Bajo el cielo de las historias
Nathalia vivía en un mundo de páginas y murmullos. A sus catorce años, el universo se limitaba a los estantes repletos de libros de su habitación, la vista desde su ventana del segundo piso y los suaves pasos por los pasillos de su casa. La escuela para ella era una pantalla, un aula virtual donde podía existir sin ser vista. El afuera, con su ruido y su gente impredecible, le parecía un libro mal escrito, caótico y abrumador.
Camilo, en cambio, medía el mundo desde su metro setenta y cinco. A sus catorce años, asistía al instituto público del centro, donde los pasillos eran ríos de voces y las canchas de baloncesto su segundo hogar. Pero su refugio no era el deporte, sino una vieja librería de camino a casa, "El Rincón de Pulgarcito", una cueva polvorienta y silenciosa que casi nadie de su escuela conocía.
El destino, o más bien un corte de luz en toda la manzana, los puso en el mismo camino. Una tarde de octubre, las luces de Nathalia se apagaron, interrumpiendo su clase online. Sin internet, el silencio de la casa se volvió opresivo. Su madre, con voz suave, le pidió que fuera a la librería a comprar unas pilas para la radio. Nathalia, con el corazón en un puño, se puso sus auriculares (aunque no tuvieran música, eran su escudo) y salió, sintiendo que cada paso fuera de su puerta era una aventura forzada.
En "El Rincón de Pulgarcito", Camilo hojeaba un libro de antiguas cartas de navegación cuando la puerta tintineó. La vio entrar: menuda, con una sudadera dos tallas más grande, los ojos bajos y una determinación frágil en su manera de caminar directo hacia el mostrador, sin mirar a los lados. Parecía un personaje de esos libros de fantasía que a él le gustaban, alguien perdido en un mundo equivocado.
Nathalia consiguió las pilas y, al darse la vuelta, tropezó con una torre de libros que alguien (Camilo, minutos antes) había dejado en equilibrio precario. El estruendo fue catastrófico para sus nervios. Los libros se desparramaron, y ella, colorada hasta las orejas, se arrodilló para recogerlos, murmurando disculpas al aire.
"Tranquila, fue mi culpa. Yo soy el arquitecto de esa torre inestable", dijo una voz arriba de ella. Nathalia alzó la vista y vio a un chico alto, con una sonrisa fácil y unos ojos que no parecían burlarse, sino curiosos. Él también se arrodilló.
"Lo siento", musitó ella, concentrada en apilar "Veinte mil leguas de viaje submarino" sobre "Los versos del capitán".
"¿Julio Verne y Neruda? Buena combinación para naufragar", comentó Camilo, pasándole un ejemplar de "El principito".
Ella no pudo evitar una leve sonrisa. "El principito también naufraga, en el desierto".
Camilo sintió como si hubiera ganado una pequeña batalla. "Camilo", dijo, ofreciendo su mano libre.
"Nathalia", respondió ella, tocando su mano con la punta de los dedos, rápida como un pájaro.
Él le ayudó a levantar los libros. En lugar de devolverlos a la estantería, Camilo, impulsado por una valentía que no sabía de dónde venía, preguntó: "¿Te gusta leer aquí, o…? Nunca te había visto".
Nathalia negó con la cabeza, ajustándose un auricular. "No. No suelo… salir mucho. Hubo un corte de luz".
"Ah. Pues es una buena razón. A veces los apagones traen cosas buenas", dijo él, y luego, viendo que ella se preparaba para irse, añadió rápido: "Este lugar está casi siempre vacío. Es silencioso. Yo vengo los martes y jueves después de clase".
Ella lo miró, evaluando la información. No era una invitación directa, era un dato. Eso le gustó. Asintió. "Es agradable. Silencioso".
Se despidió con otra pequeña inclinación de cabeza y salió, sintiendo el latido de su corazón en el cuello. Pero esa noche, en lugar de sumergirse en su libro habitual, pensó en la torre de libros derrumbada y en la sonrisa del chico alto.
El jueves siguiente, Nathalia sintió un impulso inusual. Revisó la dirección de la librería en internet. No había corte de luz. No tenía excusa. Pero fue igual. Con la misma sudadera grande y sus auriculares, entró en "El Rincón de Pulgarcito". Y allí, en la misma sección de viajes, estaba Camilo, leyendo. Al verla, su sonrisa no fue de sorpresa, sino de genuino placer, como si hubiera estado esperando la continuación de un cuento.
"Viniste", dijo simplemente.
"El silencio de mi casa era… muy ruidoso hoy", mintió ella, suavemente.
Él no la presionó. Hablaron de libros. Nathalia descubrió que a Camilo le gustaban las historias de aventuras, pero también la poesía. Camilo descubrió que Nathalia devoraba novelas históricas y sabía datos increíbles sobre constelaciones. Le hablaba mirando las manos o el libro que sostenía, pero poco a poco, sus ojos se encontraban con los de él por segundos cada vez más largos.
Así comenzó su ritual. Martes y jueves, a las cinco, se encontraban entre los estantes. Nathalia empezó a sentarse en el viejo sillón de cuero junto a la ventana. Camilo se sentaba en el piso, apoyado contra la estantería frente a ella. Él le prestó su ejemplar de "La historia interminable". Ella le recomendó "El diario de Ana Frank". Intercambiaban los libros como si fueran cartas secretas.
Un martes de lluvia, Nathalia llegó agitada. Un grupo de chicos de la calle le había gritado algo y ella había corrido. Camilo lo notó. Sin hacer preguntas, cerró su libro.
"¿Sabes cuál es la mejor parte de esta lluvia?", preguntó, señalando la ventana. "Que hace que el mundo ahí fuera se vea borroso. Como si solo existiéramos nosotros aquí dentro".
Ella lo miró, y por primera vez, fue ella quien sostuvo la mirada. "A veces desearía que fuera así siempre".
"Quizás, para nosotros, lo sea", dijo él, su voz más suave de lo habitual.
El romance de Camilo y Nathalia no fue de grandes declaraciones bajo la lluvia o de bailes en el gimnasio de la escuela. Fue el romance de dos mundos que se acercaban con cuidado. Fue él aprendiendo a no levantarse demasiado rápido para no asustarla. Fue ella preparando, durante una semana, la pregunta: "¿A qué escuela vas?".
Fue, un jueves de primavera, Camilo llegando con dos tazas de chocolate caliente de la cafetería de al lado. "Para el frío", dijo, aunque ya no hacía tanto. Nathalia aceptó la taza, y sus dedos se rozaron. Esta vez, ella no retiró la mano de inmediato. El calor del chocolate se mezcló con otro calor, nuevo y aterrador, que le subía por el brazo.
Y fue, finalmente, el día en que Nathalia terminó el libro que Camilo le había prestado. Dentro, encontró un marcador hecho a mano. En una cara, había un dibujo de la ventana de la librería. En la otra, una frase escrita con su letra torcida de adolescente: "Para Nathalia, la protagonista de la mejor historia que he encontrado fuera de las páginas. ¿Te gustaría, quizás el sábado, salir de esta página e ir al parque? Solo si quieres. - Camilo".
Nathalia no respondió ese día. Lo pensó durante toda la noche. El sábado por la mañana, Camilo estaba sentado en el banco del parque que había dibujado, con un libro en las manos y el corazón a punto de salírsele por la boca. A las diez y media, vio una figura menuda y familiar acercarse por el sendero, con sus auriculares puestos y las manos hundidas en los bolsillos de su sudadera (la azul, su favorita).
Se detuvo frente a él. No sonrió ampliamente, pero sus ojos, esos ojos que habían observado tanto mundo desde la ventana, brillaban con una luz tranquila.
"El parque es más silencioso de lo que pensaba", dijo.
Camilo cerró su libro y le hizo espacio en el banco. "Sí. Y tiene la mejor compañía".
Y así, sentados bajo el cielo real, no el de las historias, comenzaron a escribir, muy lentamente, su propio capítulo.