, pero a mi jefe le encantaba hacerme quedar hasta las once para que lo ayudara a limpiar mientras él cerraba la caja y contaba una y otra y otra y otra vez los billetes hasta que todo parecía cuadrarle con mi trabajo. Como si yo quisiera robarle unos mugrosos pesos. Prefería ser de esos que manoteaban alguna golosina cuando se iba al baño, o atendía a gente, o preparaba esos cafés que nunca quise preparar por miedo a quemarme con la máquina. Seguro era un miedo infundado, pero prefería cobrar antes que hacerme una quemadura de tercer grado por no fijarme donde ponía el vaso o la mano. Unos pasos me distrajeron de mis quejas mentales, levanté la mirada, no era común encontrar a alguien tan tarde por acá, menos un martes a la noche, ni siquiera los pibes eran tan hozados para salir a bailar entre semana, menos con el frío que hacía, pero ahí estaba esa figura, acercándose a mí, con un paso lento, relajado, como si disfrutara de la espera de la helada que estaba por caer esta noche. Nos cruzamos, él levantó la mirada a mí, clavándome esos ojos azules que parecían tener luz propia, una sonrisita ladina levantó una de sus comisuras y pasó de largo sin más. De repente, como flashes de una cámara, aparecieron imágenes en mi cabeza, una tras otra, era él, era su cara, lo había soñado, lo había soñado anoche, no me acordaba en qué circunstancias, nunca se me había dado especialmente bien acordarme de las cosas, menos de lo que soñaba, pero a él lo podía recordar perfectamente, sobre todo por esos ojos, esos faros azules que podían hipnotizar a cualquier idiota como yo. Me quedé ahí, en la vereda como una estatua de hielo, viendo cómo se alejaba lentamente de mí. No lo conocía, había vivido en el barrio desde que nací, nunca había visto esos ojos, tenía que ser un vecino nuevo o alguien que se había perdido a estas horas de la noche. Era probable que fuera lo primero, estábamos tan alejados de la ruta, que encontrar el barrio era difícil para alguien que no conociera la zona. Sin contar que estábamos rodeados de barrios privados que ayudaban a ocultar el nuestro. Me obligué a seguir camino a mi casa cuando el viento frío me hizo temblar y darme cuenta que la silueta del chico ya no estaba en mi rango de visión. Caminé a mi casa más rápido, tratando que mi cuerpo recuperara un poco el calor, no quería terminar muriendo de hipotermia, era suficiente con el frío que me pegaba de vez en cuando, en los momentos en los que la máquina de café se utilizaba menos y no calentaba tanto nuestro espacio de trabajo, que no era más que una vieja garita de seguridad que mi jefe había comprado hacía unos años, que había ampliado y convertido en una especie de mini cafetería donde servíamos a los vecinos del barrio un café con unas medialunas un poco duras durante todo el día. Tenía que admitir que el lugar no estaba del todo en una mala zona. Estábamos casi afuera del barrio, cerca teníamos un taller de costura donde trabajaban como treinta personas, la mayoría mujeres, que se la pasaban comprando café en nuestra garita vieja.
Al otro día, atrás de la caja registradora que no paraba de abrir y cerrar, no podía dejar de pensar en aquel chico ni en sus ojos. Apenas había podido dormir anoche pensando en la curiosa coincidencia de haber soñado con él sin haberlo visto en mi vida. ¿Qué podía significar? Si esto fuera una película o una de esas novelas que veía mi mamá, diría que estamos predestinados a estar juntos, pero esto era la vida real y nunca había tenido demasiada suerte como para que el guionista de mi vida se copara un poco conmigo para ponerme a un pibe como él en el camino para que me diera bola. De repente, sus ojos azules aparecieron adelante mío acompañados por una sonrisa que parecía de un modelo en una revista. Hice un esfuerzo para hacer funcionar mi cerebro de nuevo. Lo atendí, le cobré y, mientras él esperaba su café, escribí en un pedacito de papel mi número seguido por mi nombre. Miré a mi jefe preparar su café rápido como con todos los clientes, por mi parte, debatía si darle o no el dichoso papelito, sentía que el corazón se me iba a salir del pecho de los nervios que tenía. Reaccioné recién cuando vi que se alejaba con su vaso en las manos. Sin decirle nada a mi jefe, salí tropezándome con todo y corrí hasta él para tocarle el hombro.
—Quería darte esto. —Le extendí el papelito, él lo miró—. No tenés que hablarme si no querés...
—Me encantaría conocerte mejor, Alejo. —Sonrió volviendo a posar sus ojos en mí—. Me alegra que hayas dado el primer paso, yo soy un poco tímido.
Solté una risita estúpida que me delataba un poco como el boludo que solía ser. Hablamos un par de minutos hasta que mi jefe me gritó desde la garita. Al menos descubrí que su nombre era Simón y que vivía a pocas cuadras de mi trabajo. Mientras volvía a mi lugar, me pregunté si había logrado sacarlo de mi sueño o si había tenido una premonición. Lo había soñado hacía dos noches, pero ahora lo tenía de carne y hueso en el barrio, donde iba a verlo pasar todos los días, hablar con él, ver sus ojos y esa sonrisa que le iluminaba la cara.