En una noche fría y silenciosa, la pequeña hormiga Lina desapareció de la colonia. Las hormigas buscaron entre raíces, hojas y túneles, pero no encontraron ninguna pista. La Reina Miralda comenzó a perder la esperanza mientras el bosque se llenaba de lluvia y niebla.
Muy lejos de allí, Lina estaba atrapada en una vieja guarida hecha de ramas secas. La había secuestrado Vexa, una mantis cruel que quería usarla para obligar a las hormigas a abandonar parte del bosque.
Pero Vexa no estaba sola.
Su hermana menor, Liora, era diferente. Aunque también era una mantis, tenía un corazón bondadoso y odiaba ver sufrir a otros insectos. Cuando descubrió a Lina encerrada entre hojas y telarañas, sintió tristeza.
—No deberías estar aquí —susurró Liora mientras le daba agua en una gota de rocío.
Lina lloraba en silencio pensando en su familia.
Esa misma noche, Liora escapó de la guarida y buscó a la colonia de hormigas. Después de cruzar charcos, esquivar arañas y caminar bajo la lluvia, encontró a la Reina Miralda y les contó la verdad.
Al principio las hormigas no confiaron en ella.
—¡Es una mantis! —gritaron los soldados.
Pero Liora bajó la cabeza y dijo:
—No todas somos malas… yo quiero ayudar.
La reina decidió creerle.
Guiados por Liora, las hormigas atravesaron el bosque oscuro hasta llegar al escondite de Vexa. Hubo una pequeña batalla entre ramas, espinas y piedras. Finalmente lograron rescatar a Lina.
Cuando Vexa vio que su hermana había ayudado a las hormigas, se llenó de furia.
—¡Me traicionaste! —gritó.
Pero Liora respondió con valentía:
—No. Solo hice lo correcto.
Vexa escapó entre los árboles mientras la lluvia caía lentamente sobre el bosque. Lina abrazó a su madre y las hormigas agradecieron a Liora por salvarla.
Desde aquella noche, la mantis buena dejó de vivir sola y siempre fue bienvenida en la colonia bajo las raíces del gran árbol.