Leo, un joven y solitario pescador, siempre había respetado el mar. No era un lugar de vacaciones para él, sino una entidad viva, una fuente de vida que podía volverse un pozo de muerte en un instante. Su abuelo le había advertido sobre "el canto de la niebla", una melodía que, según la leyenda, traía consigo una densa neblina y la perdición para aquellos que se atrevieran a escucharla. Leo lo consideraba un cuento de viejos marineros. Hasta que una noche de pesca, a quince kilómetros de la costa, la neblina lo envolvió.
Era una niebla espesa y blanca, tan densa que no podía ver la proa de su propio bote. El aire, de pronto, se volvió más frío y salobre, y un silencio sepulcral cayó sobre el océano, un silencio que no era natural. Fue entonces cuando escuchó la melodía.
Al principio, era un simple tarareo, suave y melancólico, que parecía salir de la neblina. Leo se sintió extrañamente atraído. La melodía le recordaba a la canción de cuna que su madre le cantaba de niño. Quiso seguirla, pero una punzada de pánico se lo impidió. Era un sonido demasiado hermoso para ser real, demasiado perfecto para ser del mundo. Se llevó las manos a los oídos, pero la música se hizo más fuerte, como si la misma niebla la estuviera cantando.
El sonido cambió. De la dulzura pasó a una cacofonía de lamentos, gritos y suspiros. Leo juró escuchar voces familiares en el coro, la voz de su madre, de su abuelo, pidiéndole que se acercara. La neblina, que antes era inerte, comenzó a moverse, a girar en círculos alrededor de su bote, revelando siluetas fugaces en su interior. Eran formas humanoides, pálidas y esbeltas, con ojos oscuros que brillaban en la penumbra. No eran criaturas de este mundo.
Leo, horrorizado, encendió su motor y trató de alejarse, pero el motor se ahogó, dejando el bote a la deriva en el remolino de la niebla. El canto se hizo ensordecedor, y de la superficie del agua, una cabeza emergió justo al lado de su bote. No era una criatura hermosa de leyenda, sino un rostro grotesco. Su piel era pálida y translúcida, sus ojos grandes y negros, y su boca, llena de dientes afilados, se extendía en una sonrisa siniestra. El cabello de la criatura era una masa de algas y restos de conchas.
La criatura no hizo ruido. Solo abrió la boca, y de ella, la melodía que Leo había estado escuchando se hizo tan fuerte y tan clara que le perforó los tímpanos. La criatura se deslizó lentamente hacia el interior de su bote, sus largas y delgadas manos, con membranas entre los dedos, arrastrándose por el suelo de madera. Leo intentó gritar, pero el miedo lo paralizó. Cerró los ojos con fuerza, esperando el final.
Cuando los abrió, la criatura había desaparecido. El canto se había desvanecido, y la niebla se había disipado, dejando un cielo estrellado sobre él. Un silencio absoluto se había apoderado del océano. Leo miró a su alrededor, y vio a varios kilómetros de distancia, flotando, restos de un barco pesquero, destrozado como si hubiera sido arrastrado por algo gigantesco. Se preguntó si el pescador de ese barco también había escuchado la melodía.
Se quedó a la deriva el resto de la noche, inmóvil. Pero un detalle lo mantuvo en un estado de terror catatónico: el motor de su bote, que había dejado de funcionar, había desaparecido. Y en el lugar donde había estado, había una única concha de mar. Al tomarla, un susurro suave y melódico salió de ella.
El canto de la niebla.