"La Pieza Maestra"
Trabajar con madera tiene algo de relajante, o eso intentaba convencerme cada mañana al entrar en el taller de don Julián. El olor a serrín y barniz suele ser acogedor, pero en ese lugar el ambiente siempre se sentía pesado, como si el aire mismo tuviera astillas. Don Julián es de esos tipos que no aceptan un "no" por respuesta; un hombre de manos callosas y una mirada fija que siempre habla de "alcanzar la perfección" y de cómo la madera es el único material que conserva el eco de la vida.
Un martes, mientras ordenaba el almacén del fondo —un rincón olvidado donde la luz apenas se atreve a entrar—, lo vi. Era un maniquí que no se parecía a los demás. No era liso ni industrial; tenía una textura rugosa, casi como piel humana reseca por el frío, y sus articulaciones no tenían tornillos ni bisagras visibles. Parecía tallado de una sola pieza de un árbol oscuro y desconocido.
—¿Y esto, jefe? —le pregunté, sintiendo un escalofrío eléctrico al rozar lo que parecía ser un antebrazo—. Parece que alguien intentó hacer una persona y se quedó a medias.
Don Julián apareció de entre las sombras con una rapidez impropia de su edad. Me miró con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, una mueca tensa que me hizo retroceder un paso.
—Eso... No es un error, muchacho. Es arte. Es la nueva forma de entender el cuerpo. Es... mi proyecto final —murmuró con una sonrisa, acariciando la cabeza calva del objeto con una ternura.
Esa noche salí tarde, con el cuello rígido de tanto lijar. Al cruzar la calle hacia mi barrio, vi algo que me hizo detenerme en seco. En una esquina iluminada por una farola intermitente, un hombre gritaba y braceaba con furia. Parecía discutir con alguien, pero su acompañante no se movía. Me acerqué un poco, oculto tras la sombra de un árbol. El "amigo" del tipo estaba rígido, con la cabeza gacha, hundido en una inmovilidad absoluta. De pronto, los gritos cesaron. Un silencio sepulcral inundó la calle. Entonces, el acompañante empezó a girar el cuello. No fue un movimiento humano; fue un crujido seco, el sonido de dos maderas frotándose en un bosque muerto.
Cuando la figura levantó la vista, el corazón se me detuvo. Era el maniquí del taller. No podía ser otro. Tenía unos nudos en la madera que simulaban ojos, y me clavó una mirada vacía que me heló la sangre. El hombre que lo acompañaba, que ahora parecía más un sirviente que un discutidor, también se giró hacia mí. Ambos se quedaron de piedra, observándome bajo la luz mortecina. Salí corriendo de allí, escuchando únicamente el eco de mis propios pasos y el latido desbocado de mi pecho.
Llegué a casa y cerré la puerta con doble llave. Me duché con agua casi hirviendo, intentando arrancarme de la piel la sensación de haber sido "marcado". Cené rápido, sin saborear nada, convenciéndome de que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. *"Es solo una coincidencia"*, me decía. *"Don Julián debe tener varios modelos iguales".*
Pero al día siguiente, el miedo se volvió físico. Al salir del trabajo, allí estaban otra vez. En la misma esquina, a la misma distancia. Esta vez no simulaban una charla; simplemente estaban los dos parados, esperándome en silencio. Mis pies se clavaron en el asfalto. *Juraría que ayer no estaba mirando hacia aquí*, pensé, al notar con horror que el torso del maniquí estaba girado en un ángulo imposible, apuntando directamente hacia mi posición antes de que yo siquiera llegara a su altura.
Esa noche la paranoia se instaló en mi habitación. Me puse a investigar en foros de internet, buscando una explicación lógica. Había hilos sobre "automatonofobia" y leyendas urbanas, pero lo que más me marcó fue un comentario perdido en un foro de carpintería antigua, escrito en letras rojas: *"Si la madera te mira, no es que ella se mueva, es que tú te estás quedando quieto. Si le sostienes la mirada, dejas que el bosque entre en ti"*.
Al día siguiente, con las ojeras marcadas y las manos temblorosas, fui al taller decidido a renunciar. No me importaba el dinero ni las represalias. Pero don Julián no me dejó ni abrir la boca. Estaba eufórico, moviéndose de un lado a otro con una lija en la mano. Decía que íbamos a ganar un premio mundial, que el mundo entendería al fin lo que es la "asamblea de madera". Busqué el maniquí raro para destrozarlo, para convencerme de que era solo madera, pero el rincón estaba vacío.
—Ve al sótano por las herramientas de pulido fino —me ordenó don Julián con una calma que me dio náuseas—. El trabajo grande está por comenzar.
Bajé las escaleras, cada peldaño crujiendo bajo mi peso. En cuanto puse un pie en la última habitación, escuché un portazo metálico a mis espaldas. La oscuridad fue total durante unos segundos, hasta que una bombilla amarillenta parpadeó sobre mi cabeza. El aire se me escapó de los pulmones. No estaba solo.
Había decenas de ellos. Formaban un círculo perfecto, rodeándome en el centro de la sala. Y justo frente a mí, el maniquí de la calle. Sus "ojos" de madera parecían haber ganado profundidad. Sentí un sudor frío bajar por mi espalda, pero cuando quise limpiarme la frente, noté algo aterrador: mis movimientos eran lentos, pesados. Mis articulaciones chirriaban por dentro.
En un arrebato de adrenalina, logré patear una rejilla de ventilación antigua y me arrastré por ella hasta salir al callejón trasero. Corría como si me persiguiera el mismo diablo, pero el sonido detrás de mí era constante. No eran pasos de zapatos sobre el asfalto; eran golpes secos, rítmicos. *Tac, tac, tac*. El maniquí me seguía, rígido, con esa cara que no expresaba nada pero que lo decía todo. Cada vez que me giraba, él parecía haber avanzado metros en un parpadeo.
Me oculté tras unos contenedores, tratando de ahogar mis sollozos. Fue entonces cuando me fijé en mis manos. Solté un grito mudo que se quedó atascado en mi garganta seca. Mis uñas ya no eran queratina, eran astillas afiladas. Mi piel se estaba volviendo dura, opaca, con vetas oscuras que subían por mis antebrazos como una hiedra venenosa. Intenté doblar los dedos y escuché el sonido de una rama quebrándose.
—Se siente extraño al principio, ¿verdad? —dijo una voz suave a mis espaldas.
Era don Julián. Estaba allí, de pie en la entrada del callejón, rodeado por sus creaciones que ahora se movían con una cadencia hipnótica. Me tocó el hombro y su mano se sintió como una corteza de roble centenario.
—Tranquilo, muchacho —sonrió, mientras yo sentía que mis rodillas se bloqueaban, convirtiéndose en nudos ciegos—. No luches más. Vas a ser mi pieza maestra. El primer maniquí que realmente tiene un alma para alimentar la madera.
Lo último que vi, mientras la parálisis se extendía por mi cuello y mi mandíbula se sellaba para siempre, fue a don Julián sacando un paño de seda. Se acercó a mí con devoción y empezó a pulir mi nueva y brillante cara, mientras yo, por dentro, gritaba en un cuerpo que ya no me pertenecía.